miércoles, 21 de noviembre de 2007

Lo voy a perdonar

Don Pablo R. acaba de romper una de nuestras reglas del blog, y es que sin importar la barbaridad que digamos los dos firmamos como autores. Pero con el comentario El descubrimiento del agua tibia, nuestro querido amigo debió recular debido a que él aprobó la publicación del mencionado libro en la U. de Caldas. Así que lo perdono.

Carlos A.

viernes, 16 de noviembre de 2007

El descubrimiento del agua tibia

Un maravilloso libro llamado Conflictos morales y derechos humanos en Colombia (Centro Editorial de la Universidad de Caldas, 2007) nos da una clara ilustración de cómo se puede regar tinta a dos manos sin decir absolutamente nada. El autor, Carlos Eduardo Rojas Rojas, sociólogo y magíster en filosofía, es docente de la Universidad de Caldas. He aquí su perla:

Un criterio para distinguir lo correcto e incorrecto
La descripción de las concepciones morales de los sectores directamente involucrados en la llamada limpieza social me permitió esclarecer que es posible esgrimir argumentos a favor y en contra de cada una de ellas hasta el punto de llegar a la situación de no poder establecer claramente qué es lo bueno y qué lo malo, pues todo depende del ángulo desde dónde se le mire (página 93).

Más allá del perdón: Thomas Hobbes

Si uno no sabe nada de historia de las ideas, ni de historia de ninguna clase, no importa. El libro se deja leer mejor que muchas obras contemporáneas de cualquier disciplina. Se puede leer incluso con más agrado que muchas novelas. Hobbes es un pensador en todo el sentido clásico de la palabra: dice cosas interesantes y legibles en filosofía, física, política, sociología, antropología y un largo etcétera. Hay pasajes que parecen de lexicógrafo; otros de la mejor literatura. Hay capítulos que parecen escritos por Jack London o Rudyard Kipling; y otros que recuerdan la minuciosidad de Aristóteles o el vuelo especulativo de Platón. Una summa del horror, el orden, la bestialidad, el caos; de lo peor y lo mejor de la naturaleza humana. Las cualidades de Hobbes como escritor son casi todas: claro, penetrante, conminatorio, original y, cosa rara en un filósofo, una maestría difícil de alcanzar en la colocación de adjetivos. Sólo conozco unos cuantos casos comparables: Faulkner, Onetti y García Márquez. Estos tres son maestros reconocidos en la utilización de tríadas. Pues bien, échele una mirada a este cuarteto de Hobbes: “Y la vida del hombre es solitaria, corta, brutal y miserable”. A los amantes del escarnio les recuerdo que el libro fue prohibido y quemado; a los recatados, que es un pilar del pensamiento conservador. No me imagino qué más puede pedírsele a un libro.

Perdónanos, Oh señor: David Bronstein

El 5 de diciembre de 2006 falleció en Minsk, Bielorrusia. Nació el 19 de febrero de 1924 en Bila Tserkva (Ucrania). Probablemente el jugador más imaginativo del siglo XX. Es el único que llegó a demorarse más de 50 minutos para realizar apenas el primer movimiento. A este respecto, dijo en una entrevista: “Usted habrá visto que a menudo pienso durante 15 o 20 minutos antes de efectuar la primera jugada. Quizá el público se pregunte cómo es posible, cuál es la razón... Y la única razón es que así es como yo juego... como un pintor trabajando en su cuadro. Así trabajo y así creo”.

En 1950 disputó el campeonato mundial con el entonces campeón Mikhail Botvinnik, el jugador del régimen comunista, el favorito de Stalin. En esa época, el juego estaba dominado por la concepción de Botvinnik, para quien lo más importante era el elemento científico del ajedrez. El riesgo, las aventuras peligrosas, el romanticismo, todo lo que había encumbrado al noble juego, había sido casi excluido bajo el imperio de Botvinnik. Pero Bronstein era distinto: hacía jugadas dudosas incluso en la apertura, buscaba los caminos más retorcidos y no siempre claros… y aún así ganaba. En una partida con Botvinnik llegó a perder una torre entera en la apertura, y aún así alcanzó a empatar.

Esa rebeldía también se reflejaba en su vida: su padre estaba preso en un campo de concentración y él mismo nunca quiso pertenecer al partido comunista, lo cual le habría ahorrado muchos problemas. Así que, según cuentan los rumores, las autoridades soviéticas lo obligaron a perder o, por lo menos, a no ganarle al campeón mundial. Fue así como, a pesar de que iba ganando el encuentro, en la penúltima partida perdió en una posición francamente favorable. El encuentro, entonces, quedó empatado y, según las reglas, Botvinnik retuvo la corona. Pero a Bronstein no le importó: logró recuperar a su padre y, lo más importante desde el punto de vista artístico, demostró que era posible jugar de una manera distinta, más bella, más imaginativa. Un dirigente del ajedrez argentino cuenta que en 1966 en Buenos Aires, cuando Bobby Fischer lloraba en el hotel después de perder una partida con Spassky, Bronstein se acercó y le dijo: “Oye, ellos me obligaron a perder el campeonato mundial, y no lloré”. A pesar de no haber sido campeón oficial del mundo, es uno de los jugadores más populares del siglo XX. Por eso, Garry Kasparov escribió sobre él: “Sus mejores partidas permanecen en la memoria de varias generaciones, y ¿qué mejor recompensa puede esperar un jugador de ajedrez?”

Su concepción del juego se acerca más a la religión que a la ciencia: “Hace cuatro décadas que asisto al Templo del Arte ajedrecista, toco piadosamente el peón del rey blanco y lo envío con una oración a explorar el terreno contrario”. Esa forma de ver el juego se refleja perfectamente en sus libros, de los cuales quizás el más importante sea “El aprendiz de brujo”: una obra en la que se ve con claridad por qué una gran partida es como una gran obra musical; por qué el ajedrez, como la música, es, como dice un personaje de una novela de Stefan Zweig, “un pensamiento que no conduce a nada, una matemática que no calcula nada, un arte sin obras, una arquitectura sin materia”. Cada vieja y bella partida de ajedrez, como cada fuga o cada sinfonía, sólo puede ser contemplada por nosotros, los profanos, cuando se ejecuta de nuevo.

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* Stefan Zweig, El jugador de ajedrez. Novela disponible en: http://www.metajedrez.com.ar/zweig.htm (hice algunos arreglos a la traducción).
Foto: de izquierda a derecha: Bronstein, Paul Keres y Mikhail Botvinnik.

sábado, 10 de noviembre de 2007

La solución final, por Ignatius Reilly

Hace unas semanas, el amigo Franco nos recordó la inigualable novela de Kennedy Toole. Ahora nosotros, que pensamos que el mundo necesita ideas nuevas, sobre todo para acabar de una vez por todas con las malditas matanzas, les presentamos la propuesta de Ignatius Reilly, que encontramos inmejorable. Reilly idea una conspiración anal para lograr la paz en el mundo. La idea de Reilly es que los homosexuales se unan en un partido político internacional, y vayan ingresando disimuladamente a los ejércitos y parlamentos del mundo. Luego de lo cual, no habrá más guerras ni conflictos internacionales, ya que dirigentes y soldados se estarán dando por el culo mutuamente. Pero no en el sentido metafórico, sino en el literal. Ignatius escribe lo siguiente cuando está fraguando esta conspiración:
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Nuestro primer paso será elegir a uno de ellos para un cargo muy elevado: la Presidencia… Luego habrán de infiltrarse entre los militares. Como soldados, estarán todos tan continuamente consagrados a confraternizar entre sí, confeccionándose los uniformes de tal modo que se ajusten como tripas de salchicha, inventando trajes de combate nuevos y variados, dando fiestas y cocteles, etc., que no tendrán nunca tiempo de combatir… Al ver los éxitos que obtienen aquí sus camaradas uniformados, los pervertidos del resto del mundo también se agruparán para controlar los estamentos militares de sus respectivos países. En aquellos países reaccionarios en que los invertidos puedan tener problemas para hacerse con el control, les enviaremos ayuda, les enviaremos rebeldes que les ayuden a derribar sus gobiernos. Cuando hayamos derribado al fin todos los gobiernos existentes, el mundo no tendrá ya guerras sino orgías globales realizadas con todo protocolo y con un espíritu verdaderamente internacional, pues estas gentes superan las simples diferencias nacionales. Su inteligencia sólo tiene un objetivo; están verdaderamente unidos. Piensan como uno solo.

Tomado de John Kennedy Toole, La conjura de los necios, Círculo de lectores, 1984.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Conciencia

Usted se concentra en lo que le está pasando, que le parece lo mejor que le ha ocurrido en toda la vida. Se concentra porque quiere recordar cada detalle, cada sonido, o cada matiz del color de la piel de ella, por ejemplo. Y no tiene que ser sólo el amor, también pasa con eso que llamamos comunión, que surge con la camaradería, o un efímero juego de equipo –un partido de potrero—, o una música. Y entonces pasa: los detalles más intensos sólo se quedan un tiempo muy corto, y cuando usted, uno, cinco o veinte años después intenta recuperarlos, sólo tiene un borroso registro –como un LP mal ciudado de 1920 con dizque una de las mejores canciones del mundo, y sólo se oye el ruido como de fritanga al fondo y, de vez en vez, la mejor canción del mundo logra abrirse paso, mientras su tío o su papá alzan las manos y van cantando pedacitos—. Y entonces ese amor adolescente que a usted le pareció como un encuentro entre los únicos hombre y mujer sobrevivientes de una hecatombe atómica, parece ahora tan ajeno a usted como el beso de los muchachos en la puerta del vecino; y aquel machetazo que recibió en una mañana juvenil de mucho trago, y que en aquel entonces lo hizo sentirse como el protagonista de una de esas películas épicas con miles de extras, le parece ahora como el gesto ridículo de quien, sin estar en una guerra defendiendo un ideal noble ni nada por el estilo, se prende a machetazo limpio con otro imbécil de la misma laya, y en plena época del revólver o la pistola. Pero en medio de esa bruma de la memoria, por un instante sublime, el recuerdo logra abrirse paso, como en esas ocasiones en que uno percibe un olor inigualable y, en menos de un segundo, ya no está, y nunca vuelve a estar. Albert Camus escribió al final de La peste: “lo único que le queda al hombre es el conocimiento y el recuerdo”. Con perdón, hay que hacer un par de correcciones: “lo único que le queda al hombre es la ignorancia y el rastro de un recuerdo”.

martes, 6 de noviembre de 2007

Perdón otra vez: Camilo Jiménez

Nunca nos imaginamos que un paisa sobreviviente en Bogotá (paisa de verdad, de Medellín) pudiera escribir el más grande poema inspirado en El Caballero Gaucho. Pero así es la vida. Aquí va pues, aunque no tenemos la autorización para publicarlo y, para completar, salió como un comentario en el blog de la flaca y malvada, a quien amamos hasta los huesos, que hablarán por mí.

Las voz delgadita y en falsete del Caballero, ay. Los ojos cerrados y el ceño fruncido del tipo de bigote, botas y mano gorda agarrando la copa, ay. El que tiene la cabeza sobre la mesa desde hace horas la levanta y tumba una de las 30 botellas de cerveza que tiene al lado, ay.Huele a orines. Aquellos están que se fajan a machete.