jueves, 27 de diciembre de 2007

No tienen perdón: la “Lista Arcadia”

Arcadia acaba de publicar lo que ellos mismos denominan “La lista Arcadia”, en la que señalan los mejores libros publicados en 2007. No vamos a discutir sobre la lista, porque eso no tiene gracia: cualquier selección es criticable. Lo que nos parece lamentable son las explicaciones que dan para incluir los libros. Lamentables y reveladoras: constituyen una prueba del esnobismo que ya se le olía a la revista desde el comienzo. Aquí van algunas de las razones que dan estos rectores de la crítica literaria colombiana (no pedimos que justifiquen la lista, no hay necesidad. Del doctor Johnson se decía que había apreciado perfectamente a Shakespeare, pero que no era capaz de explicarlo. Después tampoco nadie ha sido capaz. Pero no consideramos abusivo pedir que quien escriba sobre libros sea capaz de apreciarlos. Después de todo, al que escribe sobre comida se le pide eso también):

Para explicar la inclusión de la “Colección Samper Ortega”, editada por Juan Gustavo Cobo Borda, dicen:

Esta, sin duda, es la antología del año por lo que significó para el poeta Juan Gustavo Cobo Borda sumergirse en los cien tomos de la colección de Daniel Samper Ortega, uno de los educadores y divulgadores intelectuales más importantes de Colombia.

La antología es sin lugar a dudas la más importante por lo que significó para el poeta hacerla, y no por lo que lleva dentro. ¿Hay que decir que esa frase es una tontería, que ningún editor con los ojos medio abiertos y con menos de diez litros de aguardiente en la cabeza dejaría pasar semejante trivialidad; en suma, que es una vergüenza que una de las revistas literarias más importantes del país imprima semejante bobada? No, no lo vamos a decir. Porque lo que sigue, ay Dios. En la misma nota (en Arcadia son bastante parejos: empiezan mal y terminan peor), dicen, después de mencionar las categorías que usó Cobo Borda para hacer su selección:

En esas diez categorías incluyó, según Cobo Borda, textos que hoy son de una vigencia pasmosa…

Y el pobre Cobo Borda que creía que los amigos de Arcadia le iban a elogiar la antología de la antología que hizo. Una “vigencia pasmosa”. ¿Qué quisieron decir: que los textos son tan malos que uno se queda pasmado ante el interés que todavía suscitan o ante el hecho de que todavía haya incautos que se dejen agarrar en las vitrinas de las librerías? Quizá acostumbrados como están a reseñar tanto libro que trae claritica la fecha de vencimiento, se quedaron pasmados ante el hecho de que después de tantos años Tomás Carrasquilla siga siendo legible. Soltemos a Cobo Borda, que suficiente ha debido tener con el trato que le dieron en Arcadia.

Lo que dicen sobre Pasajera en tránsito, de Yolanda Reyes:

La autora de Los años terribles, que acaba de lanzar una iluminadora colección de ensayos sobre la lectura en la infancia titulada La casa imaginaria, logra, en su primera novela alejada del mundo infantil, lo más difícil que puede lograr una obra de ficción: la sensación de que era necesario que existiera.

Le dan ganas a uno de robarle la pregunta a Raymond Chandler: “¿Se dice algo aquí que no pueda decirse con un eructo?”

La presentación de la lista incluye lo siguiente:

Agrupamos los libros editados en el país con libros importados, y autores nacionales con autores extranjeros, porque las coordenadas por las que apostamos no están en la geografía sino en la inteligencia sensible.

Después de leer esto nos pusimos a buscar desesperadamente la manera de apostarle al caballo Coordenadas, y en ningún hipódromo nos dan razón. Vamos a robar por última vez a Chandler para que pueda bajar las manos: “dos mil años de cristianismo y esto es lo que puede mostrar una revista literaria.”

Que las presentadoras de farándula y hasta de noticias, que los comentaristas deportivos y hasta el presidente, hablen mal y escriban peor, vaya y pase. Pero ¿por qué, por qué una de las pocas publicaciones dedicadas a la literatura se tiene que sumar a esa reivindicación del derecho al chamboneo instaurado por uno de nuestros más preclaros expresidentes? Ahora que Chandler bajó las manos, póngalas arriba Gabriel Zaid:


No es tan difícil encontrar lectores con buena información y buen juicio que se ríen (o se enojan) por lo que publica la prensa cultural. Aunque no se dediquen a la crítica, ni pretendan competir con quienes la hacen, tienen los pelos en la mano para señalar erratas, equivocaciones, omisiones, falsedades, incongruencias, injusticias, ridiculeces y demás gracias que pasan impunemente por las manos de los editores. Y ¿por qué pasan? Porque no leen lo que publican, sino después de que lo publican, y a veces ni después. Porque, en muchos casos, ni leyendo se dan cuenta de los goles que les meten la ignorancia, el descuido, el maquinazo, el plagio, la mala leche, los intereses creados. Y porque, muchas veces, aunque se den cuenta, no están dispuestos a dar la pelea por la cultura y el lector.

…Y, cuando no se va a dar la pelea, ¿qué caso tiene leer exigentemente lo que se pretende publicar? Lo importante no es defender al lector de la errata, el gazapo, la ignorancia, la vacuidad, el abuso, sino cuidar el control político y diplomático de tan difícil situación. Todos quieren publicar, nadie leer, menos aún cuidar el interés del lector. Lo pragmático no es poner el ojo en la calidad de los textos, sino el oído en los nombres que suenan…


Nos van a perdonar.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Y que el diablo lo tenga en su gloria: Bierce

Franco nos recordó el inigualable Diccionario del diablo. Random House – Mondadori acaba de publicar la traducción al español de la edición de Ernest Jerome Hopkins (en la colección DE BOLS!LLO). Se trata de una joya y una novedad. Todas las ediciones castellanas del diccionario conocidas hasta ahora se basaban en la edición que el propio Bierce sancionó en sus Collected Works, la cual, según Hopkins, estaba reducida por lo menos en un 50%, debido a que Bierce editó sus obras en Washington, y muchas de las entradas del diccionario aparecieron en periódicos o revistas de San Francisco.

He aquí, pues, algunas de las entradas inéditas:


academia, s. Originariamente, un bosquecillo en el que los filósofos buscaban un sentido en la naturaleza; hoy en día es una escuela en la que los imbéciles por naturaleza buscan un sentido en la filosofía.

acertijo, s. ¿Quién elige a nuestros gobernantes?

acróstico, s. Dura prueba para los sentimientos. Por lo general, infligida por un necio.

agallas, s. Lo que se necesita para reconocer que se es un cobarde.

ahorro (escolar), s. Comprar una buena nota al profesor pagándole 95 centavos en lugar de un dólar.

alegoría, s. Metáfora en tres volúmenes y un tigre.

argüir, v. tr. Reflexionar aplicadamente con la lengua.

arrepentimiento, s. Sentimiento que raramente inquieta a la gente hasta que empieza a sufrir.

bandido, s. Persona que arrebata por la fuerza a A lo que A le ha arrebatado por la fuerza a B.

barbero, s. (Del lat. barbarus, salvaje, y de barba, barba). Salvaje cuya laceración de nuestras mejillas pasa inadvertida ante el tormento superior de su conversación.

bautizar, v. tr. Imponer un nombre con toda la ceremonia a una criatura indefensa.

Éste es el único truco del bautizo:
humedecer al niño para que el nombre se le quede pegado.


borracho, adj. Cargado, confuso, mamado, bebido, curda, ebrio, mareado, embriagado, pesado de cabeza, contento, achispado, paposo, como una cuba, ajumado, alumbrado, tajado, pasado, con una turca, alegre, feliz, etc.

brandy, s. Licor compuesto de una parte de rayos y truenos, una parte de remordimiento, dos partes de asesinato sangriento, una parte de muerte, infierno y tumba, dos partes de Satán aguado y cuatro del santo Moisés. Dosis: siempre lleno hasta arriba. Creo que fue Emerson quien dijo que es la bebida de los héroes. Yo no me atrevería a aconsejarlo a otros. Dicho sea de paso, está bastante bueno.

cadáver, s. Persona que manifiesta el grado más elevado posible de indiferencia que puede aceptarse para corresponder a la solicitud ajena.

castigo, s. Arma que la justicia casi ha olvidado cómo se utiliza.

centeno, s. Whisky en cáscara.

conyugal, adj. (Del lat. con, mutuo, y jugum, yugo). Relativo a un tipo muy popular de trabajos forzados: la unción en el mismo yugo de dos necios corroborada por el párroco.

cordura, s. Estado mental inmediatamente anterior y posterior a la comisión del asesinato.

culpable, adj. El otro.

defraudar, v. tr. Impartir instrucción y experiencias a los confiados.

demente, adj. Adicto a la convicción de que los dementes son los demás.

demente, s. Estado mental melancólico de aquel cuyos argumentos somos incapaces de contestar.

depravado, part. pas. Categoría moral de un caballero que mantiene la opinión contraria.

descabellada, adj. La idea de que el asesinato es un delito.

deserción, s. Aversión a la lucha, como, por ejemplo, cuando se abandona el ejército o una esposa.

diagnóstico, s. Arte del médico con el que determina el estado del bolsillo del paciente para saber cuánto puede enfermarlo.

ego, s. Forma latina de la palabra “yo”. Los romanos tenían un defecto del habla y eran incapaces de pronunciarla mejor. Los reyes y los editores se acercan un poco más a la pronunciación correcta, dicen “nosotros”*.
____________
* En inglés, we, cuya pronunciación se parece más a la de ego que la de I (N. del T.).

ejército, s. Clase improductiva que defiende a la nación devorando cuanto pudiera tentar a un posible enemigo a invadirla.

embajador, s. Ministro de alto rango mantenido por un gobierno en la capital de otro país para que cumpla la voluntad de su esposa.

enfermedad, s. Donación que hace la naturaleza a las facultades de medicina. Generosa contribución para el sustento de los enterradores. Medio de proporcionar carne que no está muy seca ni dura al valioso gusano de tumba para que excave túneles.

epidemia, s. Enfermedad muy sociable y con pocos prejuicios.

expósito, adj. Niño que se ha desembarazado de unos padres inadecuados para su potencial y perspectivas de futuro.

frágil, adj. Poco firme, propenso a la traición, como una mujer que se ha decidido a pecar.

fugarse, v. prnl. Cambiar los peligros e inconvenientes de una residencia fija por la seguridad y las comodidades de viajar.

género, s. Sexo de las palabras.

Un masculino cortejaba a un nombre femenino
pero a ella nada atraía su cortejo,
así que el sustantivo le rogó a un verbo que coronase sus deseos,
pero el verbo replicó frunciendo frígido el ceño:
“Si yo soy neutro, ¿con qué objeto voy a hacerlo?”.

habeas corpus, loc. Orden judicial por la que se puede sacar a un hombre de la cárcel y preguntarle qué le ha parecido la experiencia.

hijo, s. Accidente para el que se confabulan y están especialmente diseñadas y adaptadas con precisión todas las fuerzas de la naturaleza.

inmaculado, adj. Aún no descubierto por la policía.

insulto, s. Comentario ingenioso sin réplica posible.

intoxicación, s. Estado espiritual que precede a la mañana siguiente.

jurado, s. Cierto número de personas designadas por un tribunal para ayudar a los abogados a impedir que la ley degenere en justicia.

literalmente, adv. En sentido figurado; como, por ejemplo: “El estanque estaba literalmente lleno de peces”; “El suelo parecía literalmente vivo de tantas serpientes que había”…

magistrado, s. Funcionario judicial con jurisdicción limitada e incapacidad ilimitada.

mortalidad, s. Parte que conocemos de la inmortalidad.

padre, s. Oficial de intendencia y comisario de subsistencia que proporciona la naturaleza para nuestro sustento en el período que precede a que aprendamos a vivir de los demás.

plural, adj. Problemas.


Maestro de las formas breves, Bierce escribió el que, según Kurt Vonnegut, es el mejor cuento de la literatura norteamericana: An Occurrence at Owl Creek Bridge.

Bierce, Ambrose, El diccionario del diablo, traducción y notas de Vicente Campos, Random House – Mondadori, 2007.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Otro filósofo de parque: Lichtenberg

En una estupenda película producida por la BBC sobre la muerte de Sócrates, éste, en la persona de Peter Iustinov, se refería a sí mismo como “un filósofo de parque”. Ahora que los filósofos se ponen corbata y piensan en horario oficial de ocho a doce y de dos a seis, queremos recordar la figura de ese otro pensador de andén (o, mejor, de ventana): Lichtenberg.

Escribe Juan Villoro en el prólogo a su traducción de los aforismos de Lichtenberg:


«…Hacia el final de su vida concibió una sátira autobiográfica, Le procrastinateur, donde pensaba burlarse de sus proyectos eternamente pospuestos. Fue demasiado fiel a su tema: no la escribió.

Lichtenberg vivió contra la posteridad, contra las Obras completas, la tesis doctoral del posible erudito sueco, el comentarista mexicano del siglo XX. No pensó que sus apuntes dispersos pudieran ser imantados por la misma fuerza; se conformó con legar fragmentos, los restos de una inteligencia…

…Mientras Kant escribía La Crítica de la razón pura, los labriegos de mejillas enrojecidas por el frío y la cerveza hablaban de elfos y duendes con infinitos errores gramaticales; también hablaban de mierda y castigos feudales. De esa mezcla, de la precisa geometría de los gramáticos y de la injuria y la escatología, surgió el alemán moderno, portento de la razón y del insulto. En este periodo formativo en que el alemán escrito se apartaba por completo del hablado, Lichtenberg concibió un estilo intermedio tan digno de las aulas como de las tabernas…

…Jamás se iba a concentrar en una ciencia. Su primer trabajo universitario fue un ejemplo típico: una indagación sobre las relaciones entre matemática y poesía. Bajo la segura influencia de Kästner, más que argumentar, acribilló: el único rasgo sensible de los poetas alemanes era que olían a pomada, ¿qué pasaría si se les exigiera un lenguaje tan riguroso como el de las matemáticas?...

…Lichtenberg fue un personaje típico del momento; aprendió inglés y francés; se sumergió gustoso en las reuniones que eran como pequeños congresos académicos; con todo, no dejó de extrañar a sus amigos de Gotinga y se convirtió en “un verdadero César de las cartas”: después de dictar tres misivas al mismo tiempo, aún tenía deseos de sentarse a escribir otras diez. Sus cartas, comentó entonces, se hubieran podido publicar con el título …historia privada y pública del profesor Lichtenberg, que contiene toda suerte de observaciones sobre los hombres, las muchachas y los insectos, además de buena cantidad de reflexiones y disparates decentes y groseros cobre estos cuatro asuntos. Sus intereses no sólo eran múltiples, eran simultáneos. Cuando compró un telescopio de inmediato quiso apuntar a dos sitios al mismo tiempo: el firmamento y la hermosa recamarera que se desnudaba a la luz de una vela.

…Dieterich, el casero de Lichtenberg, se sorprendió de no encontrar más que unos fragmentos de la novela El príncipe duplicado; la historia del noble siamés se esfumó con su creador. En cambio dio con varios cuadernos en los que su inquilino escribía toda suerte de reflexiones “a la manera de los tenderos ingleses que llevan un waste-book, donde anotan ventas y compras en total desorden para luego sumarlas y restarlas”. Los cuadernos arrojaban los saldos de una mente.

…El peculiar estilo de pensamiento de Lichtenberg es una preceptiva intelectual; su modo es su carta de creencia. El contenido de los Aforismos es variadísimo y ha dado lugar a ensayos tan notables como el de Franz H. Mautner “Lichtenberg: retrato de una mente”. El hombre que escribió poemas para bodas, infló vejigas en sus clases, colocó pararrayos en los edificios, promovió los balnearios y la obra de Shakespeare, ensayó dietas, experimentó con la electricidad, retrató al actor Garrick y a la muchedumbre londinense, se enamoró de una florista y una vendedora de fresas, discutió de astronomía con el rey de Inglaterra, escribió de modas para las damas alemanas, llevó un registro de los entierros que veía desde su ventana, estudió las maniobras de los batallones de asalto, polemizó sobre la fisiognómica y la escritura griega, no se deja reducir a unos cuantos temas básicos. Su curiosidad atendía por igual a la teoría de Newton que a un botón roto después de siete años de ser el leal sostén de sus pantalones…».

Aquí va, pues, una selección de la selección hecha por Villoro:

Si al cielo le pareciera útil y necesario volverme a editar en la vida, me gustaría comunicarle algunas vanas observaciones que se refieren, sobre todo, al dibujo del retrato y al plan general.
*
Aunque mi filosofía tampoco descubra nada, al menos tiene suficiente corazón para considerar inexistentes los pensamientos establecidos.
*
Siempre he procurado imponerme leyes que sólo entren en vigor cuando me sea casi imposible violarlas.
*
He notado claramente que tengo una opinión acostado y otra parado.
*
Hay que recomendar con insistencia el método de los borradores; no dejar de escribir ningún giro, ninguna expresión. La riqueza también se obtiene ahorrando verdades de a centavo.
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Daría parte de mi vida con tal de saber cuál era la temperatura promedio en el paraíso.
*
En la Tierra no hay superficie más interesante que el rostro humano.
*
Los hombres más sanos, más hermosos y mejor proporcionados son quienes están de acuerdo con todo. En cuanto se padece un defecto se tiene una opinión propia.
*
Se dice “alma” como se dice “talero”, aunque hace mucho que se dejaron de acuñar.
*
Los guisos tienen, presumiblemente, gran influencia en el estado actual de la condición humana. El vino externa su influencia de un modo más evidente; los guisos lo hacen con mayor lentitud, pero quizá también con mayor intención. Quién sabe si no le debemos la bomba neumática a una sopa bien cocida o la guerra a una mal cocida. Esto merecería una investigación más acuciosa. Acaso el cielo cumple así grandes finalidades, mantiene leales a los súbditos, cambia los gobiernos y crea Estados libres; acaso son los guisos los responsables de lo que llamamos “la influencia del clima”.
*
Eso que ustedes llaman corazón está más abajo del cuarto botón del chaleco.
*
Todo hombre también tiene su trasero moral, que no enseña sin necesidad y mientras puede cubre con los pantalones de la decencia.

*
En la iglesia, acerca de una muchacha hermosa, sumamente devota:

Más devota y hermosa que Lucía
No se verá rezar a otra mujer
Se arrepiente en cada letanía
De lo mismo que invita a cometer.

*
La muchacha tenía unas manos pecaminosamente hermosas.
Dios creó al hombre según su imagen. Posiblemente esto significa: el hombre creó a Dios según su laya.
*
Por más que en ellas se predique, las iglesias siguen necesitando pararrayos.
*
Un país de iglesias hermosas y casas en ruinas está tan perdido como uno de iglesias ruinosas y casas palaciegas.
*
¿Creéis acaso que el buen Dios es católico?

*
Es una lástima que beber agua no sea pecado, clama un italiano, ¡qué bien sabría!
*
¿Cómo habrá sido la conversión de las putas en la antigüedad?, ¿ya habría beatas?
*
Cuando un libro choca con una cabeza y suena a hueco, ¿se debe sólo al libro?
*
En un artículo: el sacrificio de los primogénitos aún es recomendable, en el caso de los versos.
*
Se diría que nuestros idiomas han enloquecido. Cuando queremos una idea, nos ofrecen una palabra; cuando exigimos una palabra, nos brindan una raya, y donde esperamos una raya, hay una obscenidad.
*
Esto debe servirme de advertencia. Como aquel gran escritor francés, de ahora en adelante no daré nada a la imprenta sin que antes lo lea mi cocinera.
*
Al prólogo se le podría llamar pararrayos.
*
Ahí se aplica a la perfección lo que Butler dice de un mal crítico: si no encuentra un error, lo comete.
*
A un prólogo se le podría llamar “matamoscas” y a una dedicatoria “bolsa de limosnero”.
*
Como han observado algunos filósofos, le debemos muchos errores al mal empleo de las palabras. Acaso a ese mismo mal empleo le debemos los axiomas.
*
Con poco ingenio se puede escribir de tal forma que otro necesite mucho para entenderlo.
*
No estaría mal un libro de primeros auxilios para escritores.
*
Siempre es preferible darle el tiro de gracia a un escritor que perdonarle la vida en una reseña.
*
Es fascinante escuchar a una mujer extranjera que comete faltas de ortografía con sus hermosos labios. A un hombre no.
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Leer equivale a tomar prestado; inventar, a saldar cuentas.
*
Darle el último toque a una obra, es decir, quemarla.
*
La mucha lectura nos ha brindado una barbarie ilustrada.
*
En verdad hay muchos hombres que leen sólo para no pensar.
*
Nada puede contribuir tanto a la tranquilidad del alma como no tener opinión alguna.
*
Hay gente que cree que todo lo que se hace con cara seria es razonable.
*
En la Francia libre, donde ahora uno puede ahorcar a quien quiera.
*
¿Quién quiere desmontar cuando puede demoler?
*
El hombre no era precisamente una lumbrera pero sí un candelabro bastante grande (cómodo). Sostenía opiniones ajenas.
*
Me gustaría dar algo a cambio de saber con exactitud por quién fueron hechos los actos que según la versión oficial fueron hechos por la patria.
*
Mi proyecto tenía más bilis que fundamentos. Quedé exhausto antes de realizarlo.
*
Cuando tenía que usar su razón era como si alguien que siempre ha usado la mano derecha tuviera que usar la izquierda.
*
El primer americano descubierto por Colón hizo un descubrimiento atroz.
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Si uno ha bebido, más vale que tenga buena puntería. Buscar la relación entre el tiro al blanco y la poesía.
*
El mejor refugio contra las tormentas del destino sigue siendo una tumba.
*
Me parece imposible demostrar que somos la obra de un ser superior y no el pasatiempo de uno bastante defectuoso.
*
¿Por qué son tan hermosas las viudas jóvenes en duelo? (Investigación).
*
“¡Ay!”, gritó al accidentarse, “¡si hubiera hecho algo satisfactoriamente dañino esta mañana ahora sabría por qué sufro!”.
*
¿Quién está ahí. Sólo yo. Ah, con eso sobra.
*
Es cierto que no puedo hacerme mis zapatos, pero, señores, no permito que me escriban mi filosofía.
*
Jamás hay que creerle a quien asegure algo con una mano en el corazón.
*
Una experiencia de toda la vida: cuando no se dispone de otros medios, el carácter de un hombre se conoce por una broma que no soporta.
*
Una regla de oro: no hay que juzgar a los hombres por sus opiniones sino por aquello en lo que sus opiniones los convierten.

Georg Christoph Lichtenberg, Aforismos, selección, traducción, prólogo y notas de Juan Villoro, Fondo de Cultura Económica, 1995.

jueves, 13 de diciembre de 2007

They Shoot Horses, Don’t They?

Quienes quieren ver en la literatura un altavoz con mensajes para la vida, han clasificado esta novela como un alegato a favor de la eutanasia. Nada de eso. Es una historia magistral de compasión y amor y sufrimiento. Escrita por McCoy en los años de la depresión, cuenta la historia de un hombre que encuentra a una mujer desdichada, Gloria, se hacen amigos y se inscriben en una “maratón de baile”, un concurso de la época que ofrecía la esperanza a cientos de almas perdidas de ganar mil dólares. La prueba consistía en bailar y bailar a través de una pista circular, con la animación de un presentador, durante intervalos de hora y media con descansos de diez minutos entre uno y otro, hasta que sólo quedara una pareja en pie. Pero a Gloria no le duelen solamente los pies, le duele la vida. Se podría decir que le dolía respirar. Así que, en medio del concurso, le pide al narrador que la mate. Y… la novela comienza:

Me puse en pie. Por un instante vi nuevamente a Gloria sentada en aquel banco del muelle. El proyectil le había penetrado por un lado de la cabeza; ni siquiera manaba sangre de la herida. El fogonazo de la pistola iluminaba todavía su rostro. Todo fue de lo más sencillo. Estaba relajada, completamente tranquila. El impacto del proyectil hizo que su cara se ladeara hacia el otro lado; no la veía bien de perfil pero podía apreciar lo suficiente para saber que sonreía. El fiscal se equivocó cuando dijo al jurado que había muerto sufriendo, desvalida, sin amigos, sola salvo por la compañía de su brutal asesino en medio de la noche oscura a orillas del Pacífico. Estaba muy equivocado. No sufrió. Estaba completamente relajada y tranquila y sonreía. Era la primera vez que la veía sonreír. ¿Cómo podía decir pues el fiscal que sufrió? Y no es verdad que careciera de amigos.

Yo era su mejor amigo. Era su único amigo. Por tanto, ¿qué era eso de que no tenía amigos?

…¿Qué podía yo decir?... Todos los asistentes sabían que yo la había matado; la única persona que habría podido ayudarme también estaba muerta. Por tanto, allí estaba yo en pie, mirando al juez y negando con la cabeza. No tenía nada que alegar.

—Pida clemencia al tribunal —dijo Epstein, el abogado que designaron para defenderme.
—¿Qué decían? —inquirió el juez.
—Su Señoría —dijo Epstein—, pedimos clemencia al tribunal. Este joven admite haber matado a la chica, pero únicamente para hacerle un favor.


El juez golpeó la mesa con el martillo, mirándome fijamente.

Luego viene el relato de la forma en que conoció a Gloria para terminar inscribiéndose ambos en el concurso de baile. Y el remate:

…Cuando yo era niño solía veranear en la casa de campo de mi abuelo, en Arkansas. Un día me encontraba en el ahumadero de carnes, viendo cómo mi abuela elaboraba lejía en una gran cazuela de hierro, cuando vino mi abuelo por la era, muy excitado. “Nellie se ha roto una pierna”, dijo mi abuelo. La vieja Nellie estaba tendida en el suelo gimiendo, atada todavía al arado. Nos quedamos allí de pie, mirándola, sólo mirándola. Al poco regresó el abuelo con el fusil que había usado en Chickamauga Ridge. “Ha metido la pata en un agujero”, dijo, mientras le daba palmadas cariñosas en la cabeza. La abuela me hizo volver la cabeza y mirar hacia otro lado. Comencé a llorar. Oí el disparo. Todavía lo oigo. Corrí, me agaché y me abracé al cuello de Nellie. Yo quería al caballo. Y odiaba a mi abuelo. Me levanté y empecé a propinar puñetazos a las piernas de mi abuelo… Al día siguiente, el abuelo me explicó que él también quería a Nellie, pero que no había tenido más remedio que matarla. “Era lo mejor que podía hacer -dijo-, el pobre animal ya no habría podido hacer nada más. Era la única manera de acabar con sus sufrimientos…”.

Tenía la pistola en la mano.
-Muy bien- le dije a Gloria-. Cuando quieras.
-Estoy preparada.
-¿Dónde?
-Aquí. A un lado de la cabeza.
El muelle se agitó al recibir el golpe de una ola.
-¿Ahora?
-Sí.
Disparé.


El muelle volvió a agitarse, el agua borboteó y resbaló nuevamente hacia el océano. Tiré la pistola por la barandilla.

Un policía iba sentado a mi lado en el asiento posterior del coche, otro conducía. Íbamos a gran velocidad y la sirena chillaba. Era la misma sirena que usaban para despertarnos en la competición de baile.
-¿Por qué la has matado? -me preguntó el policía que iba sentado a mi lado.
-Ella me lo pidió.
-¿Has oído eso, Ben?
-Es un muchacho muy servicial -dijo Ben por encima del hombro.
-¿Es eso lo único que puedes alegar?
-¿Acaso no matan a los caballos?


…Y que Dios se apiade de su alma…

Horace McCoy, ¿Acaso no matan a los caballos?, Punto de lectura, 2007. La traducción al españolete no logra arruinar el libro.

Pena de muerte: Lewis Thomas

En un lúcido libro sobre la naturaleza del ensayo (perdón por el oxímoron), el maestro Jaime Alberto Vélez presenta al final una breve selección de ensayos magistrales. Allí aparece la siguiente maravilla sobre un fenómeno bastante raro en Colombia (queremos pensar que la reciente muerte del maestro Vélez fue parecida a la de los protagonistas del texto).


De la muerte natural

Lewis Thomas

Existe tal cantidad de libros nuevos sobre la muerte, que ahora poseen estantes especializados en las librerías, al lado de esas ediciones en rústica sobre las dietas sanas, las reparaciones caseras y los manuales sobre el sexo. Algunos de ellos están tan llenos de información detallada y de instrucciones paso a paso para realizar la función, que se podría creer que se trata de un nuevo tipo de destreza que hoy necesitamos aprender todos. La impresión más clara que recibe un lector desprevenido, al hojearlos, es que morir como se debe se ha convertido en una experiencia extraordinaria, inclusive exótica, que sólo podrían lograr con éxito los especialistas en el tema.

Se podría, al mismo tiempo, hacerle creer al lector que somos las únicas criaturas capaces de darnos cuenta de la muerte, y que el hecho de que el resto de la naturaleza pase por la muerte, generación tras generación, constituye un proceso distinto, automático y trivial, más natural, según suele decirse.

Este verano, a un olmo de nuestro jardín le cayó un rayo, y se desplomó, muerto como una piedra, y quedó sin hojas de un día para otro. Un fin de semana era un olmo de aspecto normal, un poco desnudo de algunas partes, aunque nada alarmante, pero al siguiente fin de semana se había ido, había pasado, había partido, se lo habían llevado. Se lo habían llevado es la expresión correcta, porque el cirujano de árboles apareció ayer con un equipo de jóvenes ayudantes y sus poleas, lo desmembraron rama por rama, y se lo llevaron en el volco de un camión rojo, mientras cantaban.

La muerte de un ratón de campo, en las fauces de un amable gato casero, es un espectáculo que he presenciado muchas veces. Antes me fruncía. Hace mucho dejé de arrojarle palos al gato para que soltara el ratón, pues, una vez liberado, regularmente moría de todos modos; pero siempre lanzaba al gato palabras ofensivas para hacerle saber en qué clase de animal se había convertido. Pensaba que la naturaleza era abominable.

En estos días he estado pensando acerca de aquellos ratones, y me pregunto si su muerte difiere tanto de la de nuestro olmo. La principal diferencia, si existe alguna, residiría en el asunto del dolor. No creo que el olmo tenga receptores para el dolor, e inclusive así, me parece que el rayo representa una forma relativamente indolora de irse, aun cuando los árboles tuvieran terminaciones nerviosas, que por supuesto no tienen. Pero la cola del ratón que se balancea entre los colmillos de un gato gris ya es algo distinto, que induce a suponer un sufrimiento insoportable en todo ese pequeño cuerpo.

En la actualidad existen algunas razones creíbles para pensar que esto no es así de ninguna manera y que, antes por el contrario, se puede construir una historia completamente distinta sobre el ratón y su muerte. En el instante en que es atrapado y los colmillos penetran en él, las células del hipotálamo y de la hipófisis liberan hormonas péptidas. Al instante, estas sustancias, llamadas endorfinas, se adhieren a las superficies de otras células encargadas de la percepción del dolor. De ahí que el ratón parezca siempre balancearse, lánguidamente, en las fauces del gato, y que se quede tan tranquilo, sin forcejeo, cuando éste lo suelta, aun antes de que las lesiones sufridas lo maten. Si el ratón pudiera encogerse de hombros, lo haría.

No estoy seguro de que esto sea verdad o no, ni tampoco sé cómo podría demostrarlo si lo fuera. A lo mejor si pudiera intervenir con prontitud y administrar naloxona, antídoto específico de la morfina, podrían neutralizarse las endorfinas y se observaría la aparición del dolor, pero esto no es algo que me interese ver o comprobar. Creo que lo dejaré ahí, como un buen acertijo de la muerte de un ratón atrapado por un gato, o tal vez acerca de la muerte en general.

Montaigne vislumbró la muerte, a raíz de una experiencia que lo acercó a ella: un accidente hípico. Quedó tan mal herido, que sus compañeros lo creyeron muerto y lo condujeron a su casa entre lamentos, “todos ensangrentados, manchados de arriba abajo con la sangre que yo había arrojado. A pesar de haber estado “muerto durante dos horas enteras”, recuerda, maravillado, el episodio:

Me parecía que mi vida pendía sólo de la punta de mis labios. Cerré los ojos, según me pareció, para ayudarla a salir y llegué a encontrar placer en irme poniendo cada vez más lánguido y dejándome ir. Era una idea que sólo flotaba en la superficie de mi alma, tan delicada y débil como todo el resto; pero no sólo libre de sufrimiento, sino mezclada con esa dulce sensación que experimentan las personas cuando se dejan deslizar en el sueño. Creo que éste es el mismo estado en que se encuentran las personas a las que vemos desmayarse en la agonía de la muerte, y sostengo que las compadecemos sin motivo… Para acostumbrarse a la idea de la muerte, creo que no haya nada como haber estado cerca de ella.

Más tarde, en otro ensayo, Montaigne vuelve sobre el tema:

Si no sabe usted cómo morir, no se inquiete, la naturaleza le dará instrucciones completas y suficientes en un momento, ella tomará por su cuenta el asunto; usted no se preocupe por ello.

El peor accidente que haya presenciado ocurrió en Okinawa, en los primeros días de la invasión, cuando un jeep chocó contra un transporte de tropas y se aplastó hasta quedar casi plano. Dentro del vehículo había dos jóvenes policías militares, atrapados por el metal doblado, mortalmente heridos ambos, y a quienes sólo se les veía la cabeza y los hombros. Sostuvimos una conversación mientras algunos, con herramientas adecuadas, trataban de liberarlos. Dijeron que lamentaban el accidente. Nos sentimos bien, añadieron. Uno de ellos preguntó si todos los demás estaban bien. Bueno, dijo el otro, ahora no hay prisa. Y entonces murieron.

El dolor es útil para evitar, para escapar cuando hay tiempo de hacerlo, pero cuando se trata de un juego final sin regreso, probablemente el dolor se desconecte y los mecanismos para hacerlo sean maravillosamente precisos y rápidos. Si yo tuviera que diseñar un ecosistema en el que las criaturas debieran abandonarse unas a otras, y en el que la muerte fuera parte indispensable de la vida, no podría pensar en una mejor forma de disponer las cosas.


Jaime Alberto Vélez, El ensayo. Entre la aventura y el orden, Taurus, 2000.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Literatura femenina y aniversario de la Yourcenar


"En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro.
Uno sólo muere cuando está solo. "
Margarita Yourcenar, de Fuegos

Debemos comenzar por decir que no creemos que exista una cosa tal como la literatura femenina. Sería no sólo una falta de respeto sino un chiste de mal gusto. Afirmar tal cosa es tanto como creer que hay literatura de enanos, de sifílicos o de astronautas.
La literatura es una y es o no es independientemente de si la ha escrito un hombre, una mujer un trasvesti, un negro o un extraterrestre.
Sin embargo, sí creemos que se puede hablar de literatura con una voz femenina. Y desde este punto de vista también se puede hablar de literatura negra, literatura de sifílicos, y demás.
Un caso paradigmatico es el de Margarit Yourcenar, una escritora que tiene una voz que difícilmente puede ser igualada por un hombre. Y esto se debe a ciertas maneras de ver el mundo, de atravezarlo desde la condición femenina, de encontrar en él aquello que sólo se puede apresar cuando se tiene vientre, cuando se entiende cierta dimensión de los acontecimientos que va más allá de la masculina.
Eso del vientre es mucho más que algo biológico, las mujeres tienen la condición de recibir, de ser receptáculos, están hechas para ser atravesadas por el mundo y pregnadas por el. ¿pregnadas? Nos atrevemos a decir preñadas, sí preñadas por él, por eso su ejercicio literario, cuando es honesto, cuando es un verdadero parto difícil, de sietemesino querido y sin padre, da lugar a un alumbramiento, a una nueva mirada del mundo, a un nuevo objeto en el mundo.
El hombre es en cambio, sin que esto sea bueno o malo, tan sólo una descripción, un transformador, cuando mucho un deformador que lleva sus universos incluso hasta formas ya nada parecidas a aquello de lo que recibieron la materia prima.
En la auténtica voz femenina nos encontramos con un nacimiento, con la conjunción de un objeto activo que es el mundo (¿esperma?) con uno pasivo que es la mirada femenina, que es al mismo tiempo óvulo y utero, para que aparezca algo nuevo en el universo, algo, en las palabras de Vicente Huidobro, que “amuebla el mundo”
En Memorias de Adriano (1951) Yourcenar nos plantea una novela que es casi un poema de 400 páginas. Podría sonar peyorativo para algunas feministas, pero la filigrana que encierra la construcción de tan precioso objeto sólo pudo haber sido realizada por las manos de una mujer, una que podría bordar todo el día por muchísimos días en punto de cruz cuidando cada detalle, cada color. Que cada momento marque un compás.
Sin embargo no es una literatura ni mucho menos comprometida o femenina, muchos de los personajes principales de Yourcenar son hombres, la mayoría. Pero el asunto está en la voz, tanto si se trata de una escena de amor como si se trata de un combate entre dos hombres que tratan de arrancarse la vida.
Otro ejemplo interesante de una voz femenina muy fuerte se encuentra en la obra de la poeta colombiana Piedad Bonnet, una mujer que teje una historia completa a través de su libro de poemas “Todos los amantes son guerreros”. Allí logra mostrar a la mujer en ese arco que es el enamoramiento, la rutina, el rompimiento y la soledad, para terminar concluyendo que: “El amado, pobrecito, es sólo un ser imaginario”. De nuevo el asunto no es de género porque cada lector en una de esas tusas que solemos tener los hombres cada quince días, podría ser el protagonista de esos poemas. Pero tuvieramos el talento que tiene ella, o el doble, no podríamos escribir esos versos, hay algo en el tono a lo que no tenemos acceso desde la posición masculina.
Es también claro que esta mirada no es una obligación en la escritora y hay muchas que uno podría leer sin enterarse de si quien escribe es un hombre o una mujer. Laura Restrepo, por ejemplo, es un claro ejemplo de esto, sus textos obedecen a una intención literaria y su condición femenina no permea sus novelas. E incluso, ella así mismo lo reconoce, no le interesa que así sea.
De todas formas hay una feliz coincidencia cuando una mujer hace literatura y además entrega algo de ese tono único que la identifica. Hay más ahí de un tipo de escritura que es preferible y es la que entrega las entrañas. Y entregar es mucho más difícil que impostar, con un grave peligro además, es más fácil equivocarse.
En la conciencia de lo que se intenta puede estar este peligro, y creemos que la mujer que trate de escribir literatura femenina ya está perdiendo de entrada, pero además está dejando en claro que está jugando en las ligas menores, y que bien puede estar al lado de los escritores que tratan de encontrar un nicho y aprovecharlo.
No hay que hacer mucho esfuerzo para encontrarse con eso, como cuando se lee a Isabel Allende, se nota en sus libros una clara idea de entrar en un mercado.
Por eso cuando alguna se arroga el título de poetisa, hay que sospechar, poeta, señoras y señoritas, si lo son de verdad, son poetas. Poetisa fue una palabra que se puso en el diccionario para usar una segunda categoría dentro de este género literario, y nada peor que hablar de poetas y poetisas o de escritores mayores y menores, pero esta es otra discusión que hoy no viene al caso.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Vale más que ochocientas páginas

Una vez nos contó Alberto Salcedo la siguiente historia en Manizales. Invitaron a Juan Manuel Roca para que oficiara de jurado en un concurso literario en Antioquia (en Envigado, tal vez). De todos los manuscritos que leyó el poeta, recuerda uno especialmente. Se trataba de una extensa novela (más o menos ochocientas páginas) intitulada El Maizal, que contaba la historia de amor entre Efraín y María. Roca leyó unas cuantas páginas iniciales y, cansado de los obstáculos que impedían a los protagonistas disfrutar su enamoramiento, pasó al final. Allí se encontró con que, por fin, Efraín y María pudieron ser felices. La novela remataba, memorablemente, con algo como esto: “Y después de tantas peripecias, Efraín y María pudieron consumar su amor allí en el maizal, como se aprecia en la siguiente fotografía”, y en efecto, aparecía una foto con Efraín sentado en medio del maizal, poncho, sombrero y palillo entre los dientes, abrazando a una gozosa María. Suponemos que fue la que ganó.

Reserva del sumario: Rafael Barrett

Gregorio Morán ha rescatado en un libro recientemente publicado por Anagrama la figura de Rafael Barrett, nacido en 1867 y muerto en 1910. Un escritor delicioso e increíblemente olvidado. Dice en la contracarátula:

«El único libro que llegó a publicar en vida fue Moralidades actuales. Luego se editaron antologías y recopilaciones de sus obras, desordenadas e incompletas. De padre inglés y madre española, a los veinte años se trasladó a Madrid para estudiar ingeniería. Atractivo, culto y adinerado, además de estudiar el joven Barrett se dedicó a disfrutar las posibilidades que le ofrecía el Madrid castizo y bohemio a finales del siglo XIX. Frecuentará salones literarios y mujeres de mala vida y se verá involucrado en más de un duelo (asunto de honor por el que sentía enfermiza atracción). Sin embargo, a raíz de un delirante altercado con el influyente duque de Arión, Rafael Barrett se vio obligado a exiliarse en Paraguay, país en el que se casó y donde desarrolló la mayor parte de su brevísima producción literaria (artículos y aforismos que fueron apareciendo en diversos periódicos) ».

El texto que causó el asombro de Morán e inició su búsqueda es el siguiente, que le fue leído por un amigo en una conversación telefónica:

«Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada. La propiedad me ha hecho cruel.

Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y de dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llenó para mí de presuntos ladrones y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.

Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas al intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecían criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.

¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario.»


Un par de Epifonemas de Barrett que Morán usa como epígrafes de sendos capítulos:

«El agradecimiento. Tenía el bandolero un trabuco, dos pistolas, un cuchillo de monte, y en el camino a nadie se veía.
Le di el reloj, los gemelos, el alfiler de corbata y cuanto dinero llevaba. No se contentó, y le di mi traje, mi sombrero y mis zapatos. Pero también le gustó mi ropa blanca.
Al alejarme, desnudo, le dije con los ojos llenos de lágrimas de gratitud:
–¡Le debo la vida!».

«Jack—. Después de haber degollado a su víctima, la arrancó los pezones y la abrió el vientre. Le sorprendí en esta última ocupación.
–¿Por qué hace usted eso? –le pregunté.
Levantó sus ojos, estragados de literatura, y me contestó:
–¡Por la gloria!».


Ahora que las editoriales publican cualquier cosa y que los sindicalistas exigen lo mismo, nosotros exigimos que alguien, por lo que más quiera, reedite a Barrett.

Gregorio Morán, Asombro y búsqueda de Rafael Barrett, Anagrama, 2007. ¡Ah!, se nos olvidaba: lo compramos en la librería Libélula, en Manizales.

viernes, 7 de diciembre de 2007

En serio

Como no todo puede ser relajación, y mientras conseguimos algún caricaturista que le ponga ese tono gris que necesita este blog, aquí va una selección de la sabiduría acumulada desde los más antiguos textos de la literatura hasta nuestros días.


Mira la obra de Dios; porque ¿quién podrá enderezar lo que él torció? (Eclesiastés, 7-13).

No seas demasiado justo, ni seas sabio en exceso; ¿por qué habrás de destruirte? (Eclesiastés, 7-16).

Y la verdad os hará libres. (Atribuida a Jesús por Juan, 8-31).

Y la vida del hombre es solitaria, corta, brutal y miserable. Thomas Hobbes.

Donde hay poca justicia es un peligro tener razón. Quevedo.

Aire: sustancia nutritiva con que la generosa providencia engorda a los pobres. Ambrose Bierce.

Aire: materia en que la naturaleza fue extraordinariamente generosa para evitar que los pobres murieran por falta de. Millôr Fernandes.

Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos. (Atribuida a Jesús por sus discípulos).

Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse. Thomas de Quincey.

El pueblo no elige a quien lo cura, sino a quien lo droga. Nicolás Gómez Dávila.

El patriotismo es el refugio del canalla. Es el hombre que más grita. Mark Twain.

Constitución brasileña: Todo ser humano tiene derecho a la muerte, la prisión y la búsqueda de la infelicidad. Millôr Fernandes.

Los utopistas no reparan en medios; con tal de hacer feliz al hombre están dispuestos a matarle, torturarle, incinerarle, exiliarle, descuartizarle, lobotomizarle, electrocutarle, enviarle a la guerra, bombardearle, etcétera. Rodolfo Wilcock.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Los resabios de Pablo R.: El arte de Rafael Pombo

¿En dónde reside la fascinación que todavía produce la poesía infantil de Rafael Pombo? Intentaré una respuesta, ilustrada con un ejemplo. En pocas palabras, pienso que se trata de una combinación de ternura, tristeza y humor (quizás la palabra exacta en este caso sea ‘gracia’). Los dos últimos ingredientes, mezclados en las dosis correctas, probablemente dan lugar al primero. Pero el resultado no sería tan perdurable si no estuviera envuelto en una magistral simplicidad: la sencillez de la que sólo son capaces los grandes artistas, aquellos que pueden moldear los materiales más disímiles y complicados en una forma narrativa que envuelve al lector como el aliento de una boa: uno simplemente se deja llevar. Alguna vez escribió Julio Ramón Ribeyro: “Literatura es afectación. Quien ha escogido para expresarse un medio derivado, la escritura, y no uno natural, la palabra, debe obedecer a las reglas del juego. De allí que toda tentativa para dar la impresión de no ser afectado –monólogo interior, escritura automática, lenguaje coloquial— constituye a la postre una afectación a la segunda potencia. Tanto más afectado que un Proust puede ser un Céline o tanto más que un Borges un Rulfo”.

Contamos, además, con el testimonio de grandes narradores que confiesan hacer el trabajo más arduo cuando se trata de hacer que las cosas parezcan simples. En su Recapitulación, Somerset Maugham, luego de hacer un balance de sus primeras obras, y de evaluar los logros de su prosa hasta entonces, declara: “… llegué a la conclusión de que debía aspirar a la lucidez, la simplicidad y la eufonía”. Esas aspiraciones son en buena medida una constatación en la poesía infantil de Rafel Pombo. Seguramente todos conocemos al menos uno de sus ya clásicos poemas. Pero es hora de dejar la divagación abstracta y concentrarse en un caso concreto. Escojo deliberadamente uno de los menos populares. Aunque espero mostrar que tiene algunos méritos adicionales: Juaco el Ballenero. Recordemos la primera estrofa:

Yo soy Juaco el ballenero
que hace veinte años me fui
a pescar ballenas gordas
a dos mil leguas de aquí.

Aquí tenemos ya varios logros de la simplicidad: la evocación nostálgica de una época remota y, por tanto, la promesa de un recuerdo valioso; la sugerencia de aventuras peligrosas y sucesos extraordinarios. Todas las cartas sobre la mesa: sin ases bajo la manga. Nada de metáforas, de analogías; nada de lirismo. Si no fuera por la rima, sería prosa llana.

Enorme como una iglesia
una por fin se asomó,
y el capitán dijo: “¡Arriba!
Esa es la que quiero yo”.

Se introduce la acción, sin preámbulos. La nostalgia ha dado paso al recuerdo excitado. Todo contenido, desde luego, por la simplicidad.

Al agua va el capitán
con su piquete y su arpón,
lavándose antes los ojos
con unos tragos de ron.

Al verlo alzar la botella
se consumió el animal,
y dieron vueltas y vueltas
sin encontrar ni señal.

Cuando de repente, ¡zas!,
da el pescado un sacudón
y barco y gente salieron
como bala de cañón.

El recurso típico al modelo predecible: el marinero valiente que se enfrenta a los más grandes peligros con la alegría de quien recibe un premio. La alusión pasajera a la vida bohemia y el suceso extraordinario introducido de la forma más convencional: como cuando Gregorio Samsa se levanta convertido en un insecto.

La luna estaba de cuernos
y hasta allá fueron a dar,
y como jamás han vuelto
debiéronse de quedar.

Cuando vayas a la luna
busca a mi buen capitán
con su nariz de tomate
y su barba de azafrán.

Dile que este pobre Juaco
no lo ha podido ir a ver
porque no sabe el camino
ni tiene pan qué comer.

Y si viniere un correo
de la luna para acá,
mándame una limosnita
que Dios te la pagará.

Tenemos el final con una última untada de la nostalgia que había sido vertida tenuemente en la primera estrofa. Como conviene a los recuerdos, la época alegre y temeraria está lejana y sólo queda la memoria. Algunos dicen que una de las virtudes de la gran narrativa es la ambigüedad. No sé exactamente lo que esto quiere decir, pero lo que sí es cierto es que la simplicidad no riñe necesariamente con la ambigüedad. La invocación al lector, o al personaje lector, sugiere por sí sola que no hubo tales capitán y marineros, y que el viejo borracho sólo ha elaborado una rima deliciosa como excusa para pedir limosna.

Un entendido amigo dictamina que la poesía ‘seria’ de Pombo perdura menos que sus obras infantiles porque los niños son mejores lectores (o escuchas, que, para este caso, viene a ser lo mismo) que los adultos. Repaso los dos volúmenes de la poesía seria y no me convenzo: unos cuantos versos memorables perdidos en una maraña de simbolismos, metáforas deliberadamente grandiosas y deliberadamente inspiradas. Nada de eso, en conjunto o por separado, supera al Rin Rin Renacuajo o a El gato bandido. Pombo no era un poeta lírico, ni trágico. Era un poeta narrativo. Cuando se complicaba, cuando le daba por expresar las grandes emociones, las horas de tinieblas del alma, el material le hacía demasiado ruido: se quedaba notando el trabajo. Para ser un barco ebrio no basta con querer serlo, ni siquiera con sentir en lo más hondo que se es uno. El arte de Pombo, el gran arte que alcanzó, está contenido casi por completo en sus versos ‘infantiles’. En ellos logró expresar quizás la tristeza que se le volvió parodia en sus versos más ambiciosos.

En una colección de música clasificada por temas, al novelista Kazuo Ishiguro le pidieron escoger “la música más triste del mundo”. Después de mucho buscar, se decidió por algunas piezas para piano de Chopin. Ishiguro explicó su decisión del siguiente modo:

«la música que intenta abrazar la tristeza, que aspira a enterrarse en ella, se encuentra destinada a carecer de verdadera tristeza. La música verdaderamente triste es por lo general celebratoria en la superficie, incluso festiva: música de personas intentando alejar el dolor, sumergiéndose por un momento en las alegrías pasajeras de la vida».

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Malas compañías: Bernardo Arias Trujillo

Nacido en Manzanares, Caldas, en 1903. Escritor precoz: novelista, ensayista, poeta y traductor. Sólo en 1924, con 21 años, publicó las novelas cortas Luz, Cuando cantan los cisnes y Muchacha sentimental. Su novela Risaralda es ya un clásico de la literatura caldense. En estética, defensor de la inutilidad de la obra de arte pregonada por su maestro Óscar Wilde, de quien tradujo La Balada de la cárcel de Reading, incluyendo una ácida crítica a la traducción que del mismo poema hizo Guillermo Valencia, lo cual suscitó una polémica de resonancia nacional. En esta nota, Arias Trujillo remató de la siguiente manera: “merece más la horca don Guillermo Valencia por haber adulterado tan criminalmente la ‘Balada’ de Wilde, que el propio soldado Carlos T. Wooldridge ajusticiado en Reading”. De vida bohemia y libertina, escandalizó a la conservadora sociedad manizaleña de primera mitad de siglo, no sin cierto placer. Uno de sus poemas más populares es Roby Nelson, que reproducimos a continuación. Este poema, que cuenta una historia íntima ambientada en un bar de Buenos Aires, probablemente fue urdido mientras Arias Trujillo trabajaba como secretario en la embajada de Colombia en Argentina. De esa época es también su novela Por los caminos de Sodoma, publicada en Buenos Aires con el seudónimo de Sir Edgar Dixon. En la capital Argentina se hizo amigo de Federico García Lorca. Por su vida y por algunos aspectos de su obra, es quizás el escritor maldito de mayor renombre en la literatura caldense. Por esas bromas del destino, la calle que en su ciudad natal lleva su nombre, es también la ubicación de un prestigioso colegio de monjas. Se suicidó a la edad de 34 años en Manizales, con una sobredosis de morfina, el 4 de Marzo de 1939. Su amigo y médico, Jaime Robledo Uribe, quien lo atendió en la agonía, escribió lo siguiente: “Arias Trujillo se fue por la borda. El golpe lo dio con morfina en una dosis tan maciza que cuando el médico llegó no había posibilidad de hacer nada. Ya había puesto los dos pies en los estribos de la muerte […] su complejo sexual lo estaba llevando a crueles ángulos de misantropía, por su lado, y de aislamiento, por parte de la sociedad. No le valieron ni consejos, ni súplicas, ni efectivas ayudas morales y materiales. Todo lo veía con criterio de náufrago”. Según el crítico Hernando Salazar Patiño, el suicidio de Bernardo Arias es “la mayor frustración intelectual de la historia de Caldas”.

Roby Nelson

Lo conocí una noche estando yo borracho
de copas de champaña y sorbos de heroína;
era un pobre pilluelo, era un lindo muchacho
del hampa libertina.
Ardía Buenos Aires en danza de faroles;
sobre el espejo móvil del Río de la Plata
fosforecían las barcas como pequeños soles
o pupilas de ágata.
En el asfalto móvil de la amplia costanera
el arrabal volcaba sus luces de colores:
poetas, pederastas, muchachas milongueras,
apaches, morfinómanos, artistas y pintores.
Los pecados ladraban como perros sin dueño
entre la bulliciosa cosmópolis del bar;
los marinos iban en góndolas de ensueño
sobre las aguas líricas del mar.
En un ángulo turbio miro desde mi mesa
a un pálido chiquillo que sonríe y me mira
y a través de las gotas rubias de la cerveza
mi lujuria conspira.
Tiene catorce años y en sus hondas pupilas
cercadas por paréntesis lívidos de violeta,
ojeras prematuras del vicio, ojeras lilas
de onanista o asceta.
¿Quién eres tú? –le dije,
rozando sus cabellos ondulantes de eslavo.
¡Yo! soy un niño triste…
Roby Nelson me llamo.
Roby Nelson… lindo nombre de golosina,
nombre que suena a dulces tonadas de ocarina,
nombre que tiene dóciles inflexiones de amor
y una delicadeza enfermiza de flor.
Y pienso: Este muchacho
es un retoño de hombre que errará por el mundo,
en sus pupilas grises hay un dolor profundo,
es hijo de inmigrantes venidos de lejanos países
y en su cuerpo errabundo
se ha cruzado la sangre de dos razas tristes.
Se llama Roby Nelson, flor del barrio,
que va de muelle en muelle, de vapor en vapor,
este chico vicioso de cabellos de eslavo
vende cocaína y amor.
Es hijo de la noche y huésped del suburbio,
hoja de Buenos Aires que el viento arrebató,
desperdicio del vicio, pobre pétalo turbio
que un arroyo se llevó.
Tal vez en un hospicio su cuna se meció
y es hijo de prostituta y de ladrón.
¿Quieres estar conmigo esta noche pilluelo?
Y sus ojos piratas me dijeron que sí
Mi sangre trepidaba entre llamas de anhelo
y naufragué en un tibio frenesí.
Besé entonces los lirios ignotos de sus manos,
la fresa de su boca congelada de frío;
nos fuimos vagabundos por los diques lejanos
y en esa noche griega fue sabiamente mío.
¿Qué quiere usted que hagamos?
Me dice con la gracia de una odalisca rusa;
y se quita la blusa, se desnuda
y me ofrece su cuerpo como si fuese un ramo.
Desnudo entre los rojos cojines y las sedas
sobre la cama asiática me brinda sus primicias;
sus manos galopaban en pos de mis monedas,
las mías galopaban en pos de sus caricias.
Y besando su cuerpo de palidez divina
que tenía la eucarística anemia de las rosas
le dije tembloroso en un dulce clamor:
Te pido solamente que me vendas dos cosas:
un gramo de heroína y dos gramos de amor.
¡Roby Nelson! ¿Dónde estarás ahora?,
¿Nueva York, Río de Janeiro, Filipinas, Balsora,
Panamá, Liverpool?
¿Dónde estás Roby Nelson de cabellos de eslavo
con tus hondas ojeras, tu chaqueta de esclavo
y tu raída gorra azul?
¿Por qué turbios caminos empañados de ausencia
van tus zapatos viejos robados a Chaplín?
Quizá la droga trágica que embriaga de demencia
como una diosa pálida amortajó tu esplín.
Muchachito bohemio, príncipe de tus vicios,
exquisito y perverso, frágil como una flor.
En mis noches paganas de crisis voluptuosas,
en los hondos naufragios de mi fe y mi dolor,
te pido como antes que me vendas dos cosas:
un gramo de heroína y dos gramos de amor.

Buscando salvación en ellas: Óscar Jurado

Anoche Manizales volvió a ser autoconscientemente un pueblo, una aldea. Todo el tiempo lo es, pero parece como si nos diera vergüenza reconocerlo. Pues bien, anoche, en el teatro Los Fundadores, concierto incluido, se le rindió homenaje al poeta local Óscar Jurado, en la presentación del libro Retrato de un desconocido, editado por hoyos editores con el patrocinio de la Alcaldía de Manizales. Y el pueblo, como en esa canción lacrimógena (“el poeta, el loco, el más bohemio y aventureroooó, tuvo la suerte un día, que todo un pueblo cantoooó sus veeersooos”), se levantó y aplaudió al poeta. Y el poeta leyó, y la gente volvió a aplaudir. Aquí dejamos el poema con el que abrió el recital:

Convocatoria

Las convoco a todas, las convoco.
Las suaves, las tiernas, las violentas,
las sensuales, las huidizas, las obscenas.
A todas las llamo, las requiero.
Las zafias, las solemnes,
las francas cara a cara, frente a frente,
las mentirosas, las hipócritas.
A todas las necesito,
las descaradas, las brutales,
las silenciadas, las borradas,
las que derraman su grosera saliva en los oídos,
las que nos pisan los talones
como perversos violadores,
las usadas y las requeteusadas,
las ultrajadas.
Todas me sirven, a ninguna desdeño.
Las arrulladoras, las sumisas, las esquivas,
las que perseguimos inútilmente cada noche,
las que se nos escapan cuando creemos poseerlas,
las aparentemente vírgenes
por falta de uso
y las prostituidas por abuso.
A las que nos ponen al borde del abismo,
a las que el solo acto de nombrarlas
enciende en la memoria el llanto de un recién nacido
o el último suspiro de un agonizante.
A todas las convoco, a todas.
Las que nos atacan a mansalva,
las que se meten en nuestra cama
y nos violan en la mitad del sueño,
las desencadenadoras de desastres,
las que encubren
y las que desenmascaran,
A todas las convoco, a todas,
las palabras,
porque la poesía es libertina.

martes, 27 de noviembre de 2007

La culpa es del cerebro: Oliver Sacks

Una mirada atenta a los relatos (o reportes clínicos, o lo que sea que fueren) del neurólogo Oliver Sacks podría mostrarles a los filósofos que, después de todo, las extravagantes posibilidades que ellos imaginan, ocurren a veces (y con una frecuencia que resulta aterradora). Sacks describe, opina, filosofa, y todo en una prosa limpia. Comentando el caso de un marinero que quedó anclado en el pasado, en la época de sus 19 años (incapaz de recordar nada después de eso), Sacks dice que las únicas ocasiones en las cuales el paciente parecía recobrar su alma era cuando oraba u oía música. Luego presenta una de sus reflexiones típicas:

«La primera vez que le vi me pregunté si no estaría condenado a una especie de agitación carente de sentido sobre la superficie de la vida, y si habría alguna forma de trascender la incoherencia de su enfermedad. La ciencia empírica me decía que no, pero la ciencia empírica no tiene en cuenta al alma. Quizás en la demencia o en otras catástrofes similares persiste la posibilidad sin merma de reintegración por el arte, por la comunión, por la posibilidad de estimular el espíritu humano».


Uno de los mejores capítulos es el que cuenta la historia de un pabellón de afásicos, quienes, debido a sus problemas para la comunicación normal, desarrollan una percepción de los tonos de la voz y los gestos de la gente que los hace casi inmunes al engaño. El capítulo comienza con lo siguiente: “¿Qué pasaba? Carcajadas estruendosas en el pabellón de afasia, precisamente cuando transmitían [en la T.V.] el discurso del presidente”.


Oliver Sacks, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Anagrama, 1997.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Malcolm Lowry: The only hope is the next drink

No es una casualidad que el primer epígrafe de Bajo el volcán sea una cita de Sófocles. La visión de Lowry es trágica y borracha. Casi todo lo ve como una lucha, una fatalidad. Hasta el cruce de una bandada de pájaros: “Del sureste surgían parvadas que se amontonaban: pájaros feos, negros, pequeños, y sin embargo, demasiado largos, semejantes a insectos monstruosos, parecidos a los cuervos, de torpes colas largas y vuelo ondulante, enérgico y laborioso. Fustigando con su vuelo la hora crepuscular, retornaban febrilmente, como cada atardecer, a refugiarse en la espesura de los fresnos del zócalo, los cuales, hasta que cayera la noche, resonarían con sus chillidos estridentes, incesantes y mecánicos”. Hay un pasaje de Bajo el volcán en el cual el Cónsul intenta llegar a alguna parte, atravesando un camino que la borrachera hace casi interminable (“de súbito, la calle Nicaragua se alzó hasta su frente”). Ahí está la clave de la tragedia lowryana: la vida es como una borrachera profunda que hace imposible percibir los motivos y las posibilidades de salvación. La propia vida de Lowry, o por lo menos su propia percepción, queda ejemplarmente resumida en lo que le dice el doctor Díaz Vigil a Laruelle: “…¡pobre de su amigo! ¡Gastar su dinero en la tierra en esas tragedias continuas!”. Una visión del Cónsul:

«De golpe las vio, las botellas de aguardiente, anís, jerez, Highland Queen, los vasos, una babel de vasos –hacia arriba, como ese día el humo del tren— subidos hasta el cielo y cayendo luego, los vasos quebrados, los vasos volcados cuesta abajo por los jardines del Generalife, las botellas rotas, botellas de oporto, tinto, blanco, botellas de Pernod, Oxygenée, ajenjo, botellas destrozadas, botellas descartadas que caen sordamente en parques, debajo de bancos, de camas, de sillas de teatro, escondidas en los escritorios de los consulados, botellas de calvados soltadas y quebradas, o vueltas trizas, arrojadas en los basureros, lanzadas al mar, al Mediterráneo, al Caspio, al Caribe, botellas flotando en el océano, escoceses muertos en las colinas del Atlántico –y ahora las veía todas, las olía todas, desde el comienzo mismo— botellas, botellas, botellas y vasos, vasos, vasos, de bitter, Dubonnet, Falstaff, Rye, Johnny Walker, Vieux Whiskey Blanc Canadien, los aperitivos, los digestivos, los medios, los dobles, el noch ein Herr Obers, el et Glas Araks, las botellas, las botellas, las hermosas botellas de tequila y las calabazas, calabazas, los millones de calabazas de hermoso mescal…»

En esa metafísica de la borrachera, se pasa de un infierno a otro: de la rasca al guayabo. Y se nos da un consuelo, pobre como todos los consuelos: “You are not the first man to have the shakes, the wheels, the horrors… You are not the first man to be caught lying, nor to be told that you are dying”.

Es fácil dictaminar el parecido entre el Cónsul y el propio Lowry (al fin y al cabo, ambos vivieron y murieron borrachos). Pero Douglas Day nos advierte en su biografía de Lowry:

«A veces es difícil hacerlo, pero es esencial retener en la mente que Lowry era, antes que nada, un comediante que dominaba la sobreactuación. Debemos tener presente la advertencia de Conrad Aiken para que los aspectos trágicos de Lowry no nos engañen: “toda su vida fue una broma: nunca hubo un bufón shakespeariano más alegre. Éste es un hecho que pienso debemos recordar cuando todos dicen: ¡Qué Melancolía, qué Desesperación, qué Enigmas! Absurdo. Fue el más feliz de los hombres”. Por otra parte, también necesitamos tener ante nosotros la innegable evidencia de que era un alcohólico de proporciones gargantuescas».

Day finaliza su sentencia con las siguientes palabras:

«Quienes no se interesan por la narrativa visionaria pueden no estar de acuerdo en que Lowry era un genio literario. Quisiera sugerir finalmente que, dejando a un lado las consideraciones sobre su obra, Malcolm Lowry fue también otro tipo muy distinto de genio: el verdadero inocente, el Bufón de Dios, el hombre que quiere simplemente y con todo el corazón ser bueno. No intento sugerir que haya sido un santo. En absoluto: cuando estaba en sus períodos depresivos, podía ser cruel, incluso peligroso. Ni que era un simple tonto: porque su inteligencia era elevada y sutil. Ni un eterno bufón: porque podía ser soberbio, incluso sutil. Quiero decir que fue un hombre de simple y acrítica buena voluntad… Fue, hay que recordarlo, un hombre encantador, a pesar de (o quizá a causa de) sus muchos defectos. Hoy en día sus amigos hablan de él como si aún estuviese con ellos, riendo y conversando sin parar. Podía inspirar el afecto y la lealtad más maravillosas en casi todos los que lo conocían. Viejos duros e irascibles sonríen al recordarlo. Las madres, amigas y esposas de sus amigos se preocuparon por él como si fuese uno de los suyos. Harvey Burt conoció, como todos, los muchos defectos exasperantes de Lowry, y no toleraría la romántica mitificación; sin embargo, sobre la repisa de su chimenea en Dollarton está el ukelele de Lowry y la pluma de águila que una vez le dio Jimmie Craige. Y tenemos que recordar la voz anónima del bar, que dice de Lowry “me basta ver a este cabrón un instante para andar contento cinco días. Y no exagero”.
Pienso que casi todos nosotros estaríamos muy orgullosos de ser la clase de persona de quien pueda decirse eso».


Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía, Fondo de Cultura Económica, 2001.

viernes, 23 de noviembre de 2007

El mejor novelista de la cuadra

Es una broma vieja eso de clasificar a los escritores en grupos. A Onetti lo presentan como uno de los del Boom, o de la “promoción del Realismo mágico”. Contaba Héctor Rojas Erazo que, en un congreso de escritores latinoamericanos en España, los pusieron a disertar sobre la importancia de sus obras en el contexto latinoamericano. Después de que varios habían ocupado decenas de minutos (me imagino a Vargas Llosa –a propósito, una vez una periodista bisoña, aterrada por el aspecto del viejo Onetti, le preguntó por qué no tenía dientes, y el anciano contestó: “No. Yo sí tengo, lo que pasa es que se los presté a Vargas Llosa”), Onetti dijo, cuando le tocó el turno: “yo en Montevideo soy el mejor novelista de la cuadra”. Su credo se resume en las siguientes palabras: “Cuando un escritor es algo más que un aficionado, cuando pide a la literatura algo más que los elogios de honrados ciudadanos que son sus amigos […] podrá verse obligado por la vida a hacer cualquier clase de cosa, pero seguirá escribiendo […] Escribirá porque sí, porque no tendrá más remedio que hacerlo, porque es su vicio, su pasión y su desgracia”.

Particularmente magistral en el retrato y la adjetivación. Una muestra de lo primero: “Era, y para siempre, diez años más viejo que yo; tenía la nariz larga, los ojos sin sosiego, una boca fina y torcida de ladrón, de tramposo, de adicto a la mentira, un cutis protegido del sol desde la pubertad, una blancura conservada en la sombra del chambergo. Pero encima de todo esto, como un abrigo permanente, hacía flotar la tristeza, la desgracia, la mala suerte encarnizada. Era pequeño, frágil, con bigotes caídos y suaves”. Y de lo segundo (con un sustantivo, pero sin la barbaridad propia de las academias): “Sonriendo propicio se esforzó en recordar a Medina, en verlo burlarse y desconfiar, en ayudarlo a estar vivo y policía”. Entonces recuerda uno que la palabra ‘maestro’ todavía tiene sentido.

No existe nadie, no hay a quien perdonar: Derek Parfit

Este difícil libro busca, entre otras cosas, construir una visión de nosotros mismos en la cual somos más parecidos a los montones de arena que a las almas inmortales que ciertas tradiciones religiosas nos dicen que somos. La tesis de Parfit es que, desde el punto de vista metafísico, no hay una diferencia sustancial entre una persona y un hatajo azaroso de recuerdos, dolores y alegrías. En un pasaje en el que compara su posición con la del budismo, hace la siguiente cita de un escrito de Vatsiputriya:

…Aquí no hay ningún ser humano que se pueda encontrar.
Porque está vacío y simplemente fabricado como una muñeca,
Nada más que sufrimiento apilado como hierba y leña.

Una de las conclusiones sorprendentes del análisis de Parfit es que hay casos en los cuales no existe una respuesta objetivamente correcta a la pregunta de si soy la misma persona que un ser humano pasado o futuro. En otras palabras, no en todas las situaciones resulta verdadero que Ud. existe o que no existe. Aún más, la teoría de Parfit implica que uno puede morir incluso antes de que su cuerpo muera. ¿Qué puede importar todo esto? A pesar de que Parfit adelanta su propia teoría, creo que la mejor respuesta está en una de las citas que hace de Solzhenitsyn: “Innokenty sintió lástima de ella y aceptó venir… Sintió lástima, no por la esposa con la que vivía, sino por la muchacha rubia de los tirabuzones cayéndole sobre los hombros, la muchacha que había conocido en el décimo curso”. Parfit comenta: “el objeto de nuestras emociones puede que no sea otra persona intemporalmente considerada, sino otra persona durante un período de su vida”.

Derek Parfit, Razones y personas, Editorial Antonio Machado, 2005.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

No tenemos perdón: Schopenhauer

Gracias a un tirón de orejas de un comentarista anónimo en la entrada anterior, hemos recapacitado y no vamos a ventilar más nuestras diferencias de borrachos en el blog. Aquí va, pues, una selección de vitriolo del maestro Schopenhauer.

Sobre la Academia Danesa de las Ciencias

Si la finalidad de las academias consistiera en reprimir la verdad, en enterrar por todos los medios la inteligencia y el talento y en sostener decididamente la fama de los charlatanes y vendedores de humo, en tal caso nuestra Academia Danesa habría cumplido su cometido a la perfección [al negarle a Schopenhauer la concesión de un premio de ensayo].


Sobre el estilo abstracto

Otra característica de los filósofos y ensayistas posteriores a Kant es que siempre que pueden eligen la expresión más abstracta, mientras que las personas de talento eligen en cambio la más concreta, porque ésta hace más intuitiva la cosa, y la intuición es la fuente de toda evidencia. La razón de esa forma de proceder es que las expresiones abstractas indeterminadas siempre dejan abierta alguna puerta trasera, cosa que mucho le gusta a aquellos a quienes la tácita conciencia de su incapacidad les infunde un constante temor a todas las expresiones decididas.

Nada es más fácil que escribir de manera que no haya quien lo entienda, al igual que nada es más difícil que expresar pensamientos de peso de modo tal que nadie pueda decir que no los entiende. Lo ininteligible está emparentado con la carencia de inteligencia y, en todo caso, es infinitamente más probable que esconda una mistificación que un pensamiento muy profundo.


Sobre Hegel

Lo razonable habría sido no prestar la menor atención a lo que esta gente, con el solo propósito de aparentar, ha traído al mercado. A no ser que los libracos de Hegel se declarasen de utilidad médica, en cuyo caso se dispensarían en las farmacias para administrarse como vomitivo, dadas las características náuseas que producen.

Si uno, animado por la deplorable condición de la época, es lo suficientemente caradura, se atreverá a hacer manifestaciones del siguiente tipo: "No es difícil comprender que el procedimiento consistente en presentar un enunciado, exponer razones en su favor y refutar --también mediante razones-- su contrario, no es la forma en que la verdad puede salir a la luz. La verdad es su propio movimiento en sí mismo", etc. (Hegel, Prólogo a la Fenomenología del espíritu). Por mi parte, creo que no es difícil comprender que quien dice tales cosas es un desvergonzado charlatán que busca deslumbrar a los idiotas y que se ha dado cuenta de que los alemanes del siglo XIX son su público.

Quisiera aconsejar a mis sagaces compatriotas que, si en alguna ocasión volviesen a albergar el deseo de cantar durante treinta años como una mente superior a una cabeza del montón, no elijan encima para ello una fisonomía de tabernero, como era la de Hegel, en cuyo rostro la naturaleza escribió con la más clara de sus letras su por otra parte tan frecuente inscripción: "Hombre vulgar".

Tomados de Schopenhauer, A., El arte de insultar, edición de Javier Fernández Retenaga y José Mardomingo, Biblioteca Edaf, 5a. edición, 2005.

Lo voy a perdonar

Don Pablo R. acaba de romper una de nuestras reglas del blog, y es que sin importar la barbaridad que digamos los dos firmamos como autores. Pero con el comentario El descubrimiento del agua tibia, nuestro querido amigo debió recular debido a que él aprobó la publicación del mencionado libro en la U. de Caldas. Así que lo perdono.

Carlos A.

viernes, 16 de noviembre de 2007

El descubrimiento del agua tibia

Un maravilloso libro llamado Conflictos morales y derechos humanos en Colombia (Centro Editorial de la Universidad de Caldas, 2007) nos da una clara ilustración de cómo se puede regar tinta a dos manos sin decir absolutamente nada. El autor, Carlos Eduardo Rojas Rojas, sociólogo y magíster en filosofía, es docente de la Universidad de Caldas. He aquí su perla:

Un criterio para distinguir lo correcto e incorrecto
La descripción de las concepciones morales de los sectores directamente involucrados en la llamada limpieza social me permitió esclarecer que es posible esgrimir argumentos a favor y en contra de cada una de ellas hasta el punto de llegar a la situación de no poder establecer claramente qué es lo bueno y qué lo malo, pues todo depende del ángulo desde dónde se le mire (página 93).

Más allá del perdón: Thomas Hobbes

Si uno no sabe nada de historia de las ideas, ni de historia de ninguna clase, no importa. El libro se deja leer mejor que muchas obras contemporáneas de cualquier disciplina. Se puede leer incluso con más agrado que muchas novelas. Hobbes es un pensador en todo el sentido clásico de la palabra: dice cosas interesantes y legibles en filosofía, física, política, sociología, antropología y un largo etcétera. Hay pasajes que parecen de lexicógrafo; otros de la mejor literatura. Hay capítulos que parecen escritos por Jack London o Rudyard Kipling; y otros que recuerdan la minuciosidad de Aristóteles o el vuelo especulativo de Platón. Una summa del horror, el orden, la bestialidad, el caos; de lo peor y lo mejor de la naturaleza humana. Las cualidades de Hobbes como escritor son casi todas: claro, penetrante, conminatorio, original y, cosa rara en un filósofo, una maestría difícil de alcanzar en la colocación de adjetivos. Sólo conozco unos cuantos casos comparables: Faulkner, Onetti y García Márquez. Estos tres son maestros reconocidos en la utilización de tríadas. Pues bien, échele una mirada a este cuarteto de Hobbes: “Y la vida del hombre es solitaria, corta, brutal y miserable”. A los amantes del escarnio les recuerdo que el libro fue prohibido y quemado; a los recatados, que es un pilar del pensamiento conservador. No me imagino qué más puede pedírsele a un libro.

Perdónanos, Oh señor: David Bronstein

El 5 de diciembre de 2006 falleció en Minsk, Bielorrusia. Nació el 19 de febrero de 1924 en Bila Tserkva (Ucrania). Probablemente el jugador más imaginativo del siglo XX. Es el único que llegó a demorarse más de 50 minutos para realizar apenas el primer movimiento. A este respecto, dijo en una entrevista: “Usted habrá visto que a menudo pienso durante 15 o 20 minutos antes de efectuar la primera jugada. Quizá el público se pregunte cómo es posible, cuál es la razón... Y la única razón es que así es como yo juego... como un pintor trabajando en su cuadro. Así trabajo y así creo”.

En 1950 disputó el campeonato mundial con el entonces campeón Mikhail Botvinnik, el jugador del régimen comunista, el favorito de Stalin. En esa época, el juego estaba dominado por la concepción de Botvinnik, para quien lo más importante era el elemento científico del ajedrez. El riesgo, las aventuras peligrosas, el romanticismo, todo lo que había encumbrado al noble juego, había sido casi excluido bajo el imperio de Botvinnik. Pero Bronstein era distinto: hacía jugadas dudosas incluso en la apertura, buscaba los caminos más retorcidos y no siempre claros… y aún así ganaba. En una partida con Botvinnik llegó a perder una torre entera en la apertura, y aún así alcanzó a empatar.

Esa rebeldía también se reflejaba en su vida: su padre estaba preso en un campo de concentración y él mismo nunca quiso pertenecer al partido comunista, lo cual le habría ahorrado muchos problemas. Así que, según cuentan los rumores, las autoridades soviéticas lo obligaron a perder o, por lo menos, a no ganarle al campeón mundial. Fue así como, a pesar de que iba ganando el encuentro, en la penúltima partida perdió en una posición francamente favorable. El encuentro, entonces, quedó empatado y, según las reglas, Botvinnik retuvo la corona. Pero a Bronstein no le importó: logró recuperar a su padre y, lo más importante desde el punto de vista artístico, demostró que era posible jugar de una manera distinta, más bella, más imaginativa. Un dirigente del ajedrez argentino cuenta que en 1966 en Buenos Aires, cuando Bobby Fischer lloraba en el hotel después de perder una partida con Spassky, Bronstein se acercó y le dijo: “Oye, ellos me obligaron a perder el campeonato mundial, y no lloré”. A pesar de no haber sido campeón oficial del mundo, es uno de los jugadores más populares del siglo XX. Por eso, Garry Kasparov escribió sobre él: “Sus mejores partidas permanecen en la memoria de varias generaciones, y ¿qué mejor recompensa puede esperar un jugador de ajedrez?”

Su concepción del juego se acerca más a la religión que a la ciencia: “Hace cuatro décadas que asisto al Templo del Arte ajedrecista, toco piadosamente el peón del rey blanco y lo envío con una oración a explorar el terreno contrario”. Esa forma de ver el juego se refleja perfectamente en sus libros, de los cuales quizás el más importante sea “El aprendiz de brujo”: una obra en la que se ve con claridad por qué una gran partida es como una gran obra musical; por qué el ajedrez, como la música, es, como dice un personaje de una novela de Stefan Zweig, “un pensamiento que no conduce a nada, una matemática que no calcula nada, un arte sin obras, una arquitectura sin materia”. Cada vieja y bella partida de ajedrez, como cada fuga o cada sinfonía, sólo puede ser contemplada por nosotros, los profanos, cuando se ejecuta de nuevo.

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* Stefan Zweig, El jugador de ajedrez. Novela disponible en: http://www.metajedrez.com.ar/zweig.htm (hice algunos arreglos a la traducción).
Foto: de izquierda a derecha: Bronstein, Paul Keres y Mikhail Botvinnik.

sábado, 10 de noviembre de 2007

La solución final, por Ignatius Reilly

Hace unas semanas, el amigo Franco nos recordó la inigualable novela de Kennedy Toole. Ahora nosotros, que pensamos que el mundo necesita ideas nuevas, sobre todo para acabar de una vez por todas con las malditas matanzas, les presentamos la propuesta de Ignatius Reilly, que encontramos inmejorable. Reilly idea una conspiración anal para lograr la paz en el mundo. La idea de Reilly es que los homosexuales se unan en un partido político internacional, y vayan ingresando disimuladamente a los ejércitos y parlamentos del mundo. Luego de lo cual, no habrá más guerras ni conflictos internacionales, ya que dirigentes y soldados se estarán dando por el culo mutuamente. Pero no en el sentido metafórico, sino en el literal. Ignatius escribe lo siguiente cuando está fraguando esta conspiración:
*
Nuestro primer paso será elegir a uno de ellos para un cargo muy elevado: la Presidencia… Luego habrán de infiltrarse entre los militares. Como soldados, estarán todos tan continuamente consagrados a confraternizar entre sí, confeccionándose los uniformes de tal modo que se ajusten como tripas de salchicha, inventando trajes de combate nuevos y variados, dando fiestas y cocteles, etc., que no tendrán nunca tiempo de combatir… Al ver los éxitos que obtienen aquí sus camaradas uniformados, los pervertidos del resto del mundo también se agruparán para controlar los estamentos militares de sus respectivos países. En aquellos países reaccionarios en que los invertidos puedan tener problemas para hacerse con el control, les enviaremos ayuda, les enviaremos rebeldes que les ayuden a derribar sus gobiernos. Cuando hayamos derribado al fin todos los gobiernos existentes, el mundo no tendrá ya guerras sino orgías globales realizadas con todo protocolo y con un espíritu verdaderamente internacional, pues estas gentes superan las simples diferencias nacionales. Su inteligencia sólo tiene un objetivo; están verdaderamente unidos. Piensan como uno solo.

Tomado de John Kennedy Toole, La conjura de los necios, Círculo de lectores, 1984.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Conciencia

Usted se concentra en lo que le está pasando, que le parece lo mejor que le ha ocurrido en toda la vida. Se concentra porque quiere recordar cada detalle, cada sonido, o cada matiz del color de la piel de ella, por ejemplo. Y no tiene que ser sólo el amor, también pasa con eso que llamamos comunión, que surge con la camaradería, o un efímero juego de equipo –un partido de potrero—, o una música. Y entonces pasa: los detalles más intensos sólo se quedan un tiempo muy corto, y cuando usted, uno, cinco o veinte años después intenta recuperarlos, sólo tiene un borroso registro –como un LP mal ciudado de 1920 con dizque una de las mejores canciones del mundo, y sólo se oye el ruido como de fritanga al fondo y, de vez en vez, la mejor canción del mundo logra abrirse paso, mientras su tío o su papá alzan las manos y van cantando pedacitos—. Y entonces ese amor adolescente que a usted le pareció como un encuentro entre los únicos hombre y mujer sobrevivientes de una hecatombe atómica, parece ahora tan ajeno a usted como el beso de los muchachos en la puerta del vecino; y aquel machetazo que recibió en una mañana juvenil de mucho trago, y que en aquel entonces lo hizo sentirse como el protagonista de una de esas películas épicas con miles de extras, le parece ahora como el gesto ridículo de quien, sin estar en una guerra defendiendo un ideal noble ni nada por el estilo, se prende a machetazo limpio con otro imbécil de la misma laya, y en plena época del revólver o la pistola. Pero en medio de esa bruma de la memoria, por un instante sublime, el recuerdo logra abrirse paso, como en esas ocasiones en que uno percibe un olor inigualable y, en menos de un segundo, ya no está, y nunca vuelve a estar. Albert Camus escribió al final de La peste: “lo único que le queda al hombre es el conocimiento y el recuerdo”. Con perdón, hay que hacer un par de correcciones: “lo único que le queda al hombre es la ignorancia y el rastro de un recuerdo”.

martes, 6 de noviembre de 2007

Perdón otra vez: Camilo Jiménez

Nunca nos imaginamos que un paisa sobreviviente en Bogotá (paisa de verdad, de Medellín) pudiera escribir el más grande poema inspirado en El Caballero Gaucho. Pero así es la vida. Aquí va pues, aunque no tenemos la autorización para publicarlo y, para completar, salió como un comentario en el blog de la flaca y malvada, a quien amamos hasta los huesos, que hablarán por mí.

Las voz delgadita y en falsete del Caballero, ay. Los ojos cerrados y el ceño fruncido del tipo de bigote, botas y mano gorda agarrando la copa, ay. El que tiene la cabeza sobre la mesa desde hace horas la levanta y tumba una de las 30 botellas de cerveza que tiene al lado, ay.Huele a orines. Aquellos están que se fajan a machete.

domingo, 4 de noviembre de 2007

El Dr. Calle por Pablo R.







Hace poco cuando publiqué algunas fotos de la presentación del libro Gol. Cuentos de fútbol en mi Facebook, un amigo que vive ahora en los Estados Unidos y enseña literatura y español en la Universidad de Texas, me escribió lo siguiente: “Claro que reconocí a Daniel. Y lo lindo que era el nene y lo bonito que cantaba y lo serio que aparece en la foto, es de no creer. Uno de los viejos sí lo reconozco porque recuerdo haberlo visto muchas veces en Palabras y creo que es o era profesor de derecho. Del otro no me acuerdo, quizás nunca lo conocí”. Daniel es mi hermano, a quien le dediqué mi cuento en el volumen y aparece en una de las fotos, en el medio de don Efraim y yo (Palabras es una librería de Manizales). Pero lo que quiero resaltar es la referencia a “uno de los viejos”, quien es obviamente el Dr. José Fernando Calle, una presencia tutelar en las vidas de muchos de nosotros. (Aquí y entre paréntesis y entre nosotros: me compré un Simth & Wesson calibre 38, recortado, y lo cargaba en el tobillo. El sábado me dio por pegarme un tiro, pero antes redacté una misiva lacrimógena de despedida. Cuando mandé la mano al tobillo, nada de revólver: boté el hijueputa. El Dr. Calle, sin embargo, desconocedor del desaguisado, me escribió una hermosa carta regañándome por esa estúpida decisión). Sí, ha sido una presencia tutelar, no real del todo, como en una de las fotos, en la que, al lado de don Efraim, el Dr. Calle apenas mira alelado, como lo ve todo. Es el escritor más interesante que he conocido personalmente –y he conocido un viajao. Tanto más meritorio cuanto que casi no escribe. Habla bajo, como en voz con sordina, y escribe menos de lo que conversa. Como un perfume imposiblemente perfecto, sus notas en el Boletín de Libélula libros son la destilación de una voz, de una mirada esencialmente literaria. Es la única persona que conozco que exhala literatura sin ser chocante. La única en la que literatura y vida son una misma cosa. Y sin más preámbulos, aquí va el cuento que condescendió a publicar en Gol. Verán, pues, que me quedé corto.


Un cuento sobre fútbol

Habría podido hacer algunas averiguaciones; hoy en día es muy sencillo: basta poner un nombre en un aparato y sale más información de la precisa. El nombre sería: Montanini, y ahí mismo sabría el año etcétera. Pero no se trata de un informe para complacer a los periodistas del jurado, sino del relato de un suceso: que eso es un cuento. Y al cuento conviene, también habrá escrito Borges, la inexactitud de la memoria.

Montanini era un jugador de fútbol; vino (según creo) de la Argentina a jugar para el Bucaramanga. Iba a poner que su nombre de pila: Américo rimaba con Atlético, que era el primero del Bucaramanga; pero no tiene gracia. La gracia de Montanini era que había inventado, mejor dicho: confeccionado, una suerte que los Carlosantoniovélez de entonces llamaron: “la bordadora”. Consistía en unos pases exactos en zigzag, a muy corta distancia, que iban componiendo un verdadero bordado.

El Bucaramanga iba ese domingo a Pereira, al estadio Mora Mora; el partido no era gran cosa: no sería delicado poner que ni uno ni otro equipo han sido gran cosa nunca. Pero mi papá decidió que iríamos: mi hermano y yo estábamos destinados a ser su auditorio, a oírle su explicación de “la bordadora”. Y como, para apreciar el prodigio, debíamos estar bien arriba compró boletas de preferencia. Valía la pena el gasto: si teníamos suerte, íbamos a contemplar el arte efímero en una jugada.

Y sucedió. Sobre la hierba del Mora Mora ocurrió el milagro: dos hombres de amarillo, uno de ellos Montanini ¡claro!, se turnaban el balón y avanzaban como agujas bailarinas, burlando la defensa local. En mi recuerdo mi papá se alza para siempre y para siempre nos lo señala. Y también para siempre advierte que, desentendido del suceso extraordinario: de espaldas a la cancha, mi hermano atisba hacia afuera por entre los ladrillos.