domingo, 4 de noviembre de 2007

El Dr. Calle por Pablo R.







Hace poco cuando publiqué algunas fotos de la presentación del libro Gol. Cuentos de fútbol en mi Facebook, un amigo que vive ahora en los Estados Unidos y enseña literatura y español en la Universidad de Texas, me escribió lo siguiente: “Claro que reconocí a Daniel. Y lo lindo que era el nene y lo bonito que cantaba y lo serio que aparece en la foto, es de no creer. Uno de los viejos sí lo reconozco porque recuerdo haberlo visto muchas veces en Palabras y creo que es o era profesor de derecho. Del otro no me acuerdo, quizás nunca lo conocí”. Daniel es mi hermano, a quien le dediqué mi cuento en el volumen y aparece en una de las fotos, en el medio de don Efraim y yo (Palabras es una librería de Manizales). Pero lo que quiero resaltar es la referencia a “uno de los viejos”, quien es obviamente el Dr. José Fernando Calle, una presencia tutelar en las vidas de muchos de nosotros. (Aquí y entre paréntesis y entre nosotros: me compré un Simth & Wesson calibre 38, recortado, y lo cargaba en el tobillo. El sábado me dio por pegarme un tiro, pero antes redacté una misiva lacrimógena de despedida. Cuando mandé la mano al tobillo, nada de revólver: boté el hijueputa. El Dr. Calle, sin embargo, desconocedor del desaguisado, me escribió una hermosa carta regañándome por esa estúpida decisión). Sí, ha sido una presencia tutelar, no real del todo, como en una de las fotos, en la que, al lado de don Efraim, el Dr. Calle apenas mira alelado, como lo ve todo. Es el escritor más interesante que he conocido personalmente –y he conocido un viajao. Tanto más meritorio cuanto que casi no escribe. Habla bajo, como en voz con sordina, y escribe menos de lo que conversa. Como un perfume imposiblemente perfecto, sus notas en el Boletín de Libélula libros son la destilación de una voz, de una mirada esencialmente literaria. Es la única persona que conozco que exhala literatura sin ser chocante. La única en la que literatura y vida son una misma cosa. Y sin más preámbulos, aquí va el cuento que condescendió a publicar en Gol. Verán, pues, que me quedé corto.


Un cuento sobre fútbol

Habría podido hacer algunas averiguaciones; hoy en día es muy sencillo: basta poner un nombre en un aparato y sale más información de la precisa. El nombre sería: Montanini, y ahí mismo sabría el año etcétera. Pero no se trata de un informe para complacer a los periodistas del jurado, sino del relato de un suceso: que eso es un cuento. Y al cuento conviene, también habrá escrito Borges, la inexactitud de la memoria.

Montanini era un jugador de fútbol; vino (según creo) de la Argentina a jugar para el Bucaramanga. Iba a poner que su nombre de pila: Américo rimaba con Atlético, que era el primero del Bucaramanga; pero no tiene gracia. La gracia de Montanini era que había inventado, mejor dicho: confeccionado, una suerte que los Carlosantoniovélez de entonces llamaron: “la bordadora”. Consistía en unos pases exactos en zigzag, a muy corta distancia, que iban componiendo un verdadero bordado.

El Bucaramanga iba ese domingo a Pereira, al estadio Mora Mora; el partido no era gran cosa: no sería delicado poner que ni uno ni otro equipo han sido gran cosa nunca. Pero mi papá decidió que iríamos: mi hermano y yo estábamos destinados a ser su auditorio, a oírle su explicación de “la bordadora”. Y como, para apreciar el prodigio, debíamos estar bien arriba compró boletas de preferencia. Valía la pena el gasto: si teníamos suerte, íbamos a contemplar el arte efímero en una jugada.

Y sucedió. Sobre la hierba del Mora Mora ocurrió el milagro: dos hombres de amarillo, uno de ellos Montanini ¡claro!, se turnaban el balón y avanzaban como agujas bailarinas, burlando la defensa local. En mi recuerdo mi papá se alza para siempre y para siempre nos lo señala. Y también para siempre advierte que, desentendido del suceso extraordinario: de espaldas a la cancha, mi hermano atisba hacia afuera por entre los ladrillos.

Un cuento de Pablo R.

Se supone que estos sitios son para que los dueños publiquen cualquier bellaquería. Por eso, y muy a pesar de la opinión de Carlos A., este su servidor se permite poner a la consideración del amable público el siguiente cuento.

Pérez
De todos los muchachos que he tenido en el equipo, hermano, ese Pérez me dio una lección la hijueputa, y me sacó canas también. Si usted que era paisano y hasta condiscípulo del hombre no sabe dónde fue a parar, mucho menos yo que sólo fui su entrenador en el equipo de ciclismo de la universidad. ¿Se acuerda? Por allá más o menos en mil novecientos ochenta y ocho. No es que fuera el mejor del equipo, tampoco. Pero tenía algo… tenía algo. Fumaba mariguana eso sí como si se fuera a acabar el mundo en el siguiente minuto hermano. Yo le insistía y le exigía que no se trabara en los entrenamientos y algo sí la redujo. Pero fumaba y fumaba. Bernard Hinault dijo una vez que lo que hagas fuera de la bicicleta lo pagarás en la bicicleta; y a ese muchacho ya le estaban pasando la factura. Pero tenía una resistencia el Pérez que usted no se imagina. Él no podía ganar en velocidad y ni siquiera en carreras normales. Pero recorría unas distancias que donde la vuelta a Colombia se corriera en todo el kilometraje de una vez, hermano, no exagero, ése era el único que quedaba vivo. A veces los mejores se sentían como desafiados en los entrenamientos y entonces por su cuenta y riesgo seguían y seguían más allá de la llegada prevista, y el Pérez ese se les iba detrás, puede que lo colgaran, pero cuando los volvía a encontrar mucho más adelante, otros veinte kilómetros diga usted, una barbaridad, cuando ellos ya sentían que se les estaba acabando la gasolina para el regreso; el Pérez ese, hermano, seguía y seguía. Los vencía. A pura fuerza no más. Una cosa lenta pero segura, antinatural, como si el tipo no fuera un ser humano sino una bestia de aguante. Una cosa rara el Pérez, bien largo y bien flaco, como con hambre. Ahora que me acuerdo el Pérez ese, por todo el cariño que le tuve, me hizo pensar, reflexionar sobre la naturaleza de este deporte. Porque él tenía unas cualidades que, donde la cosa estuviera diseñada de otro modo, hermano, hubiera sido el mejor del mundo. Eso se lo puedo asegurar, yo que tengo todos estos años y que he visto de todo.

Lo que le voy a contar demás que usted ya lo sabe porque los muchachos del equipo le contaron en esa época a todo el mundo. Pero le voy a dar mi versión porque yo estuve ahí y fue verdad, la pura verdad. Era callado, eso sí, usted lo habrá conocido mejor que yo. No soltaba prenda, no se quejaba por nada; tampoco parecía alegrarse por nada. Como si no sintiera nada. Nosotros pensábamos que era por la mariguanita. No le conocimos novia ni amigas. Un amigo sí, el ciego ese que estudiaba filosofía allá con ustedes. Para arriba y para abajo con el ciego. Uno los veía hablando pero cuando se acercaba alguien ahí no más paraban y parecían de piedra, saludaban no más. Debe de ser por eso que también nos sorprendió tanto lo que hizo ese día.

Habíamos salido a entrenar y hacía mucho frío aquí en Manizales. Íbamos para la zona de Irra, en la vía a Medellín. Bajamos como siempre, a una velocidad no muy alta porque esa carretera es traicionera, sobre todo en la bajada. Las bajadas siempre son peligrosas, yo les decía. A los velocistas en cambio les fascinaba el descenso a tumba abierta, como decían los comentaristas del Tour de Francia. Se sentían qué se yo, Sean Kelly o cosa por el estilo. Y uno entendía también porque con esa juventud y esas ganas tan verracas. Pero había que ponerles límites, hermano, porque si no ellos iban a terminar mandando. Con Pérez no había problema, ni con la mayoría, porque no eran tan lanzados como dos monitos que no más ver una bajada se inclinaban sobre la cabrilla y paraban el culo a lo Pantani. Ese día, con neblina y todo en la bajada, este par de güevones se me han salido de madre hermano. Se empinaron así como le digo y empezaron a coger una velocidad la hijueputa, como a setenta. Otros tres se sintieron medio intimidados, medio retados, y trataron de seguirles el ritmo. Pérez como siempre iba en lo suyo y otros dos muchachos muy dóciles, muy obedientes. Me sacaron la piedra los punteros, hermano, y yo dejé que se fueran; que se maten estos güevoncitos decía yo por dentro. Llegamos a Irra, seguimos como un kilómetro y nos encontramos a los punteros tomando agüita en una caseta, echando chistes con una suficiencia, con una actitud de triunfo como si se hubieran ganado algo. Yo ni los miré de lo verraco que estaba. Pérez, como siempre, en lo suyo, calmado, tranquilo. Los dos muchachos que bajaron con él y conmigo, en cambio, se veían incómodos, como pordebajiados. Di la orden de descansar un cuarto de hora, ya eran como las dos de la tarde, comer alguna cosa, un bocadillo con queso, y devolvernos para hacer el ascenso. Pérez se nos desapareció unos minutos y me la olí que se iba a fumar un bareto. Ése no se aguanta tanto rato sin echarse un ploncito, me decía. Ya estaba preparando el sermón para cuando llegáramos a Manizales.

Nos devolvimos y comenzamos el plan con paso lento pero seguro, lento pero seguro les decía yo, que la fuerza hay que guardarla para el ascenso. Si no aguantaban, que de todos modos era un tramo duro, entonces subíamos las bicicletas a un jeep. Y ahí despuecito de Irra, ahí no más en las goteras, un retén de la guerrilla hermano. Imagínese. En esa época había por allá un grupo del EPL haciendo de las suyas, por los lados de Supía y Riosucio. A mí siempre me dio miedo, para qué le digo que no, pero me imaginé que la cosa no era con nosotros porque íbamos en bicicleta y éramos unos pelagatos y lo parecíamos de los pies a la cabeza. Había que ver eso sí la cara de los güevoncitos que habían bajado a lo que diera. No, si hasta se les enfriaron las pelotas, hermano, estaban pálidos. Muy bueno, pensé yo, muy bueno. Para que vean. Pérez, como siempre, en lo suyo, tranquilo, como si no pasara nada. Un tipo con un fusil medio colgado y medio sostenido con la mano nos dijo que paráramos y que nos hiciéramos al lado de los hombres que ya tenían en fila al lado de la carretera. Que rápido, que se muevan. Nos bajamos de las bicicletas y con ellas en la mano nos fuimos para la cuneta del frente donde estaban todos los que habían bajado de un bus y de varios carros particulares. Yo ya me estaba alistando para hablar con los tipos porque, claro, a mí me tocaba. Nos quedamos parados ahí un rato, callados, ya bien asustados pensando qué nos iban a hacer o para dónde nos iban a llevar. Cuando empezaron tres tipos a pasar, uno adelante, sin fusil, hablándonos, y otros dos detrás con los fusiles en la mano. Hasta que llegaron donde estábamos y empezaron a preguntar que para dónde íbamos, que qué estábamos haciendo por ahí, que quiénes éramos, que los papeles. Era como si estuvieran buscando a alguien, hermano. Yo les expliqué que era el entrenador y respondí por todos. Pero al tipo no le gustó ni poquito y me dijo que si es que los otros eran mudos o bobos o qué. Y ahí fue hermano, ahí fue. El Pérez ese dio un paso al frente y encaró al tipo, y le dijo unas cosas hermano, unas cosas que yo dije ahora si nos van es a matar a todos. “¿Esta es la guerrilla por Dios? No, no, no, qué decepción tan verraca. Yo creí que en este país por lo menos teníamos guerrilla. Yo creí que ustedes estaban era dándose bala con el ejército, secuestrando políticos y ganaderos. Pero se pegan de unos pelagatos en bicicleta. Qué pesar de este país. Ahora sí estamos jodidos”. Y todo se lo dijo como siempre, como decía cualquier cosa, fuera lo que fuera, como si estuviera no más entregando unas devueltas. El tipo ese abrió los ojos hermano, abrió los ojos como entre aterrado y verraco. Cogió al Pérez ese y lo tiró contra el barranco, y les gritó a los otros que lo fusilaran ahí mismo. Los demás estábamos paralizados, no hermano, qué cosa tan verraca, parecíamos niñas ahí no más temblando. Pérez en cambio hermano, Pérez, usted no lo va a creer pero yo estaba ahí y se lo digo; Pérez le seguía diciendo al tipo: “eso, hágale que yo ya estoy es aburrido con esta guerrillita de mierda que nos tocó. Nooo, si es que estamos bien jodidos. Dizque guerrilla. Una mano de chichipatos es lo que tenemos aquí”. Los dos de atrás que tenían fusil nos fueron separando hermano, separando a todo el mundo y cuadrándose para rematar al pobre Pérez ahí no más en el barranco. Cuando pasó hermano, pasó. El que era como el jefe de todos empezó a gritar allá en la punta, que qué era lo que estaba pasando, que por qué tanta bulla. El que yo había creído que era el jefe se puso todo derecho, como si fuera el ejército, y le dijo al jefe de verdad que ya estaba más cerca: “no mi comandante, aquí un hijueputica que se las quiere dar de muy verraco, diciendo que somos unos chichipatos; y lo voy a fusilar”. El jefe de verdad siguió acercándose y los de los fusiles se quedaron quietos, derechos también mirándolo. Llegó hasta donde estábamos y se dirigió de una a Pérez: “a ver, a usted qué es lo que le pasa con la institución”. Y entonces Pérez hermano, Pérez por Dios, siguió con la misma cantaleta y yo que me le tiraba encima: “¿usted es el que manda esta parranda de pelagatos? Nooo hermano, si es que estamos muy mal. Yo creí que la guerrilla estaba era dándose bala con el ejército y secuestrando políticos y ganaderos. Pero mire no más como nos retuvieron a cinco güevones en bicicleta. No, si es que este país está jodido”. El jefe se quedó mirando a Pérez, muy serio hermano, muy serio. Y yo dije ahora sí fue, ahora sí estamos jodidos aquí todos. Nos van es a matar. Cuando de pronto el jefe se voltió y le habló recio al jefe de segunda: “Oiga manoemica, ese muchacho tiene razón. ¿Cómo se le ocurre parar a estos pobres maricas? Hágame el favor y los suelta pero ya”.

Y nos soltaron hermano, nos soltaron. Yo no lo podía creer y los muchachos menos. Todos cogimos las bicicletas más asustados que un verraco, con las piernas temblando y salimos disparados. Pérez hermano, Pérez, yo no sé pero también debió montarse porque más adelantico cuando ya estábamos un poquito calmados me acordé de él y no lo vi por ninguna parte. Les dije a los otros que le mermaran pero sin parar, cuando al ratico apareció el Pérez ese hermano. ¡Apareció! A mí me volvió el alma al cuerpo. Seguimos al mismo ritmo, más bien despacio y cuando menos pensamos ya estábamos por los lados de San Peregrino. Les dije que paráramos y esperáramos un jeep porque francamente hermano, francamente, yo había subido como un zombi, sin darme cuenta, pedaleando horas, y cuando menos pensé las piernas ya no me daban. Todos los muchachos, los monitos esos de la bajada también, estaban pálidos hermano, con una cara que parecían de película de terror. Pérez en cambio estaba igual, nada, sin sacarnos en cara nada, mirando para Chipre que ya había lucecitas.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Lo cortés no quita lo hijueputa

Una vieja enseñanza filosófica dice que es una falacia argumentar en contra de la persona y no de las ideas o la obra. Pero cómo son de sabrosas las falacias. A continuación, una pequeña dosis de mala leche, que siempre es buena para empezar o terminar el día, la semana o el año.
Raymond Chandler. En una carta a Blanche Knopf, se expresa en los siguientes términos sobre uno de sus (de Chandler) más famosos colegas:


“... espero que llegue el día en que no tenga que ver mi nombre junto al de Hammett y James Cain, como un mono de organillo. Hammett está bien. Le concedo todo. Hubo una cantidad de cosas que no supo hacer, pero lo que hizo lo hizo excelentemente. Pero James Cain... ¡por favor! Todo lo que toca queda oliendo a chivo. Es en todos los detalles la clase de escritor que yo detesto, un faux naïf, un Proust en guardapolvo grasiento, un niñito de mente podrida con una tiza y una pared y nadie mirando. Esa gente es la hez de la literatura, no porque escriban sobre cosas sucias, sino porque lo hacen de un modo sucio. Nada duro y limpio y frío y ventilado. Un burdel con un olor de perfume barato en la sala y un balde con agua jabonosa en la puerta trasera. ¿Yo sueno así? Hemingway, con su eterna bolsa de dormir, llegó a ser bastante cansador, pero al menos Hemingway lo ve todo, no sólo las moscas en el cubo de la basura”.

Y en una carta a Charles Morton:

“Hubo una época en yo habría adorado la clase de trabajo que hace usted, pero habría sido incapaz de hacerlo... ustedes tienen una obligación también. Esto es, evitar la escritura pomposamente mala y la clase de tedio que se produce cuando se deja que unos imbéciles flatulentos pontifiquen sobre cosas de las que no saben más que el vecino, si es que saben tanto. Hay un ejemplo asombroso (para mí) de esto en el Harper's de noviembre, llamado “Saludo a los literatos”. Observe:

Pues los escritores son personas de peculiar sensibilidad a los vientos de doctrina que soplan con especial violencia en un momento de cambio rápido; algunos más que otros, pero ninguno, salvo el completo burócrata, del todo inmune.

Considero esta frase como una vergüenza para la prosa inglesa. No dice nada y lo dice sonoramente. Sigo:

Reaccionan de este modo y de aquél; se resisten a las corrientes y corren con ellas: y mientras algunos producen obra de poco valor en términos literarios u otros, otros de mayor capacidad y sustancia, en consecuencia de mayor importancia, exhiben las mismas tendencias en escritos de un alto grado de excelencia.

¿Se dice algo ahí que no pudiera decirse con un eructo? Un poco después dice:

Cuando la actual guerra estaba preparándose, las marcas máximamente indicativas del sismógrafo literario estaban en rojo.

Cuando le mostré esto a mi pequeño sismógrafo empezó a indicar breves palabritas en un feo matiz del violeta, y tuve que encerrarlo en un cuarto a oscuras.
“Máximamente indicativas”, “sismógrafo literario”, “correr con la corriente”, dos mil años de cristianismo y esto es lo que puede mostrar una revista literaria. ¡Vergüenza para todos ustedes!."

Tomado de El simple arte de escribir, Emecé, 2004. Traducción de César Aira.

Tibor Fischer. En una reseña de Yellow dog de Martin Amis:

"Yellow Dog isn't bad as in not very good or slightly disappointing. It's not-knowing-where-to-look bad. I was reading my copy on the Tube and I was terrified someone would look over my shoulder (not only because of the embargo, but because someone might think I was enjoying what was on the page). It's like your favourite uncle being caught in a school playground, masturbating.
The way British publishing works is that you go from not being published no matter how good you are, to being published no matter how bad you are.
Louis de Bernières and I once attended a talk by John Fowles , which was painfully boring and trite (in his defence, Fowles was seriously ill).
Halfway through, Louis reached into his pocket, pulled out a railway ticket, scrawled on it and handed it to me. It was a signed authorisation to shoot him if he ever became an old bullshitter. I think I'll be sending Louis an authorisation to shoot me if I ever produce anything like Yellow Dog.
Someone, perhaps his friends, his editors, or even his agent, Andrew Wylie, should have said something to Amis".

Aparecida en The Guardian.

Vargas Vila. La primera cuota colombiana. Borges reseña la siguiente afrenta como “la injuria más espléndida que conozco”, y a continuación agravia a Vargas Vila, diciendo que el insulto del colombiano es “tanto más singular si consideramos que es el único roce de su autor con la literatura”. He aquí el dardo:

Los dioses no consistieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo, muriendo en él. Ahí está vivo, después de haber fatigado la infamia.

Tomado de Borges, "Arte de injuriar", en Historia de la Eternidad, en Obras completas (1923-1972), Emecé, 1978.

Otro colombiano. Sobre Las ceremonias del deseo de Sandro Romero Rey, Carlos A. Almeyda dictaminó:

"Desde la fotografía que sus editores tuvieron a bien destacar en la portada del libro, el ejercicio local de un pequeño festival Woodstock, se sabe del camino que tomarán los relatos contenidos en Ceremonias del deseo, libro ganador en 2004 del Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá...
De entrada me encuentro con una serie de cuentos reunidos bajo el nombre Pasado(s) de moda en los cuales el Rock es algo más que un inofensivo Leitmotiv, un homenaje demasiado emocional —melodramático casi siempre— a los abuelos del Rock y, como era de esperarse, al Caicedo de Noche sin fortuna. Romero Rey toma incluso frases de su tan querido suicida de provincia como aquel despescuezonarizorejamiento —proyecto de nombre para un libro de Andrés Caicedo más o menos reciente que Romero Rey rescató para la Editorial Norma—, en aras de saber si fue primero la gallina o el Rock, transliteración involuntaria de aquel Cine o sardinas de Cabrera Infante, algo así como "Si hay cine no hay comida", y en este caso, "Si hay concierto ni mierda de pollo". Vaya perogrullada. El asunto se resuelve con una desbocada ovación a los ídolos, lugares comunes, y a la careta escénica de estos desentendidos fanáticos de Bill Haley, Bo Diddley, Jerry Lee Lewis, Chuck Berry, Little Richard, etc., etc. Un cuento sobre un músico que jamás llega a presentarse, otro sobre las peripecias médicas de un Iggy Pop perdido por estos lares del trópico y un último relato delirante —entiéndase: delirante hasta el hartazgo— sobre Frank Zappa. La segunda parte del libro lleva por nombre Correspondencia(s) y hecha mano de un par de sucesos, también referentes al Rock, como la visita de David Gilmour, Roger Daltrey o Charly García a Colombia. La tercera parte, Labiales y rave parties es la consumación de la hilaridad creciente que parecía delatar a Romero Rey en su adolescencia tardía. En general, este libro de cuentos es un breve descenso a los avernos. Al fondo, como una cuestión dantesca, esperan Los Rolling Stones, Led Zepellin o los Sex Pistols. Un par de relatos vertiginosos —El triunfo de la (mala) voluntad y Los cuernos de «rinôçérôse»— a todas luces fruto de una dosis opípara de Cannabis sativa, nos llevan a un festival imaginario: El Woodstock de Corferias, el recuento onírico de las obsesiones cinematográficas y musicales de un Romero Rey dramaturgo —aunque no veamos por ningún lado un discurso de tal naturaleza en estos cuentos—, fanático de una fila interminable de músicos, algo recurrente en sus citas y su alambicada emoción y fatalmente influenciado por libros como Qué viva la música, ya sabrán de qué autor desaparecido a los veinticinco años.
La pérdida de ese salvavidas que proporciona el saber hasta qué punto un cuento se pervierte para convertirse en un viaje de psicotrópicos o en el ejercicio juvenil que un hombre ya entrado en años creyó de alguna importancia dentro de su libro, sustrae a ratos la lectura de su valor literario. En cuanto a este descenso visto en las tres partes ya comentadas, al final del libro y como adecuado cierre a su selección, una cuarta parte propone un nuevo camino para el lector. Los dos cuentos contenidos en Ceremonias del deseo —título del apartado al igual que de la suma del libro—, Auriculares y ventrículos y La fidelidad, nos plantean un acercamiento un tanto más sensible y menos fragmentario a las visiones y expectativas de este melómano que ha escrito un compilado de cuentos tan disímil como el presente. Ejercicios psicológicos, más estructurados en su hilo narrativo y, según se ve, más maduros en su estética y gestación.
La lectura no está de más, pese al canon prestado de la contracultura, el vino barato y los alucinógenos. Nada más que un refrito para excusar su necesidad de seguir hablando de lo mismo: bragas, papas fritas y Rock and Roll".

Tomado de http://www.epigrafe.com/contenido/res_detalle.asp?lib_id=18

martes, 30 de octubre de 2007

Con perdón

El doctor Calle perdonará, y hasta colaborará para saber de cuál de los libros del poeta cubano Luis Rogelio Nogueras es este poema que recoge esa extraña mezcla que sólo se puede dar en esta isla y que tan bien resume el extinto poeta.
La casa de la poesía Fernando Mejía Mejía lo publicó en esos maravillosos panfleticos que eran Dos metros de poesía, ojalá se consiguieran más cositas de este maestro.



LA SUERTE ESTA ECHADA
Se acabaron los poemitas lacrimógenos
las noches de insomnio
los dos paquetes de cigarrillos al día
la falta de apetito
el mal humor
las miradas perdidas en el aire
detrás de moscas invisibles o musarañas.
Se acabaron los dibujitos abstractos
en el mantel con la punta del cuchillo
la palidez
los polvorientos sonetos con estambre al estilo de Navarro
las miradas ansiosas al teléfono
el mudo interrogatorio al cartero
A partir de hoy todo va a cambiar
¿Te fuiste con tus lindos ojos azules?
Mala suerte
Que te vaya bien
(y los hermosos ojos azules
te los puedes meter en tu inolvidable culo).

lunes, 29 de octubre de 2007

Absuelto por falta de pruebas: Stefanno Benni


Nacido en Bolonia en 1947, es uno de los narradores italianos más originales de la actualidad. Algunos de sus libros han sido traducidos al castellano (Terra! –Novela, Anagrama; Baol/una tranquila noche de régimen –Novela, Planeta; La Cofradía de los Celestinos –Novela, Siruela; La última lágrima –Relatos, Lengua de Trapo; Aquiles pies ligeros --Novela, Norma).En Baol, uno de los personajes, Grapatax –un viejo payaso retirado--, le cuenta al protagonista de la novela el exquisito par de relatos que presentamos a continuación sobre el destino de algunos de sus colegas.

Mac Pac “cara de goma”

En el escenario era divertidísimo. Pero fuera, para él, era un puro infierno. A cualquier sitio que acudiese, la gente, apenas lo veía, se reía. Con que moviera un solo músculo de la cara, era una catástrofe cómica. Ya no podía hacer el amor porque las partner, apenas él se excitaba un poco, eran presa de convulsiones. Le prohibieron participar en los funerales de los amigos. Cayó en una depresión y trató de curarse mediante psicoanálisis. Mientras se mantuvo en el diván y el analista lo escuchó de espaldas, todo fue bien. Pero en cierta ocasión el analista se volvió y ya no pudo escuchar ni una palabra sin desternillarse de risa. Mac Pac se suicidó mirándose al espejo durante una hora. Murió de risa. Ni si quiera consiguieron cerrar bien el ataúd. El cura se meó encima durante la oración fúnebre. Si Dios existe, ahora se estará riendo de buena gana.

Attanasio & Merrill

Dijeron que [Merrill] se había matado por amor. ¡Cuentos! Tenía problemas con su compañero de trabajo, ¿te acuerdas del dúo Attanasio-Merrill? Ambos querían tener siempre la última palabra. Los vi cierta vez en Las Vegas y el espectáculo acabó a las tres de la madrugada. Apenas uno trataba de cerrar el show, el otro, crac, volvía a empezar. Terminaba por agotamiento físico: a veces Attanasio era el que más resistía, a veces Merrill se salía con la suya. Nunca he visto a dos personas odiarse tanto. Una noche, en un local, siguieron de largo hasta las seis de la mañana. Habían quedado sólo unos pocos espectadores, extenuados. «Y ahora señores nos despedimos», dijo Merrill, «pero, dada la hora, no os conviene regresar a casa porque dentro de poco empieza nuestro show de mañana». «Bien dicho, Merrill. Pero no tenías que decir “nuestro”, porque ahora saben que seguirás estando tú y no volverán». «Oh, Attanasio, no digas eso. Sé bien que eres el mejor, yo no me creo lo que dice la gente, Attanasio». «Si este chiste les parece viejo, deberían ver a la mujer de Merrill». «Y si este chiste les parece fácil, deberían probar con la mujer de Attanasio». Attanasio preparó una frase de respuesta, pero, antes de que pudiese decir palabra, Merrill sacó del bolsillo una pistola y se pegó un tiro. Así, tuvo la última palabra para la eternidad. No había ninguna mujer de por medio, sólo celos profesionales.

En la misma novela, Grapatax debe pronunciar un discurso en honor de Enoch, uno de los Jerarcas del régimen. Después de una introducción, pronuncia el siguiente ditirambo que, por esas cosas de la ficción, sólo es aplicable al tirano de la novela. Así que nos lavamos las manos de una vez por las vulgares asociaciones que nuestros recelosos lectores puedan hacer.

¿Sabré hallar las palabras adecuadas? Espero que sí.
Para empezar, el jerarca Enoch es un ladrón. Oh, no murmuréis, no os asombréis. Esta palabra tiene en mis labios la delicadeza de una frase amorosa. Es naturalmente ladrón porque en un mundo de ladrones ha buscado armonía y coherencia. Empezó su carrera especulando con terrenos. Sobre los terrenos construyó casas que se derrumbaban. Obtuvo las concesiones para reconstruirlas. Construyó casas que volvían a derrumbarse. Ahora vive en un elevado rascacielos, pero no ha olvidado la época en que construía casas que se caían. No ha olvidado sus humildes orígenes. También sus rascacielos se caen. Eso lo honra.
Dicen que el jerarca Enoch es un mafioso. Él lo niega. Si me veis en los restaurantes que frecuentan los mafiosos, no por ello soy un mafioso. ¿Acaso a quienes frecuentan los restaurantes chinos se les acusa de ser chinos?
Tiene razón.
Dicen que Enoch forma parte de una logia secreta de encapuchados que se intercambian favores y traman intrigas y se regalan bancos unos a otros. Pero, ¿no es ello acaso normal sociabilidad humana? ¿Acaso no es en cierto sentido una secta una familia, un grupo solidario, un equipo de fútbol, una muchedumbre de linchadotes? ¿Amaremos acaso al moralista cínico y solitario, al estéril anacoreta, al altivo ermitaño, y no, mejor, la compañía de los más queridos amigos? […]
Dicen que Enoch hace asesinar a todos los jueces que quieren condenarlo. Pero, ¿es que acaso nuestra Constitución no proclama el derecho de todo acusado a su defensa?
Enoch, dicen, es también un corruptor. Pero es un corruptor honrado. En veinte años de corrupción, jamás nadie ha recibido de él una cifra inferior a la pactada. Es más: a veces, por iniciativa propia, añade alguna cantidad al porcentaje, al soborno. ¿Cómo describir la alegría del corrompido que se ve corromper más allá de sus méritos? ¿No sabéis que hay funcionarios que han de aguardar meses y meses para recibir el pago de sus corruptores y que, frecuentemente, no reciben más que letras de cambio y cheques sin fondos? ¿No es todo ello deshonesto? Y bien, Enoch está hecho de otra madera.
Enoch, dicen, vende armas. Ciertamente es así. Pero un arma es un objeto como cualquier otro. No dispara por su cuenta. Nadie muere por el mero hecho de tener un arma en la mano. ¿Acaso condenamos al salchichero por el hecho de vender jamones? Y, sin embargo, un jamón puede volverse mucho más peligroso que un arma. Comido en cantidad desmedida puede matar por indigestión, triglicéridos, botulismo, sofocón. Desprendiéndose del techo de un sótano puede truncar más de una vida. Además, el jamón nace de un delito. No hay que matar a un cerdo para hacer una pistola. Para hacer un jamón, sí […] Entonces, repito, ¿es acaso Enoch peor que un salchichero? […]
Enoch ha abandonado a su mejor amigo en manos de los terroristas y dejó que lo asesinaran sin mover un dedo. Porque puso el Estado por encima de la amistad.
Enoch también ha intentado un golpe de Estado. Porque puso la idea del Estado por encima del Estado.
Enoch se ha enriquecido mucho, dicen las fábulas. Tiene un velero de cincuenta metros […] Tiene una mansión repleta de obras de arte, ciento sesenta metros de impresionistas, doce metros de Caravaggio, trescientos kilos de Picasso, una pila de Klee así de alta y un montón de Chagall […]
Enoch mantiene a ciento doce queridas y a cada una le ha regalado un anillo de brillantes, un coche con chofer, un apartamento, un canal de la tele y un despertador de cuarzo. Tiene terrenos, villas, bancales, […], islas y viñedos.
¿Y bien? ¿Hay algo de malo en querer poseer un techo, amar el arte, hacer regalos a las personas amadas?
Enoch, dicen, es el propietario del noventa por ciento de los periódicos y quiere el monopolio completo de la información. Embustes. No sé dónde lo habéis leído, pero aguardad otro diez por ciento y no volveréis a leerlo.
Enoch, dicen, es un hombre peligroso para nuestra democracia. No logro ver ese peligro. A decir verdad, tampoco logro ver a nuestra democracia […]
Tal vez algún día Enoch os mate. Como para morirse de risa.

También escribe poesía romántica, no se vaya a creer. A continuación trascribimos una traducción (hecha por Danilo Manera y arreglada en un detalle al final por nosotros) de uno de sus más apasionados versos.

Yo te amo

Yo te amo
Y si no te basta
Le robaré al cielo las estrellas
Para hacerte una guirnalda
Y el cielo desierto
No se quejará por lo que ha perdido
Porque con tu sola belleza
Se llenará el universo.

Yo te amo
Y si no te basta
Vaciaré el mar
Y todas sus perlas arrojaré
A tus pies
Y el mar no llorará
Por esta afrenta
Porque miles de olas y sirenas
No alcanzan el encanto
De una sola mirada tuya.

Yo te amo
Y si no te basta
Destaparé los volcanes
Y su fuego pondré
En tus manos, y hielo será
Para el ardor de mis pasiones

Yo te amo
Y si no te basta
Hasta las nubes capturaré
Y te las traeré domadas
Y sobre ti tendrán que llover
Cuando en verano
El calor no te deja dormir
Y si no te basta
Para que el tiempo se pare
Detendré el vuelo de los planetas
Y si no te basta
Métete el dedo por el culo.

sábado, 27 de octubre de 2007

Se salvó: W. H. Auden




El 21 de febrero de este año se cumplieron 100 años del nacimiento de Auden. Como era apenas apropiado para la ocasión, tratándose de Auden, nadie se dio cuenta, como en el Ícaro de Brueghel el viejo (aquí va nuestra versión, y que nos perdone Pacheco):

Museo de Bellas Artes

Nunca se equivocaron sobre el sufrimiento humano,
los Viejos Maestros: qué tan bien conocían su situación humana; cómo ocurre
mientras alguien más está comiendo o abriendo una ventana o simplemente caminando por ahí;
cómo, cuando hay ancianos a la espera, con pasión y reverencia,
de un nacimiento milagroso, siempre debe haber
niños que no lo esperan,
mientras patinan a la orilla del bosque:
nunca olvidaron, los Viejos Maestros,
que incluso el más terrible martirio debe seguir su curso
de algún modo, en un rincón sucio,
donde los perros llevan sus vidas de perro y el caballo del verdugo
se rasca el lomo contra un árbol.
En el Ícaro de Brueghel, por ejemplo: cómo todo le da la espalda,
con desdén, al desastre; el jornalero habrá oído la caída,
el grito perdido,
pero no se trataba de una pérdida importante para él;
el sol resplandecía sobre unas piernas blancas que desaparecían en el verde mar,
y los del barco caro y fastuoso, que seguro han visto,
algo sorprendente, un muchacho que cae del cielo,
seguro ya tenían a donde ir y siguieron su curso en calma.


Ese silencio, esa quietud de todo el mundo ante lo que en otros casos es un motivo de recuerdo exaltado, estaban fuera de lugar en este caso, el de quien escribió ese burocrático poema (“The unknown citizen”), del cual ofrecemos a continuación, sin ninguna humildad, nuestra traición.

Ciudadano anónimo
(A la memoria de JS/07/M/378. En un monumento de mármol erigido por el Estado)

El Departamento de Estadísticas dice que nunca hubo
Una queja formal en su contra,
Y todos los reportes sobre su conducta concuerdan
En que, en el sentido moderno de una vieja palabra, fue un santo,
Porque en todo lo que hizo sirvió a la Gran Comunidad.
A excepción de la Guerra, hasta el día de su retiro
Trabajó en una fábrica y nunca fue expulsado,
Muy al contrario, satisfizo siempre a sus patronos, Fudge Motors Inc.
No fue tampoco un esquirol, ni tuvo puntos de vista extravagantes,
Porque su Unión informa que pagó sus deudas,
(Nuestro informe dice que su Unión era sólida)
Y nuestros trabajadores sociales encontraron
Que era popular entre sus compañeros,
Y que de vez en cuando le gustaba un trago.
La Prensa está segura de que compraba el periódico a diario
Y que sus reacciones a la publicidad eran normales en todo.
Las pólizas que suscribió demuestran que estaba completamente asegurado,
Y su historia clínica muestra que alguna vez estuvo hospitalizado, pero salió sano.
Tanto La oficina de Investigación de Productores como la de Estándares de Calidad de Vida
Declaran que era completamente consciente de las ventajas de la compra al fiado,
Y que tenía todo lo que necesita el Hombre Moderno:
Fonógrafo, radio, carro y nevera.
Nuestros investigadores de la Opinión Pública reportan con regocijo
Que tenía las opiniones adecuadas para cada época del año;
En la paz, estaba por la paz; en la guerra, iba a ella.
Se casó, y agregó cinco hijos a la población,
Número que, según el Eugenista, era el apropiado para un padre de la época.
Y nuestros profesores dicen que nunca se interpuso en la educación de los hijos.
¿Fue libre? ¿Fue feliz? La pregunta ofende:
Si algo hubiera salido mal, con seguridad lo hubiéramos sabido.

Al paredón: Donde no lo conozcan


Ciertas casas editoriales están empeñadas en convencernos de que la literatura es el arte del aburrimiento. Del aburrimiento del lector, pero también del escritor. Esta novela, libro o lo que sea, parece el producto de una obligación. Penosa, como todos los deberes. Hasta el autor se vio en la necesidad de ponerle un ‘colofón’ para justificar el crimen: “Humildes o sabios, judíos, mudéjares, moros y moriscos de Sefarad y de al-Ándalus, que habitaron por suficientes siglos esta tierra entrañable hoy tan lejana, tuvieron que irse sin ruido, cambiados sus nombres y sus credos, y haciendo que sus hijos recordaran mal lo que antaño tanto los había enorgullecido; y de tal dolor y tal silencio escasamente quedan huellas difíciles de rastrear, como no sea con la ayuda de crónicas y códices empolvados y vetustos, y no pocas veces del agudo encanto de la fantasía y la imaginación. En consecuencia, valgan estas páginas”. Y valen: la platica que uno se gasta. El autor parece empeñado en que, así como a él lo obligaron a escribir esto, el lector tenga que esforzar su imaginación. La forma en que presenta los personajes se parece a una introducción de maestro de ceremonias, pero con menos gracia. La historia no les atrae ni a los personajes. La escritura es sosa, ridículamente solemne. Sinceramente, tiene más gracia una patada. En una entrevista en El Espectador, el escribidor de esto dijo que “los críticos son unos inquisidores”. ¿Y qué quiere, después de pagar 36 mil pesos? Ojalá hubiera inquisidores de verdad, para que de vez en cuando se echaran uno que otro escritor al buche. El libro lleva el premonitorio título Donde no te conozcan, el autor es Enrique Serrano y la Editorial es Seix Barral. Ponemos los datos para que la policía empiece a armar la ficha.