lunes, 16 de marzo de 2009

Colombia: denigramos el mal


Para tocar fondo me tengo que empinar.
Joe Gould

El filósofo francés Bernard-Henry Lévy entrevistó a Carlos Castaño. El resultado es el siguiente escrito, cuya conclusión nos parece inquietante, perturbadora.


Las guerras olvidadas, 4. Colombia

Traducción por José Manuel Vidal

Carlos Castaño, alias Rambo, es el otro actor principal de esta guerra. También él, a la cabeza de un auténtico ejército, reina en los estados de Urabá, Sucre, Magdalena, Antioquia, Cesar, Córdoba, Cauca y Tolima, sobre territorios todavía más vastos, donde se le imputan crímenes horribles. No me presenté ante él como periodista. A través de diferentes canales le mandé decir que era 'un filósofo francés trabajando sobre las raíces de la violencia en Colombia'. Al cabo de varios días, recibí un telefonazo, fijándome una cita para el día siguiente en Montería, la capital de Córdoba, el estado donde tuvo lugar la matanza de Quebrada Nain. Montería. Un Toyota. Un chofer mudo. Y tres horas de malas pistas, en dirección a Tierra Alta. Finca Milenio, Finca El Tesoro... Las aldeas de Canalete, Carabatta, Santa Catalina... Estamos en el corazón de la zona de los finqueros, esos grandes propietarios que, en los años 80, fueron los que crearon estas Autodefensas de Córdoba y Urabá, que, ahora, se llaman paramilitares, el embrión del ejército de Castaño.

Estamos, si mis deducciones son buenas, en el límite sur de Córdoba y de Urabá, por donde pasa la línea del frente con las FARC. El Tomate, un pueblo con su estadio de fútbol aplastado por el calor, sus billares, su gallería para los combates de gallos. Y, de pronto, un gran portalón de madera y otro y otro. Tiendas, cabañas de colores caqui, un garaje de jeeps, una pancarta gigante: «La mística del combate integral», un tejado de caña, bajo el que están reunidos una treintena de hombres con sombreros tipo ranger, hombres blancos, algún negro, un intenso tráfico de armas que transportan de una tienda a otra y, en medio de este inmenso campamento, en el umbral de la tienda más grande, rodeado de hombres en uniforme y con armas, un pequeño personaje nervioso, muy delgado y que me dice, a guisa de presentación: "—Carlos Castaño. Entre, señor profesor". No hay ironía en su voz, sino, más bien, una consideración por aquel que él piensa que es una autoridad universitaria que viene a visitarle a la selva. "—Yo soy un campesino. Todos aquí somos campesinos". Con un gesto sencillo y casi como disculpándose, señala a los comandantes que tomaron asiento, como nosotros, alrededor de una mesa. "—Quiero decírselo inmediatamente. Lo que a mí me interesa, aquello por lo que me levanté, hace 20 años, contra las FARC, es la justicia. Soy un hombre justo". Habla rápido, muy rápido. Sin darme ocasión de plantearle preguntas. Tiene una voz juvenil que no tiene nada que ver con el uniforme, los galones, y la boina que lleva en la cabeza. "—Díselo tú, Pablo, dile que soy un hombre de justicia". Pablo, que está a mi lado, lo dice. Coloca su sombrero sobre la mesa y confirma que el señor Castaño es, en efecto, un hombre de justicia.

"—La droga, por ejemplo". Es él el que aborda, de inmediato, la cuestión de la droga. "—No quiero causarle daño a este país. Me sienta mal hacerle daño. Pero, ¿qué puedo hacer yo, si este conflicto está vinculado a la droga y si no se puede entender en absoluto si no se piensa continuamente en clave de droga?". Los comandantes opinan de nuevo. "—Pero, atención. Donde se plantea la cuestión de la justicia es en que nosotros no somos los traficantes. Le prohíbo decir que somos traficantes. Sólo estamos detrás, protegiendo los campesinos que cultivan. Porque, ¿qué se puede hacer cuando una tierra es estéril y sólo se puede cultivar eso? ¿Es que vamos a prohibirle a los paisanos que se ganen la vida?". Le observo que habla como Ríos y como las Farc. "—No. También le prohíbo que diga eso. Porque la diferencia es que nosotros, con los beneficios de la droga, hacemos el bien. El Bien. ¿Por dónde ha venido usted? ¿Por la ruta de Tierra Alta? ¡Nosotros somos la ruta de Tierra Alta! Es con el dinero de la droga con el que hemos hecho la estupenda carretera de Tierra Alta". Carlos Castaño se calienta y se embala. El sudor le cae sobre el rostro. Hace grandes gestos y despliega una energía considerable para que entienda perfectamente que es él el responsable de esta ruta y que es un hombre de Justicia. "—¿Me explico?". Claro que sí, perfectamente. "—¿Tú crees que entiende? –Sí, jefe, parece que entiende". La verdad es que cada vez le veo más excitado. Con nervios. "—La injusticia me vuelve loco, loco".

Le pongo otro ejemplo. El ELN. "–Las negociaciones con el ELN. Y esa idea de darles también a ellos una zona. ¿Cómo es posible que Pastrana, el presidente Pastrana, pueda pensar en entablar negociaciones con el ELN, que es una organización de secuestradores, asesinos y torturadores?". Le hago caer en la cuenta de que su organización practica, también ella, los atentados ciegos contra los civiles y, sobre todo, contra los sindicalistas, esta misma semana, sin ir más lejos. Se sobresalta. "—¿Atentados a ciegas nosotros? Jamás. Siempre hay una razón. Los sindicalistas, por ejemplo. Impiden trabajar a la gente. Por eso los matamos". ¿Y el jefe de los indios de Alto Sinú? ¿También impedía trabajar a la gente el pequeño jefe indio que había bajado a Tierra Alta? "—La presa, impedía el funcionamiento de la presa." ¿Y el alcalde? Me dijeron en Tierra Alta, cuando hacía la ruta de Quebrada Nain que, justo antes de las elecciones, las Autodefensas asesinaron al alcalde. "—Lo de los alcaldes es otra cosa. Nuestro trabajo consiste en llevar el poder a los representantes del pueblo. Cuando hay alguien en Córdoba que se obstina en querer presentarse en contra de nuestra voluntad, le amenazamos. Es verdad, le mandamos una advertencia, como es normal". –Sí, pero a este alcalde en concreto no sólo lo amenazaron, sino que lo mataron... "—Porque robó dos millones a la ciudad. Y, después, acusaba a otros. Hacía recaer en otros la responsabilidad de sus robos. Corrupción y mentira juntas. Era demasiado. Por eso hubo que ser implacable. Y además...". Se toma un respiro. Después, con una voz estridente, casi femenina y como si estuviese en posesión de la irrefutable prueba de la culpabilidad del alcalde, añade: "—Además, llevaba un chaleco antibalas". Así de simple.

La conversación dura dos horas y siempre en este tono. Castaño habla tan rápido ahora, con una voz tan aguda, que me tengo que inclinar cada vez más a menudo hacia mi compañero, para que me repita lo que ha dicho. Habla del presidente Pastrana, al que respeta, pero que no le respeta y eso le desespera. De Castro, que ha castrado a su pueblo, y esta imagen le hace reír con una risa de demonio. De todos esos militares, expulsados del Ejército, que, como los generales Mantilla y Del Río, se pasan a las Autodefensas. Pero, ojo, con una condición, porque él les pone una condición, para no volverse loco: que no hayan sido expulsados por corrupción. Habla de la injusticia y otra vez más de la injusticia. De la letanía de injusticias y de disfuncionamientos del Estado. Pero allí está él, Castaño, para suplir al Estado desfalleciente. Él es su brazo, su servidor fiel y no correspondido. Y, por fin, habla del crimen de Quebrada Nain y de todos los crímenes que se le adjudican a sus sicarios. Y no suelta ni una palabra de arrepentimiento. Lo máximo que concede es que, a lo mejor, su ejército quizá haya crecido demasiado deprisa y que en la matanza de la que le hablo 'les faltó [sic] profesionalismo'. Pero lo que repite una y otra vez es que, si un hombre o una mujer tienen aunque sólo sea una vaga vinculación con la guerrilla, dejan de ser civiles, para convertirse en guerrilleros vestidos de civil y, por lo tanto, merecen ser torturados, degollados, o son merecedores de que les cosan un gallo vivo en el vientre en lugar de un feto...

Carlos Castaño tiene cada vez más calor. Y está cada vez más febril. Este olor de supositorio que invade la tienda... Esa forma que tiene de sobresaltarse cuando oye un ruido... "—¿Qué pasa?. –Nada, jefe, es el generador, que se ha vuelto a poner en marcha". Y su manera de gritar, cada cinco minutos: "Un tinto, Pepe, un café". Y un soldado, aterrorizado, se lo lleva. Y él vuelve a hablar a un ritmo endiablado. Un último cuarto de hora para gritar. Y después se calla, se levanta y se calla. Titubea un poco. Se agarra a la mesa. Me mira con una mirada tan fija que me pregunto si no está sencillamente borracho. Se repone. Me ofrece una gran cartera negra, repleta de discursos y de videos. Sus lugartenientes están a su lado. Sale, dando tumbos, bajo el sol de mediodía.

Un psicópata frente a unos mafiosos. Una historia llena de ruido y de furor contada por bandidos o por este guiñol asesino. Una parte de mí me dice que siempre ha sido así y que los observadores más sagaces siempre han descubierto a los gordos animales perentorios, faroleros, hinchados de su propia importancia y poder, que reinaron sobre el infierno de la Historia de los tiempos pasados: el grotesco Arturo Ui, de Brecht; el pobrecillo Laval, de Un castillo al otro; García Márquez y su caudillo; la desnudez fofa del Himmier de Malaparte, en Kaputt... Pero otra parte de mí no puede deshacerse de la idea de que hay aquí, en cualquier caso, un cambio, una degradación energética, una caída. No puedo dejar de pensar que jamás se había visto una guerra reducida a este enfrentamiento de magnates y de monigotes, de clones y de payasos. El grado cero de la política. Es el estadio supremo de la bufonería y el estadio elemental de la violencia descamada, sin disfraz, reducida al hueso de su verdad sangrienta. Incluso los monstruos se desinflan cuando se terminan las épocas teológicas.

Bernard-Henry Lévy, Reflexiones sobre la guerra, el mal y el fin de la historia. Ediciones B, 2001.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Minimalismo puro y duro


Recibimos la siguiente lección magistral de relato minimalista:

Examen en el colegio público García Lorca, Madrid. Asignatura: Lengua española.

Ejercicio: composición literaria que contenga los siguientes temas:

1. Sexo.
2. Monarquía.
3. Religión.
4. Misterio.

Recomendaciones del profesor: brevedad y concisión.

Respuesta de uno de los alumnos: “¡Se follaron a la reina!, ¡Dios mío!, ¿quién habrá sido?”.

jueves, 19 de febrero de 2009

Cara o cruz


La filosofía es un género literario con mala fama: algunos de los grandes son indiscutiblemente escritores aburridos, densos, difíciles (Aristóteles –aunque este caso es dudoso, puesto que sólo se conservan sus apuntes de clase. Cicerón, que alcanzó a conocer las obras publicadas del Estagirita, dice que su prosa “fluye como un río de oro”, aunque no nos imaginamos qué tan fluido pueda ser el metal—, Kant –un caso inexcusable—, Hegel –Ibídem— y un largo etcétera). Sin embargo, hay subgéneros que parecen propicios para la buena escritura, en los cuales los grandes descuellan no sólo como pensadores profundos, sino también como escritores notables. Es el caso de la filosofía moral y política: Platón, Hobbes, Locke, Rousseau, Voltaire, Diderot, Nietzsche, Dostoievski y otro largo etcétera (este etcétera sí que es un autor famoso). El siglo XIX conoció quizá la mayor nómina de grandes novelistas que son también grandes moralistas (una pregunta: ¿puede un gran novelista no ser también un gran moralista?). No sabemos si Diario de un mal año, de Coetzee, sea una gran novela. Lo que sí es cierto es que es una estupenda obra de filosofía moral y política. A continuación trascribimos uno de los tantos pasajes donde el narrador reflexiona sobre la naturaleza de la democracia. Un pasaje que hace recordar las mejores páginas de Hobbes e, incluso, el diálogo entre el Guasón y el fiscal en El caballero de la noche, donde el criminal le dice al justiciero: “Soy un agente del caos, ¿sabés por qué me gusta el caos?: porque es justo”:

"Contar votos puede parecer un medio para averiguar cuál es la verdadera (es decir, la más ruidosa) vox populi; pero el poder de la fórmula del primogénito varón, radica en el hecho de que es objetiva, sin ambigüedad, y está fuera del campo de la discusión política. Lanzar una moneda al aire sería igualmente objetivo, igualmente carente de ambigüedad, igualmente indiscutible, y, en consecuencia, igualmente podría afirmarse (como se ha afirmado) que representa la vox dei. Nosotros no elegimos a nuestros dirigentes lanzando una moneda al aire (lanzar monedas se asocia con la actividad del juego, de baja categoría), pero ¿quién se atrevería a afirmar que el mundo estaría en peor estado de lo que está si sus dirigentes hubieran sido elegidos desde el comienzo por el método de la moneda?

Al expresarme así imagino que estoy argumentando esta actitud antidemocrática ante un oyente escéptico que continuamente comparará mis observaciones con los hechos sobre el terreno: ¿cuadra lo que digo de la democracia con los hechos acerca de la democrática Australia, el democrático Estados Unidos, etc.? El lector debería tener presente que por cada Australia democrática hay dos Bielorrusias o Chads o Fijis o Colombias que igualmente suscriben la fórmula del recuento de papeletas de voto".

A propósito, la primera novela de Philip K. Dick, Lotería solar, imagina un mundo en el que el máximo gobernante es elegido mediante una lotería. Quien quiera, sólo escríbanos y se la mandamos.

Coetzee, J. M. Diario de un mal año, Debols¡llo, 2009, p. 24.

jueves, 12 de febrero de 2009

Dan ganas de balearse en un rincón 3


Hace poco Camilo Jiménez publicó una selección de fragmentos desafortunados de escritos que ha tenido que padecer en su trabajo como jurado de concursos literarios o como editor. La presentación de los fragmentos la hizo por secciones, con títulos burlones cada una y sin presentar los nombres de los autores. Luego alguien (algún organizador de uno de los concursos quizá), le pidió que retirara la entrada. Entonces se produjo una polémica sobre si había sido un error por parte de Camilo publicar esos fragmentos. Nos parece una buena ocasión para recordar algunas cosas.

Uno de los críticos de Camilo escribió: “Salir a ventilar lo que la gente envió de buena fe –incluso, en algunos casos, con ilusión— es un acto de perversidad, una bajeza”. Esa frase admite abiertamente que “lo que la gente envió” olía mal. Lo que les parece más mal a algunos –incluido el autor anónimo de la frase— es que Camilo haya publicado esos fragmentos para burlarse. Aquí parece haber una asimetría: si cualquiera publica esos mismos fragmentos para elogiarlos (ahí sí con los nombres de los autores), entonces es probable que los críticos no digan nada. Pero eso no tiene sentido, porque si se puede publicar algo para elogiarlo, entonces es obvio que también se puede hacer lo contrario.

Carlos Castillo, por su parte, dijo que el error de Camilo consistió en no haberles pedido permiso a los organizadores de los concursos o los directores de la revista adonde fueron enviados los olorosos manuscritos. Suponemos que Castillo admitiría que no habría error en el caso citado de la publicación elogiosa (a no ser con respecto a los derechos, quizá). El argumento de Castillo es que lo que hizo Camilo “traiciona la buena fe de los organizadores de los premios…” ¿Por qué? Conocemos muchos concursos literarios, y en ninguno hay una cláusula que les prometa a los participantes que los jurados o los organizadores no se van a burlar si los escritos les parecen malos, o ridículos o lo que sea. Además, la intención obvia de quien manda un escrito a un concurso o revista es que lo publiquen, y publicar es eso: exponerse.

El anónimo también sugirió que la burla era una suerte de atentado contra la integridad de los autores: ¡que el diablo nos coja confesados! (autopromoción: lo cortés no quita lo hijueputa). Lo único que merece respeto son las personas, no las creencias ni las ideas (si no fuera así, cualquier crítica de una idea o escrito sería una afrenta personal). Aún más, en muchos casos la libertad de expresión implica la burla, el escarnio (¿habrá que censurar entonces a los caricaturistas, a los escritores satíricos, a Tola y Maruja?). La base de la libertad de expresión es la tolerancia, no el respeto. Tolerar significa, precisamente, aguantarse la expresión y práctica de ideas y costumbres que uno no respeta. Orwell lo dijo con sencillez: “si algo significa la libertad de expresión es precisamente la posibilidad de decirle a la gente lo que no quiere oír”. Isaiah Berlin, explicando la famosa defensa de la libertad hecha por John Stuart Mill en On Liberty, dice:

“Mill creyó que mantener firmemente una opinión significaba poner en ella todos nuestros sentimientos. En una ocasión declaró que cuando algo nos concierne realmente, todo el que mantiene puntos de vista diferentes nos debe desagradar profundamente. Prefería esta actitud a los temperamentos y opiniones frías. No pedía necesariamente el respeto a las opiniones de los demás; lejos de ello, solamente pedía que se intentara comprenderlas y tolerarlas, pero nada más que tolerarlas. Desaprobar tales opiniones, pensar que están equivocadas, burlarse de ellas o incluso despreciarlas, pero tolerarlas. Ya que sin convicciones, sin algún sentimiento de antipatía, no puede existir ninguna convicción profunda; y sin ninguna convicción profunda no puede haber fines en la vida… Ahora bien, sin tolerancia desaparecen las bases de una crítica racional, de una condena racional. Mill predicaba, por consiguiente, la comprensión y la tolerancia a cualquier precio. Comprender no significa necesariamente perdonar. Podemos discutir, atacar, rechazar, condenar con pasión y odio; pero no podemos exterminar o sofocar…”

En conclusión: si no quiere que nadie se burle de su manera de pensar o de escribir, entonces mejor no publique ni intente publicar; mejor no mande sus preciosos manuscritos a ninguna parte y trate de mantenerse callado.

El resto de los argumentos, casi sobra decirlo, eran variantes aproximadamente idénticas de razonamiento ad hominem: que los amigos se publican entre sí, que entre los fragmentos ultrajados por Camilo había cosas mejores que las escritas por los amigos de Camilo, etc. No vale la pena responder: ahí están las Refutaciones sofísticas de Aristóteles, o cualquier tratadito reciente de lógica elemental.

Nos van a perdonar.

martes, 3 de febrero de 2009

Augusten Burroughs: En el dique seco


Las razones por las que uno se convierte en lo que se convierte son fáciles de identificar según la cháchara sicoanalítica. Pero para los incrédulos, mencionar esas razones en primera persona es el más claro indicio de autocompasión, o de que uno está empezando a ofrecerle disculpas a la policía. Rara vez, sin embargo, dicha enumeración es además buena literatura. Pero Augusten Burroughs sabe escribir sobre sí mismo con gracia y arte. Para la muestra, un fragmento de su último libro (¿novela?), publicado recientemente por Anagrama:

"En realidad me sorprende haber llegado a ser un bebedor, teniendo en cuenta cómo era mi padre. Bebía tanto que yo casi no me daba cuenta de ello. Hay padres que tienen bigote, otros que llevan gorras de béisbol y el mío era un padre que tenía un vaso pegado a la mano. Nunca me resultó extraño. No pensaba: "Oh, mi papá es un alcohólico". Simplemente pensaba que siempre tenía sed.

Por otra parte, bien podría deberse a la serie Embrujada.

Yo era un adicto a Embrujada cuando era un crío. Adoraba a Darren Stevens Primero. Cuando volvía a su casa Samantha le decía: "Darren, ¿quieres que te prepare una copa?". Él siempre dejaba su maletín en el vestíbulo, sobre una repisa con espejo, y se pasaba un pañuelo con su inicial por la frente. Luego decía: "Que sea doble".

Me voy a la cama, me siento en el borde y me hundo en el edredón de plumas y en el mullido colchón. Siento que soy muy afortunado por tener una cama tan estupenda donde poder sentarme durante mis ataques de ansiedad. ¿Por qué seré tan ansioso? Entonces me doy cuenta de que mi problema no es la ansiedad, sino la soledad. De que estoy solo de un modo profundo y terrible. Durante un segundo soy consciente de lo arraigado que está ese sentimiento de soledad en mí. Y me acojona sentirme tan solo porque resulta catastrófico. Es igual que ver un coche en el mismo momento en que te atropella. Pero entonces, de repente, ese sentimiento se desvanece y me quedo con la mente en blanco. Como si una puerta se entreabriera lo justo para fijarme bien y captar todos los detalles. Sólo lo necesario para darme cuenta de que toda la estancia necesita una buena limpieza a fondo".

Augusten Burroughs, En el dique seco, Anagrama, 2008, pp. 48-9.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Una lección de mayéutica


Lo ilegal lo hacemos de inmediato. Lo inconstitucional toma un poco más de tiempo.
Henry Kissinger


--X: señor presidente, ¿qué opina de las acusaciones según las cuales la policía le ha disparado a los indígenas?

--Presidente: así no podemos. Ante todo, tenemos que hablar con la verdá: aquí nadie de la fuerza pública le ha disparado a la población civil. Al contrario, fíjese que han sido los indígenas quienes han maltratado a la policía. Yo sí quiero, señor periodista, pediles a los indígenas que se disculpen con la policía.

--X: señor presidente, ¿qué estaban haciendo varios representantes de los paramilitares en la Casa de Nariño?

--Presidente: aquí han habido gobiernos que han negociado con los bandidos a oscuras, por detrás. En mi gobierno todo se hace de frente, con trasparencia.

--X: señor presidente, si se fija en la pantalla del televisor, CNN está pasando un video donde se ve a un policía disparándoles a los indígenas.

--Presidente: espérese yo consulto. [Luego de varios minutos…] me acaba de informar mi general que sí hubo disparos. Y quiero pedir disculpas al pueblo colombiano porque me dieron la información incorrecta. Pero aquí estoy poniendo la cara y reconociendo los errores. También quiero aclarar que, aunque la policía sí disparó, lo hizo en defensa propia y ninguno de los indígenas muertos murió a causa de los disparos de la policía. Ellos murieron porque estaban manipulando explosivos terroristas que estallaron en sus manos.

--X: señor presidente, ¿pero a usted no le parece muy grave que la policía le dispare a la población civil?

--Presidente: mire periodista, ningún gobierno anterior se había preocupado por los derechos humanos tanto como este. Sobre todo, ninguno se había preocupado antes por los derechos humanos de los policías. Además, hay que tener en cuenta que en la marcha indígena se han cometido actos terroristas y más de treinta policías han resultado heridos y uno más perdió las manos. A mí no me preocupa que la policía haya disparado. A mí lo que me preocupa es que hayan hecho quedar mal al presidente.

--X: señor presidente, ¿no cree que los centenares de muchachos asesinados en los casos de los falsos positivos son una consecuencia de su política de premios para la fuerza pública?

--Presidente: es que no podemos confundir la eficacia con la delincuencia. Mi política de seguridá busca la eficacia, pero no la delincuencia.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

La lección del putañero: Cioran


Filosofía y prostitución
El filósofo, de vuelta de los sistemas y las supersticiones, pero perseverante aún en los caminos del mundo, debería imitar el pirronismo de acera del que hace gala la criatura menos dogmática: la mujer pública. Desprendida de todo y abierta a todo; compartiendo el humor y las ideas del cliente; cambiando de tono y de rostro en cada ocasión; dispuesta a ser triste o alegre, permaneciendo indiferente; prodigando los suspiros por interés comercial; lanzando sobre los esfuerzos de su vecino superpuesto y sincero una mirada lúcida y falsa, propone al espíritu un modelo de comportamiento que rivaliza con el de los sabios. Carecer de convicciones respecto a los hombres y a uno mismo: tal es la elevada enseñanza de la prostitución, academia ambulante de lucidez, al margen de la sociedad, como la filosofía. «Todo lo que sé lo he aprendido en la escuela de las fulanas», debería exclamar el pensador que lo acepta todo y lo niega todo; cuando, a ejemplo suyo, se ha especializado en la sonrisa fatigada, cuando los hombres no son para él sino clientes, y las aceras del mundo, el mercado donde vende su amargura, como sus compañeras su cuerpo.