lunes, 21 de enero de 2008

Carlos Villafañe

En las notas al margen de la historia oficial de la literatura colombiana, debe reservarse un espacio para Villafañe, nacido en Roldanillo, Valle, en 1881. Poeta romántico y a veces muy meloso, como su amigo Julio Flórez, con quien integró (más un delicioso grupo de bebedores y versificadores, como Clímaco Soto Borda, Jorge Pombo, Julio De Francisco, Carlos Tamayo y otros) el efímero e inolvidable grupo de La Gruta Simbólica: que se reunía en Bogotá a violar el toque de queda (ley seca incluida) decretado durante la Guerra de los Mil Días.

De su poesía romántica destaca este, quizás su más popular poema:

La vía dolorosa

Yo mismo la enterré, yo mismo un día
cerré sus ojos a la luz terrena
y enjugué de su frente de azucena
el trágico sudor de la agonía.

Es un recuerdo blanco: todavía
la nombro en el silencio de mi pena.
Descanse en el Señor . . . si era tan buena!
Duerma en mi corazón . . . si era tan mía!

Ojos y boca y manos ilusorias
todo bajo las sábanas mortuorias
quedó como una lámpara extinguida.

Y yo de mi locura bajo el peso,
dejele el alma en el dolor de un beso
y a duras penas me quedó la vida.

Pero la huella de Villafañe (una nota al margen, quizá: una nota más bien graciosa en los espacios entre las grandilocuencias de don Guillermo Valencia o Eduardo Carranza, etc.) está más bien en sus retruécanos: unos cuantos calambures memorables, algunas de sus columnas (que publicaba con el seudónimo de Tic-Tac en Cromos y El Tiempo) y varios de sus versos de ocasión. Aquí están, por ejemplo, los ligeros, sentidos y entretenidos versos que leyó ante la tumba de su querido amigo Jorge Pombo:

Elegía íntima

Aquí estás ya sobre el terrible puente
que todos hemos de cruzar un día.
Cuatro tablas apenas –se diría,
¡que es poco espacio para tanta gente!-.

En tren expreso vas, en tren expreso,
en ese obscuro tren cuya campana,
no canta la alegría del regreso,
ni ahora, ni a la noche, ni mañana.

Árbol triste es el hombre que se cubre
de sombra infausta en el postrer desmayo:
lo fecunda la ráfaga de mayo,
lo deshoja la ráfaga de octubre.

Y aquí estás tú, cuyo mayor empeño
fue vagar con el ánima encendida,
de la vida a las cosas del ensueño,
del ensueño a las cosas de la vida.

Lejos ya vas de la baraja incierta,
cerca ya estás de buena gente amiga.
Quiera Dios que San Pedro abra la puerta
y te admita tertulia y te bendiga.

Oveja que te apartas del aprisco
adonde el eco de mi voz no llega:
mil recuerdos a Julio de Francisco
y un abrazo cordial a Eduardo Ortega.

Ya traspasan tus plantas fugitivas
este valle de lágrimas y deudas;
que tengas muy buen viento, brisas buenas,
y que no nos olvides, y que escribas.

Yo, que del mundo en el vaivén incierto,
a la vida fugaz sólo me arraigo,
te digo en las orillas del mar muerto:
adiós poeta, por allá te caigo.

He aquí un ejemplo de sus columnas:

Un pobre chorro

Cada vez que un individuo desaparece “de una manera misteriosa” empezamos a complicar en la danza a nuestro querido “monumento hidráulico” el Salto del Tequendama.

No vale que el retumbante chorro sea nuestra octava maravilla, cantada por poetas y poetisas en endecasílabos solemnes y en estancias apocalípticas, para que nos guardemos de irrespetarlo y calumniarlo.

Antaño la pluma y la mente, el magín y los nervios de los espectadores líricos —prosistas o versistas— asignaban al Salto una función inspiradora de pensamientos, símiles, metáforas y paradojas de alto voltaje y de innumerables kilowatios. El Salto era nuestra octava maravilla. (La novena, es la Compañía de Energía Eléctrica que puede electrocutar a la “horrísona” cascada en cuanto le venga en antojo). El Salto era una cosa grandiosa, kolosal, inaudita e inauvista. Inspiraba versos, discursos, improvisaciones. Con su eterno rimbombo, con su caída arcangélica y su satánico despeño exaltaba idilios amorosos, giras sentimentales y convites donjuanescos al aire libre y al aire puro. Era algo como un Padre Eterno de nuestra geografía y de nuestra hidrografía; la joya de América, la voz más estentórea de los silencios de los Andes. Era un monumento de literatura en bloque, de poesía en bruto, (vulgo, “materia prima”).

Pero los tiempos han cambiado y a la poesía y a la emoción verbalista han sucedido la ciencia y la industria, la alta tensión y la electrodinámica. Y el Salto se ha “bestializado”, su majestad el Salto ha perdido su prístina grandeza y su tradicional “hegemonía”. Y hoy tan sólo inspira cálculos científicos en la mente de los ingenieros electricistas y de los mecánicos ibídem. Hoy es únicamente “una caída de doce mil caballos”. Una cosa bestial. Una estupidez, una fatalidad dinámica al servicio de la ingeniería hidrofulminante. El Salto —nuestro Salto, nuestro solemne “Tequendama”— ha degenerado. Hoy no es más que una “caída”, menos importante, menos novelesca que la de una mujer o que la de un Ministro. La caída de una mujer es más inquietante. La segunda, porque la primera es común y corriente, obedece a una ley física: la de la caída de los cuerpos... elegantes. Un cuerpo elegante, “juncal” es, casi siempre, el cuerpo del delito. Y el delito es el de la seducción, injustamente achacado al hombre, porque no hay hombres “seductores” y sí hay, en cambio, mujeres “seductoras” que son las que “tienen la culpa” de lo sucedido y de lo que pueda seguir sucediendo.

Y para colmo de “caídas”, hace ya algún tiempo que un compatriota resolvió hacer del “Tequendama” algo así como un “Matadero público” para señoras y caballeros. Hubo un valiente que dio el vuelco —el salto mortal— y desde ese día empezó la serie. El mal ejemplo cunde y el prurito de imitación cunde mucho más.

Desde entonces quedó “El Salto” convertido en un “paracaídas”, en el mejor aparato para suprimirse y liquidar cuentas alegres y tristes con el mundo de los vivos y de los más vivos.

El suicidio hidráulico en la caída tequendámica evita detalles y contingencias que “el occiso” considera “molestos” desde que empieza a imaginar la tragedia. La eliminación es absoluta y no incomoda ni causa gastos a la familia, a la autoridad o a la asistencia cristiana. La autopsia, la novelería transeúnte, el folletín periodístico con las “fotos” respectivas y “el levantamiento del cadáver” —como si un cadáver fuera “hombre” para un “levantamiento”— todo eso, que no es poco, queda derogado con el “arrojo” en el horrendo precipicio. Dejarse caer, seguir la corriente, deslizarse, ir al fondo de la cuestión y... buenas noches.

Cuéntanse raras historias del antiguo e imponente Salto del Tequendama. Más de un presunto suicida llegose a la margen del agua despeñada; midió a ojos vistas la hondura pavorosa, el resonante abismo; puso el oído al magno tambor de la montaña, captó el redoble milenario y... alejose del monstruo en pavórico retroceso y con más miedo al abismo que a la muerte. Después, en un paraje cualquiera, aledaño al camino, rompiose la masa ence-fálica o la víscera cardiaca con el balín de una detonación Smith & Wesson.

Es instintiva en el alma humana la fobia a los abismos. El voladero a plomo, la hondonada silenciosa, el cauce profundo por donde el río discurre hacia la muerte; los puentes fluviales que cruzan los torrentes y se sustentan sobre las rocas marginales; los puentes ferroviarios de pasos marcados por los polines de la vía, todo eso nos sobrecoge y nos conturba con sugestiones abismáticas. Un aljibe es ojo diabólico que nos desvanece y aprisiona en los reflejos de su linfa profunda. Todo lo que baja de nuestro nivel nos da una sensación de hundimiento y disolución en la nada. Toda tierra removida huele a sepultura; el humo del incienso huele a elación mística, a supervivencia en lo infinito y a prolongación en la Eternidad. La oración es un mensaje radiofónico que lanzamos al silencio de lo impenetrable. Con la oración, respira el alma y suspira el corazón, elevándose y extendiéndose hasta más allá del misterio. Toda pena, toda inquietud, toda angustia se adulzuran de ilusión y se doran de esperanza con sólo que el alma suspire el más lindo y divino verso que han escuchado las centurias y los milenios: “Padre Nuestro que estás en los Cielos...!”.

Decíamos hace un momento que la literatura ha hecho daño al Tequendama. Antaño era una entidad respetable, olímpica, que internaba en nuestros tímpanos todo su marcial redoble y su milenario tableteo. Nadie se atrevía a irrespetarlo ni mucho menos a lanzarse en su caída, y más que una maravilla geográfica era un monumento de literatura rimbombante. Pero los versos y las prosas y los interrogantes y las admiraciones y los puntos suspensivos lo inflaron, lo desvanecieron —como a las mujeres— y luego entró en decadencia y los “desengañados de la vida”, los despechados del amor propio y del ajeno, le perdieron el respeto y por encima de él y en sus “barbas” se botan cada rato hacia la nada. Nuestra ilustre maravilla es hoy un mísero desnucadero, o, como ya se dijo: un matadero público, con útiles y se guarda absoluta reserva.

Es necesario aislar el Salto, cercarlo y entregar las llaves contraloras a una sociedad protectora de suicidas. Hay que decretar un impuesto prohibitivo sobre el suicidio, un impuesto ad valorem o quitar de ahí el peligroso monumento. Una potencia extranjera podría comprar esa caída con todos sus caballos y venderla por amperios y kilowatios en países “más” necesitados de caídas que el nuestro. Aquí, ya nos basta y nos sobra con la caída de dos ministros “empujadores”.

Hay que legislar sobre este delicado asunto. No es posible que el Salto continúe siendo cómplice, auxiliador y encubridor del novelesco delito de suicidio personal e intrasmisible. Además, el Salto mismo es un mal ejemplo objetivo y permanente, un loco que delinque noche y día, con gran escándalo y delante de Dios y de los hombres.

El Salto no es más que un “suicida” estruendoso y espectacular que hace diez mil años se está suicidando y que no acaba ni acabará nunca de suicidarse personalmente, a mansalva y sobre seguro contra incendio.

Es un desequilibrado, un pobre soñador de imposibles que está “cayendo” hace marras y “aun todavía” no acaba de “caer”.

Algo así como un Ministro del actual Gabinete Ejecutivo.

Revista Cromos, 28 de marzo de 1925.

Finalizamos esta nota con una de las incursiones del poeta en asuntos de economía política:

Esta cuestión tan ingrata
es preciso definirla:
el capital . . . es la plata
y el trabajo . . . conseguirla

Se nos olvidaba: por esas cosas de la vida, Villafañe murió: en Cali, El jueves 26 de noviembre de 1959 (como buen poeta del siglo XIX, murió de tuberculosis –no le alcanzó para la sífilis, porque era conservador). Ya en 1958 le habían hecho un homenaje: en el salón del Concejo Municipal de Roldanillo se dispuso un retrato del poeta, pintado por Jesús María Espinosa. Cuando al poeta se le preguntaba por esta distinción, respondía: “Me colgaron”. En el parque del hotel Alférez Real (donde Villafañe vivió los últimos años, en Cali) hay una estatua suya, muy bien sentada haciendo carrizo.

5 comentarios:

Camilo Jiménez dijo...

En los tiempos de Naturalia doña Gloria Valencia de Castaño repetía la misma plegaria todos los domingos: "lástima que la TV no sea a color". Pues bien, ahora me toca decir a mí "qué lástima que estos blogs no tengan sonido, porque hay que oír los versos de Villafañe a Pombo en la voz de nuestro querido Pablo Arango, cuando tiene un poco más de cuatro aguardientes. Es para echarse al güeco, señores, pero de la dicha.

Lucaz dijo...

Hubiera conocido al Sr. Villafañe cuando me devanaba los sesos con Smith y el -peor que Hegel- David Ricardo...sabia lección de economía muchachos. Para variar...perdonados.

Lucaz dijo...

Imperdonable que se demoren tanto para la siguente entrada....

Charliemart dijo...

Estimados amigos, buscando a Villafañe, los encontre a ustedes, perdonenme, pero tengo en mis manos Poesias, 1943, Libreria Colombiana,que hermosa poesía. Uno de los grandes. ¡¡De paso por la vida!!

Anónimo dijo...

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