sábado, 27 de octubre de 2007

Se salvó: W. H. Auden




El 21 de febrero de este año se cumplieron 100 años del nacimiento de Auden. Como era apenas apropiado para la ocasión, tratándose de Auden, nadie se dio cuenta, como en el Ícaro de Brueghel el viejo (aquí va nuestra versión, y que nos perdone Pacheco):

Museo de Bellas Artes

Nunca se equivocaron sobre el sufrimiento humano,
los Viejos Maestros: qué tan bien conocían su situación humana; cómo ocurre
mientras alguien más está comiendo o abriendo una ventana o simplemente caminando por ahí;
cómo, cuando hay ancianos a la espera, con pasión y reverencia,
de un nacimiento milagroso, siempre debe haber
niños que no lo esperan,
mientras patinan a la orilla del bosque:
nunca olvidaron, los Viejos Maestros,
que incluso el más terrible martirio debe seguir su curso
de algún modo, en un rincón sucio,
donde los perros llevan sus vidas de perro y el caballo del verdugo
se rasca el lomo contra un árbol.
En el Ícaro de Brueghel, por ejemplo: cómo todo le da la espalda,
con desdén, al desastre; el jornalero habrá oído la caída,
el grito perdido,
pero no se trataba de una pérdida importante para él;
el sol resplandecía sobre unas piernas blancas que desaparecían en el verde mar,
y los del barco caro y fastuoso, que seguro han visto,
algo sorprendente, un muchacho que cae del cielo,
seguro ya tenían a donde ir y siguieron su curso en calma.


Ese silencio, esa quietud de todo el mundo ante lo que en otros casos es un motivo de recuerdo exaltado, estaban fuera de lugar en este caso, el de quien escribió ese burocrático poema (“The unknown citizen”), del cual ofrecemos a continuación, sin ninguna humildad, nuestra traición.

Ciudadano anónimo
(A la memoria de JS/07/M/378. En un monumento de mármol erigido por el Estado)

El Departamento de Estadísticas dice que nunca hubo
Una queja formal en su contra,
Y todos los reportes sobre su conducta concuerdan
En que, en el sentido moderno de una vieja palabra, fue un santo,
Porque en todo lo que hizo sirvió a la Gran Comunidad.
A excepción de la Guerra, hasta el día de su retiro
Trabajó en una fábrica y nunca fue expulsado,
Muy al contrario, satisfizo siempre a sus patronos, Fudge Motors Inc.
No fue tampoco un esquirol, ni tuvo puntos de vista extravagantes,
Porque su Unión informa que pagó sus deudas,
(Nuestro informe dice que su Unión era sólida)
Y nuestros trabajadores sociales encontraron
Que era popular entre sus compañeros,
Y que de vez en cuando le gustaba un trago.
La Prensa está segura de que compraba el periódico a diario
Y que sus reacciones a la publicidad eran normales en todo.
Las pólizas que suscribió demuestran que estaba completamente asegurado,
Y su historia clínica muestra que alguna vez estuvo hospitalizado, pero salió sano.
Tanto La oficina de Investigación de Productores como la de Estándares de Calidad de Vida
Declaran que era completamente consciente de las ventajas de la compra al fiado,
Y que tenía todo lo que necesita el Hombre Moderno:
Fonógrafo, radio, carro y nevera.
Nuestros investigadores de la Opinión Pública reportan con regocijo
Que tenía las opiniones adecuadas para cada época del año;
En la paz, estaba por la paz; en la guerra, iba a ella.
Se casó, y agregó cinco hijos a la población,
Número que, según el Eugenista, era el apropiado para un padre de la época.
Y nuestros profesores dicen que nunca se interpuso en la educación de los hijos.
¿Fue libre? ¿Fue feliz? La pregunta ofende:
Si algo hubiera salido mal, con seguridad lo hubiéramos sabido.

4 comentarios:

LI-F dijo...

No me gustan los hombres que dejan tras de si una senda humeante de mujeres llorosas.

AUDEN, Wystan Hugh

FRANCO dijo...

Ya entrados en gastos: ¿será que si algún día por fin nos conocemos en la bella y aburrida Manizales amenizamos la vaina con el dichoso Jack Daniels? Digo, porque ya me picó la curiosidad también por don Carlos A. Y si no pues al menos "pa' la media". Tengo un viaje pendiente y un libro en Libélula que me está esperando. Ahí les dejo.

Jose F Calle dijo...

Ahora mismo, cogido de la noche, escribo para el Boletín de Libélula sobre "Ravel" de Jean Echenoz: ahí encontré para gusto de ustedes lo siguiente:
"Un metro sesenta y uno, cuarenta y cinco kilos y setenta y seis centímetros de perímetro torácico, Ravel tiene la contextura de un jockey, es decir, de William Faulkner que, en elmismo instante, reparte su vida entre dos ciudades —Oxford, Missisipi, y Nueva Orleans—, dos libros —Mosquitoes y Sartoris— y dos whiskies —Jack Daniel's y Jack Daniel's."
Vea usted dónde descubre uno el origen literario de un gusto etílico.

Carlos A. y Pablo R. dijo...

Eavemaría Dr. Calle, qué descubrimiento. Estamos haciendo una lista de tragos con pedigrí literario: llevamos varios mezcales y tequilas de Malcolm Lowry, unos aguardienticos de Manuel Mejía Vallejo, varios Martinis de Dorothy Parker, y ahí vamos. Le agradeceríamos mucho la colaboración abstemia, erudita pero finalmente etílica de su persona. Desde luego, no omitimos los créditos, ni enlagunados.