viernes, 16 de noviembre de 2007

Perdónanos, Oh señor: David Bronstein

El 5 de diciembre de 2006 falleció en Minsk, Bielorrusia. Nació el 19 de febrero de 1924 en Bila Tserkva (Ucrania). Probablemente el jugador más imaginativo del siglo XX. Es el único que llegó a demorarse más de 50 minutos para realizar apenas el primer movimiento. A este respecto, dijo en una entrevista: “Usted habrá visto que a menudo pienso durante 15 o 20 minutos antes de efectuar la primera jugada. Quizá el público se pregunte cómo es posible, cuál es la razón... Y la única razón es que así es como yo juego... como un pintor trabajando en su cuadro. Así trabajo y así creo”.

En 1950 disputó el campeonato mundial con el entonces campeón Mikhail Botvinnik, el jugador del régimen comunista, el favorito de Stalin. En esa época, el juego estaba dominado por la concepción de Botvinnik, para quien lo más importante era el elemento científico del ajedrez. El riesgo, las aventuras peligrosas, el romanticismo, todo lo que había encumbrado al noble juego, había sido casi excluido bajo el imperio de Botvinnik. Pero Bronstein era distinto: hacía jugadas dudosas incluso en la apertura, buscaba los caminos más retorcidos y no siempre claros… y aún así ganaba. En una partida con Botvinnik llegó a perder una torre entera en la apertura, y aún así alcanzó a empatar.

Esa rebeldía también se reflejaba en su vida: su padre estaba preso en un campo de concentración y él mismo nunca quiso pertenecer al partido comunista, lo cual le habría ahorrado muchos problemas. Así que, según cuentan los rumores, las autoridades soviéticas lo obligaron a perder o, por lo menos, a no ganarle al campeón mundial. Fue así como, a pesar de que iba ganando el encuentro, en la penúltima partida perdió en una posición francamente favorable. El encuentro, entonces, quedó empatado y, según las reglas, Botvinnik retuvo la corona. Pero a Bronstein no le importó: logró recuperar a su padre y, lo más importante desde el punto de vista artístico, demostró que era posible jugar de una manera distinta, más bella, más imaginativa. Un dirigente del ajedrez argentino cuenta que en 1966 en Buenos Aires, cuando Bobby Fischer lloraba en el hotel después de perder una partida con Spassky, Bronstein se acercó y le dijo: “Oye, ellos me obligaron a perder el campeonato mundial, y no lloré”. A pesar de no haber sido campeón oficial del mundo, es uno de los jugadores más populares del siglo XX. Por eso, Garry Kasparov escribió sobre él: “Sus mejores partidas permanecen en la memoria de varias generaciones, y ¿qué mejor recompensa puede esperar un jugador de ajedrez?”

Su concepción del juego se acerca más a la religión que a la ciencia: “Hace cuatro décadas que asisto al Templo del Arte ajedrecista, toco piadosamente el peón del rey blanco y lo envío con una oración a explorar el terreno contrario”. Esa forma de ver el juego se refleja perfectamente en sus libros, de los cuales quizás el más importante sea “El aprendiz de brujo”: una obra en la que se ve con claridad por qué una gran partida es como una gran obra musical; por qué el ajedrez, como la música, es, como dice un personaje de una novela de Stefan Zweig, “un pensamiento que no conduce a nada, una matemática que no calcula nada, un arte sin obras, una arquitectura sin materia”. Cada vieja y bella partida de ajedrez, como cada fuga o cada sinfonía, sólo puede ser contemplada por nosotros, los profanos, cuando se ejecuta de nuevo.

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* Stefan Zweig, El jugador de ajedrez. Novela disponible en: http://www.metajedrez.com.ar/zweig.htm (hice algunos arreglos a la traducción).
Foto: de izquierda a derecha: Bronstein, Paul Keres y Mikhail Botvinnik.

sábado, 10 de noviembre de 2007

La solución final, por Ignatius Reilly

Hace unas semanas, el amigo Franco nos recordó la inigualable novela de Kennedy Toole. Ahora nosotros, que pensamos que el mundo necesita ideas nuevas, sobre todo para acabar de una vez por todas con las malditas matanzas, les presentamos la propuesta de Ignatius Reilly, que encontramos inmejorable. Reilly idea una conspiración anal para lograr la paz en el mundo. La idea de Reilly es que los homosexuales se unan en un partido político internacional, y vayan ingresando disimuladamente a los ejércitos y parlamentos del mundo. Luego de lo cual, no habrá más guerras ni conflictos internacionales, ya que dirigentes y soldados se estarán dando por el culo mutuamente. Pero no en el sentido metafórico, sino en el literal. Ignatius escribe lo siguiente cuando está fraguando esta conspiración:
*
Nuestro primer paso será elegir a uno de ellos para un cargo muy elevado: la Presidencia… Luego habrán de infiltrarse entre los militares. Como soldados, estarán todos tan continuamente consagrados a confraternizar entre sí, confeccionándose los uniformes de tal modo que se ajusten como tripas de salchicha, inventando trajes de combate nuevos y variados, dando fiestas y cocteles, etc., que no tendrán nunca tiempo de combatir… Al ver los éxitos que obtienen aquí sus camaradas uniformados, los pervertidos del resto del mundo también se agruparán para controlar los estamentos militares de sus respectivos países. En aquellos países reaccionarios en que los invertidos puedan tener problemas para hacerse con el control, les enviaremos ayuda, les enviaremos rebeldes que les ayuden a derribar sus gobiernos. Cuando hayamos derribado al fin todos los gobiernos existentes, el mundo no tendrá ya guerras sino orgías globales realizadas con todo protocolo y con un espíritu verdaderamente internacional, pues estas gentes superan las simples diferencias nacionales. Su inteligencia sólo tiene un objetivo; están verdaderamente unidos. Piensan como uno solo.

Tomado de John Kennedy Toole, La conjura de los necios, Círculo de lectores, 1984.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Conciencia

Usted se concentra en lo que le está pasando, que le parece lo mejor que le ha ocurrido en toda la vida. Se concentra porque quiere recordar cada detalle, cada sonido, o cada matiz del color de la piel de ella, por ejemplo. Y no tiene que ser sólo el amor, también pasa con eso que llamamos comunión, que surge con la camaradería, o un efímero juego de equipo –un partido de potrero—, o una música. Y entonces pasa: los detalles más intensos sólo se quedan un tiempo muy corto, y cuando usted, uno, cinco o veinte años después intenta recuperarlos, sólo tiene un borroso registro –como un LP mal ciudado de 1920 con dizque una de las mejores canciones del mundo, y sólo se oye el ruido como de fritanga al fondo y, de vez en vez, la mejor canción del mundo logra abrirse paso, mientras su tío o su papá alzan las manos y van cantando pedacitos—. Y entonces ese amor adolescente que a usted le pareció como un encuentro entre los únicos hombre y mujer sobrevivientes de una hecatombe atómica, parece ahora tan ajeno a usted como el beso de los muchachos en la puerta del vecino; y aquel machetazo que recibió en una mañana juvenil de mucho trago, y que en aquel entonces lo hizo sentirse como el protagonista de una de esas películas épicas con miles de extras, le parece ahora como el gesto ridículo de quien, sin estar en una guerra defendiendo un ideal noble ni nada por el estilo, se prende a machetazo limpio con otro imbécil de la misma laya, y en plena época del revólver o la pistola. Pero en medio de esa bruma de la memoria, por un instante sublime, el recuerdo logra abrirse paso, como en esas ocasiones en que uno percibe un olor inigualable y, en menos de un segundo, ya no está, y nunca vuelve a estar. Albert Camus escribió al final de La peste: “lo único que le queda al hombre es el conocimiento y el recuerdo”. Con perdón, hay que hacer un par de correcciones: “lo único que le queda al hombre es la ignorancia y el rastro de un recuerdo”.

martes, 6 de noviembre de 2007

Perdón otra vez: Camilo Jiménez

Nunca nos imaginamos que un paisa sobreviviente en Bogotá (paisa de verdad, de Medellín) pudiera escribir el más grande poema inspirado en El Caballero Gaucho. Pero así es la vida. Aquí va pues, aunque no tenemos la autorización para publicarlo y, para completar, salió como un comentario en el blog de la flaca y malvada, a quien amamos hasta los huesos, que hablarán por mí.

Las voz delgadita y en falsete del Caballero, ay. Los ojos cerrados y el ceño fruncido del tipo de bigote, botas y mano gorda agarrando la copa, ay. El que tiene la cabeza sobre la mesa desde hace horas la levanta y tumba una de las 30 botellas de cerveza que tiene al lado, ay.Huele a orines. Aquellos están que se fajan a machete.

domingo, 4 de noviembre de 2007

El Dr. Calle por Pablo R.







Hace poco cuando publiqué algunas fotos de la presentación del libro Gol. Cuentos de fútbol en mi Facebook, un amigo que vive ahora en los Estados Unidos y enseña literatura y español en la Universidad de Texas, me escribió lo siguiente: “Claro que reconocí a Daniel. Y lo lindo que era el nene y lo bonito que cantaba y lo serio que aparece en la foto, es de no creer. Uno de los viejos sí lo reconozco porque recuerdo haberlo visto muchas veces en Palabras y creo que es o era profesor de derecho. Del otro no me acuerdo, quizás nunca lo conocí”. Daniel es mi hermano, a quien le dediqué mi cuento en el volumen y aparece en una de las fotos, en el medio de don Efraim y yo (Palabras es una librería de Manizales). Pero lo que quiero resaltar es la referencia a “uno de los viejos”, quien es obviamente el Dr. José Fernando Calle, una presencia tutelar en las vidas de muchos de nosotros. (Aquí y entre paréntesis y entre nosotros: me compré un Simth & Wesson calibre 38, recortado, y lo cargaba en el tobillo. El sábado me dio por pegarme un tiro, pero antes redacté una misiva lacrimógena de despedida. Cuando mandé la mano al tobillo, nada de revólver: boté el hijueputa. El Dr. Calle, sin embargo, desconocedor del desaguisado, me escribió una hermosa carta regañándome por esa estúpida decisión). Sí, ha sido una presencia tutelar, no real del todo, como en una de las fotos, en la que, al lado de don Efraim, el Dr. Calle apenas mira alelado, como lo ve todo. Es el escritor más interesante que he conocido personalmente –y he conocido un viajao. Tanto más meritorio cuanto que casi no escribe. Habla bajo, como en voz con sordina, y escribe menos de lo que conversa. Como un perfume imposiblemente perfecto, sus notas en el Boletín de Libélula libros son la destilación de una voz, de una mirada esencialmente literaria. Es la única persona que conozco que exhala literatura sin ser chocante. La única en la que literatura y vida son una misma cosa. Y sin más preámbulos, aquí va el cuento que condescendió a publicar en Gol. Verán, pues, que me quedé corto.


Un cuento sobre fútbol

Habría podido hacer algunas averiguaciones; hoy en día es muy sencillo: basta poner un nombre en un aparato y sale más información de la precisa. El nombre sería: Montanini, y ahí mismo sabría el año etcétera. Pero no se trata de un informe para complacer a los periodistas del jurado, sino del relato de un suceso: que eso es un cuento. Y al cuento conviene, también habrá escrito Borges, la inexactitud de la memoria.

Montanini era un jugador de fútbol; vino (según creo) de la Argentina a jugar para el Bucaramanga. Iba a poner que su nombre de pila: Américo rimaba con Atlético, que era el primero del Bucaramanga; pero no tiene gracia. La gracia de Montanini era que había inventado, mejor dicho: confeccionado, una suerte que los Carlosantoniovélez de entonces llamaron: “la bordadora”. Consistía en unos pases exactos en zigzag, a muy corta distancia, que iban componiendo un verdadero bordado.

El Bucaramanga iba ese domingo a Pereira, al estadio Mora Mora; el partido no era gran cosa: no sería delicado poner que ni uno ni otro equipo han sido gran cosa nunca. Pero mi papá decidió que iríamos: mi hermano y yo estábamos destinados a ser su auditorio, a oírle su explicación de “la bordadora”. Y como, para apreciar el prodigio, debíamos estar bien arriba compró boletas de preferencia. Valía la pena el gasto: si teníamos suerte, íbamos a contemplar el arte efímero en una jugada.

Y sucedió. Sobre la hierba del Mora Mora ocurrió el milagro: dos hombres de amarillo, uno de ellos Montanini ¡claro!, se turnaban el balón y avanzaban como agujas bailarinas, burlando la defensa local. En mi recuerdo mi papá se alza para siempre y para siempre nos lo señala. Y también para siempre advierte que, desentendido del suceso extraordinario: de espaldas a la cancha, mi hermano atisba hacia afuera por entre los ladrillos.

Un cuento de Pablo R.

Se supone que estos sitios son para que los dueños publiquen cualquier bellaquería. Por eso, y muy a pesar de la opinión de Carlos A., este su servidor se permite poner a la consideración del amable público el siguiente cuento.

Pérez
De todos los muchachos que he tenido en el equipo, hermano, ese Pérez me dio una lección la hijueputa, y me sacó canas también. Si usted que era paisano y hasta condiscípulo del hombre no sabe dónde fue a parar, mucho menos yo que sólo fui su entrenador en el equipo de ciclismo de la universidad. ¿Se acuerda? Por allá más o menos en mil novecientos ochenta y ocho. No es que fuera el mejor del equipo, tampoco. Pero tenía algo… tenía algo. Fumaba mariguana eso sí como si se fuera a acabar el mundo en el siguiente minuto hermano. Yo le insistía y le exigía que no se trabara en los entrenamientos y algo sí la redujo. Pero fumaba y fumaba. Bernard Hinault dijo una vez que lo que hagas fuera de la bicicleta lo pagarás en la bicicleta; y a ese muchacho ya le estaban pasando la factura. Pero tenía una resistencia el Pérez que usted no se imagina. Él no podía ganar en velocidad y ni siquiera en carreras normales. Pero recorría unas distancias que donde la vuelta a Colombia se corriera en todo el kilometraje de una vez, hermano, no exagero, ése era el único que quedaba vivo. A veces los mejores se sentían como desafiados en los entrenamientos y entonces por su cuenta y riesgo seguían y seguían más allá de la llegada prevista, y el Pérez ese se les iba detrás, puede que lo colgaran, pero cuando los volvía a encontrar mucho más adelante, otros veinte kilómetros diga usted, una barbaridad, cuando ellos ya sentían que se les estaba acabando la gasolina para el regreso; el Pérez ese, hermano, seguía y seguía. Los vencía. A pura fuerza no más. Una cosa lenta pero segura, antinatural, como si el tipo no fuera un ser humano sino una bestia de aguante. Una cosa rara el Pérez, bien largo y bien flaco, como con hambre. Ahora que me acuerdo el Pérez ese, por todo el cariño que le tuve, me hizo pensar, reflexionar sobre la naturaleza de este deporte. Porque él tenía unas cualidades que, donde la cosa estuviera diseñada de otro modo, hermano, hubiera sido el mejor del mundo. Eso se lo puedo asegurar, yo que tengo todos estos años y que he visto de todo.

Lo que le voy a contar demás que usted ya lo sabe porque los muchachos del equipo le contaron en esa época a todo el mundo. Pero le voy a dar mi versión porque yo estuve ahí y fue verdad, la pura verdad. Era callado, eso sí, usted lo habrá conocido mejor que yo. No soltaba prenda, no se quejaba por nada; tampoco parecía alegrarse por nada. Como si no sintiera nada. Nosotros pensábamos que era por la mariguanita. No le conocimos novia ni amigas. Un amigo sí, el ciego ese que estudiaba filosofía allá con ustedes. Para arriba y para abajo con el ciego. Uno los veía hablando pero cuando se acercaba alguien ahí no más paraban y parecían de piedra, saludaban no más. Debe de ser por eso que también nos sorprendió tanto lo que hizo ese día.

Habíamos salido a entrenar y hacía mucho frío aquí en Manizales. Íbamos para la zona de Irra, en la vía a Medellín. Bajamos como siempre, a una velocidad no muy alta porque esa carretera es traicionera, sobre todo en la bajada. Las bajadas siempre son peligrosas, yo les decía. A los velocistas en cambio les fascinaba el descenso a tumba abierta, como decían los comentaristas del Tour de Francia. Se sentían qué se yo, Sean Kelly o cosa por el estilo. Y uno entendía también porque con esa juventud y esas ganas tan verracas. Pero había que ponerles límites, hermano, porque si no ellos iban a terminar mandando. Con Pérez no había problema, ni con la mayoría, porque no eran tan lanzados como dos monitos que no más ver una bajada se inclinaban sobre la cabrilla y paraban el culo a lo Pantani. Ese día, con neblina y todo en la bajada, este par de güevones se me han salido de madre hermano. Se empinaron así como le digo y empezaron a coger una velocidad la hijueputa, como a setenta. Otros tres se sintieron medio intimidados, medio retados, y trataron de seguirles el ritmo. Pérez como siempre iba en lo suyo y otros dos muchachos muy dóciles, muy obedientes. Me sacaron la piedra los punteros, hermano, y yo dejé que se fueran; que se maten estos güevoncitos decía yo por dentro. Llegamos a Irra, seguimos como un kilómetro y nos encontramos a los punteros tomando agüita en una caseta, echando chistes con una suficiencia, con una actitud de triunfo como si se hubieran ganado algo. Yo ni los miré de lo verraco que estaba. Pérez, como siempre, en lo suyo, calmado, tranquilo. Los dos muchachos que bajaron con él y conmigo, en cambio, se veían incómodos, como pordebajiados. Di la orden de descansar un cuarto de hora, ya eran como las dos de la tarde, comer alguna cosa, un bocadillo con queso, y devolvernos para hacer el ascenso. Pérez se nos desapareció unos minutos y me la olí que se iba a fumar un bareto. Ése no se aguanta tanto rato sin echarse un ploncito, me decía. Ya estaba preparando el sermón para cuando llegáramos a Manizales.

Nos devolvimos y comenzamos el plan con paso lento pero seguro, lento pero seguro les decía yo, que la fuerza hay que guardarla para el ascenso. Si no aguantaban, que de todos modos era un tramo duro, entonces subíamos las bicicletas a un jeep. Y ahí despuecito de Irra, ahí no más en las goteras, un retén de la guerrilla hermano. Imagínese. En esa época había por allá un grupo del EPL haciendo de las suyas, por los lados de Supía y Riosucio. A mí siempre me dio miedo, para qué le digo que no, pero me imaginé que la cosa no era con nosotros porque íbamos en bicicleta y éramos unos pelagatos y lo parecíamos de los pies a la cabeza. Había que ver eso sí la cara de los güevoncitos que habían bajado a lo que diera. No, si hasta se les enfriaron las pelotas, hermano, estaban pálidos. Muy bueno, pensé yo, muy bueno. Para que vean. Pérez, como siempre, en lo suyo, tranquilo, como si no pasara nada. Un tipo con un fusil medio colgado y medio sostenido con la mano nos dijo que paráramos y que nos hiciéramos al lado de los hombres que ya tenían en fila al lado de la carretera. Que rápido, que se muevan. Nos bajamos de las bicicletas y con ellas en la mano nos fuimos para la cuneta del frente donde estaban todos los que habían bajado de un bus y de varios carros particulares. Yo ya me estaba alistando para hablar con los tipos porque, claro, a mí me tocaba. Nos quedamos parados ahí un rato, callados, ya bien asustados pensando qué nos iban a hacer o para dónde nos iban a llevar. Cuando empezaron tres tipos a pasar, uno adelante, sin fusil, hablándonos, y otros dos detrás con los fusiles en la mano. Hasta que llegaron donde estábamos y empezaron a preguntar que para dónde íbamos, que qué estábamos haciendo por ahí, que quiénes éramos, que los papeles. Era como si estuvieran buscando a alguien, hermano. Yo les expliqué que era el entrenador y respondí por todos. Pero al tipo no le gustó ni poquito y me dijo que si es que los otros eran mudos o bobos o qué. Y ahí fue hermano, ahí fue. El Pérez ese dio un paso al frente y encaró al tipo, y le dijo unas cosas hermano, unas cosas que yo dije ahora si nos van es a matar a todos. “¿Esta es la guerrilla por Dios? No, no, no, qué decepción tan verraca. Yo creí que en este país por lo menos teníamos guerrilla. Yo creí que ustedes estaban era dándose bala con el ejército, secuestrando políticos y ganaderos. Pero se pegan de unos pelagatos en bicicleta. Qué pesar de este país. Ahora sí estamos jodidos”. Y todo se lo dijo como siempre, como decía cualquier cosa, fuera lo que fuera, como si estuviera no más entregando unas devueltas. El tipo ese abrió los ojos hermano, abrió los ojos como entre aterrado y verraco. Cogió al Pérez ese y lo tiró contra el barranco, y les gritó a los otros que lo fusilaran ahí mismo. Los demás estábamos paralizados, no hermano, qué cosa tan verraca, parecíamos niñas ahí no más temblando. Pérez en cambio hermano, Pérez, usted no lo va a creer pero yo estaba ahí y se lo digo; Pérez le seguía diciendo al tipo: “eso, hágale que yo ya estoy es aburrido con esta guerrillita de mierda que nos tocó. Nooo, si es que estamos bien jodidos. Dizque guerrilla. Una mano de chichipatos es lo que tenemos aquí”. Los dos de atrás que tenían fusil nos fueron separando hermano, separando a todo el mundo y cuadrándose para rematar al pobre Pérez ahí no más en el barranco. Cuando pasó hermano, pasó. El que era como el jefe de todos empezó a gritar allá en la punta, que qué era lo que estaba pasando, que por qué tanta bulla. El que yo había creído que era el jefe se puso todo derecho, como si fuera el ejército, y le dijo al jefe de verdad que ya estaba más cerca: “no mi comandante, aquí un hijueputica que se las quiere dar de muy verraco, diciendo que somos unos chichipatos; y lo voy a fusilar”. El jefe de verdad siguió acercándose y los de los fusiles se quedaron quietos, derechos también mirándolo. Llegó hasta donde estábamos y se dirigió de una a Pérez: “a ver, a usted qué es lo que le pasa con la institución”. Y entonces Pérez hermano, Pérez por Dios, siguió con la misma cantaleta y yo que me le tiraba encima: “¿usted es el que manda esta parranda de pelagatos? Nooo hermano, si es que estamos muy mal. Yo creí que la guerrilla estaba era dándose bala con el ejército y secuestrando políticos y ganaderos. Pero mire no más como nos retuvieron a cinco güevones en bicicleta. No, si es que este país está jodido”. El jefe se quedó mirando a Pérez, muy serio hermano, muy serio. Y yo dije ahora sí fue, ahora sí estamos jodidos aquí todos. Nos van es a matar. Cuando de pronto el jefe se voltió y le habló recio al jefe de segunda: “Oiga manoemica, ese muchacho tiene razón. ¿Cómo se le ocurre parar a estos pobres maricas? Hágame el favor y los suelta pero ya”.

Y nos soltaron hermano, nos soltaron. Yo no lo podía creer y los muchachos menos. Todos cogimos las bicicletas más asustados que un verraco, con las piernas temblando y salimos disparados. Pérez hermano, Pérez, yo no sé pero también debió montarse porque más adelantico cuando ya estábamos un poquito calmados me acordé de él y no lo vi por ninguna parte. Les dije a los otros que le mermaran pero sin parar, cuando al ratico apareció el Pérez ese hermano. ¡Apareció! A mí me volvió el alma al cuerpo. Seguimos al mismo ritmo, más bien despacio y cuando menos pensamos ya estábamos por los lados de San Peregrino. Les dije que paráramos y esperáramos un jeep porque francamente hermano, francamente, yo había subido como un zombi, sin darme cuenta, pedaleando horas, y cuando menos pensé las piernas ya no me daban. Todos los muchachos, los monitos esos de la bajada también, estaban pálidos hermano, con una cara que parecían de película de terror. Pérez en cambio estaba igual, nada, sin sacarnos en cara nada, mirando para Chipre que ya había lucecitas.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Lo cortés no quita lo hijueputa

Una vieja enseñanza filosófica dice que es una falacia argumentar en contra de la persona y no de las ideas o la obra. Pero cómo son de sabrosas las falacias. A continuación, una pequeña dosis de mala leche, que siempre es buena para empezar o terminar el día, la semana o el año.
Raymond Chandler. En una carta a Blanche Knopf, se expresa en los siguientes términos sobre uno de sus (de Chandler) más famosos colegas:


“... espero que llegue el día en que no tenga que ver mi nombre junto al de Hammett y James Cain, como un mono de organillo. Hammett está bien. Le concedo todo. Hubo una cantidad de cosas que no supo hacer, pero lo que hizo lo hizo excelentemente. Pero James Cain... ¡por favor! Todo lo que toca queda oliendo a chivo. Es en todos los detalles la clase de escritor que yo detesto, un faux naïf, un Proust en guardapolvo grasiento, un niñito de mente podrida con una tiza y una pared y nadie mirando. Esa gente es la hez de la literatura, no porque escriban sobre cosas sucias, sino porque lo hacen de un modo sucio. Nada duro y limpio y frío y ventilado. Un burdel con un olor de perfume barato en la sala y un balde con agua jabonosa en la puerta trasera. ¿Yo sueno así? Hemingway, con su eterna bolsa de dormir, llegó a ser bastante cansador, pero al menos Hemingway lo ve todo, no sólo las moscas en el cubo de la basura”.

Y en una carta a Charles Morton:

“Hubo una época en yo habría adorado la clase de trabajo que hace usted, pero habría sido incapaz de hacerlo... ustedes tienen una obligación también. Esto es, evitar la escritura pomposamente mala y la clase de tedio que se produce cuando se deja que unos imbéciles flatulentos pontifiquen sobre cosas de las que no saben más que el vecino, si es que saben tanto. Hay un ejemplo asombroso (para mí) de esto en el Harper's de noviembre, llamado “Saludo a los literatos”. Observe:

Pues los escritores son personas de peculiar sensibilidad a los vientos de doctrina que soplan con especial violencia en un momento de cambio rápido; algunos más que otros, pero ninguno, salvo el completo burócrata, del todo inmune.

Considero esta frase como una vergüenza para la prosa inglesa. No dice nada y lo dice sonoramente. Sigo:

Reaccionan de este modo y de aquél; se resisten a las corrientes y corren con ellas: y mientras algunos producen obra de poco valor en términos literarios u otros, otros de mayor capacidad y sustancia, en consecuencia de mayor importancia, exhiben las mismas tendencias en escritos de un alto grado de excelencia.

¿Se dice algo ahí que no pudiera decirse con un eructo? Un poco después dice:

Cuando la actual guerra estaba preparándose, las marcas máximamente indicativas del sismógrafo literario estaban en rojo.

Cuando le mostré esto a mi pequeño sismógrafo empezó a indicar breves palabritas en un feo matiz del violeta, y tuve que encerrarlo en un cuarto a oscuras.
“Máximamente indicativas”, “sismógrafo literario”, “correr con la corriente”, dos mil años de cristianismo y esto es lo que puede mostrar una revista literaria. ¡Vergüenza para todos ustedes!."

Tomado de El simple arte de escribir, Emecé, 2004. Traducción de César Aira.

Tibor Fischer. En una reseña de Yellow dog de Martin Amis:

"Yellow Dog isn't bad as in not very good or slightly disappointing. It's not-knowing-where-to-look bad. I was reading my copy on the Tube and I was terrified someone would look over my shoulder (not only because of the embargo, but because someone might think I was enjoying what was on the page). It's like your favourite uncle being caught in a school playground, masturbating.
The way British publishing works is that you go from not being published no matter how good you are, to being published no matter how bad you are.
Louis de Bernières and I once attended a talk by John Fowles , which was painfully boring and trite (in his defence, Fowles was seriously ill).
Halfway through, Louis reached into his pocket, pulled out a railway ticket, scrawled on it and handed it to me. It was a signed authorisation to shoot him if he ever became an old bullshitter. I think I'll be sending Louis an authorisation to shoot me if I ever produce anything like Yellow Dog.
Someone, perhaps his friends, his editors, or even his agent, Andrew Wylie, should have said something to Amis".

Aparecida en The Guardian.

Vargas Vila. La primera cuota colombiana. Borges reseña la siguiente afrenta como “la injuria más espléndida que conozco”, y a continuación agravia a Vargas Vila, diciendo que el insulto del colombiano es “tanto más singular si consideramos que es el único roce de su autor con la literatura”. He aquí el dardo:

Los dioses no consistieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo, muriendo en él. Ahí está vivo, después de haber fatigado la infamia.

Tomado de Borges, "Arte de injuriar", en Historia de la Eternidad, en Obras completas (1923-1972), Emecé, 1978.

Otro colombiano. Sobre Las ceremonias del deseo de Sandro Romero Rey, Carlos A. Almeyda dictaminó:

"Desde la fotografía que sus editores tuvieron a bien destacar en la portada del libro, el ejercicio local de un pequeño festival Woodstock, se sabe del camino que tomarán los relatos contenidos en Ceremonias del deseo, libro ganador en 2004 del Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá...
De entrada me encuentro con una serie de cuentos reunidos bajo el nombre Pasado(s) de moda en los cuales el Rock es algo más que un inofensivo Leitmotiv, un homenaje demasiado emocional —melodramático casi siempre— a los abuelos del Rock y, como era de esperarse, al Caicedo de Noche sin fortuna. Romero Rey toma incluso frases de su tan querido suicida de provincia como aquel despescuezonarizorejamiento —proyecto de nombre para un libro de Andrés Caicedo más o menos reciente que Romero Rey rescató para la Editorial Norma—, en aras de saber si fue primero la gallina o el Rock, transliteración involuntaria de aquel Cine o sardinas de Cabrera Infante, algo así como "Si hay cine no hay comida", y en este caso, "Si hay concierto ni mierda de pollo". Vaya perogrullada. El asunto se resuelve con una desbocada ovación a los ídolos, lugares comunes, y a la careta escénica de estos desentendidos fanáticos de Bill Haley, Bo Diddley, Jerry Lee Lewis, Chuck Berry, Little Richard, etc., etc. Un cuento sobre un músico que jamás llega a presentarse, otro sobre las peripecias médicas de un Iggy Pop perdido por estos lares del trópico y un último relato delirante —entiéndase: delirante hasta el hartazgo— sobre Frank Zappa. La segunda parte del libro lleva por nombre Correspondencia(s) y hecha mano de un par de sucesos, también referentes al Rock, como la visita de David Gilmour, Roger Daltrey o Charly García a Colombia. La tercera parte, Labiales y rave parties es la consumación de la hilaridad creciente que parecía delatar a Romero Rey en su adolescencia tardía. En general, este libro de cuentos es un breve descenso a los avernos. Al fondo, como una cuestión dantesca, esperan Los Rolling Stones, Led Zepellin o los Sex Pistols. Un par de relatos vertiginosos —El triunfo de la (mala) voluntad y Los cuernos de «rinôçérôse»— a todas luces fruto de una dosis opípara de Cannabis sativa, nos llevan a un festival imaginario: El Woodstock de Corferias, el recuento onírico de las obsesiones cinematográficas y musicales de un Romero Rey dramaturgo —aunque no veamos por ningún lado un discurso de tal naturaleza en estos cuentos—, fanático de una fila interminable de músicos, algo recurrente en sus citas y su alambicada emoción y fatalmente influenciado por libros como Qué viva la música, ya sabrán de qué autor desaparecido a los veinticinco años.
La pérdida de ese salvavidas que proporciona el saber hasta qué punto un cuento se pervierte para convertirse en un viaje de psicotrópicos o en el ejercicio juvenil que un hombre ya entrado en años creyó de alguna importancia dentro de su libro, sustrae a ratos la lectura de su valor literario. En cuanto a este descenso visto en las tres partes ya comentadas, al final del libro y como adecuado cierre a su selección, una cuarta parte propone un nuevo camino para el lector. Los dos cuentos contenidos en Ceremonias del deseo —título del apartado al igual que de la suma del libro—, Auriculares y ventrículos y La fidelidad, nos plantean un acercamiento un tanto más sensible y menos fragmentario a las visiones y expectativas de este melómano que ha escrito un compilado de cuentos tan disímil como el presente. Ejercicios psicológicos, más estructurados en su hilo narrativo y, según se ve, más maduros en su estética y gestación.
La lectura no está de más, pese al canon prestado de la contracultura, el vino barato y los alucinógenos. Nada más que un refrito para excusar su necesidad de seguir hablando de lo mismo: bragas, papas fritas y Rock and Roll".

Tomado de http://www.epigrafe.com/contenido/res_detalle.asp?lib_id=18