lunes, 17 de diciembre de 2007

Otro filósofo de parque: Lichtenberg

En una estupenda película producida por la BBC sobre la muerte de Sócrates, éste, en la persona de Peter Iustinov, se refería a sí mismo como “un filósofo de parque”. Ahora que los filósofos se ponen corbata y piensan en horario oficial de ocho a doce y de dos a seis, queremos recordar la figura de ese otro pensador de andén (o, mejor, de ventana): Lichtenberg.

Escribe Juan Villoro en el prólogo a su traducción de los aforismos de Lichtenberg:


«…Hacia el final de su vida concibió una sátira autobiográfica, Le procrastinateur, donde pensaba burlarse de sus proyectos eternamente pospuestos. Fue demasiado fiel a su tema: no la escribió.

Lichtenberg vivió contra la posteridad, contra las Obras completas, la tesis doctoral del posible erudito sueco, el comentarista mexicano del siglo XX. No pensó que sus apuntes dispersos pudieran ser imantados por la misma fuerza; se conformó con legar fragmentos, los restos de una inteligencia…

…Mientras Kant escribía La Crítica de la razón pura, los labriegos de mejillas enrojecidas por el frío y la cerveza hablaban de elfos y duendes con infinitos errores gramaticales; también hablaban de mierda y castigos feudales. De esa mezcla, de la precisa geometría de los gramáticos y de la injuria y la escatología, surgió el alemán moderno, portento de la razón y del insulto. En este periodo formativo en que el alemán escrito se apartaba por completo del hablado, Lichtenberg concibió un estilo intermedio tan digno de las aulas como de las tabernas…

…Jamás se iba a concentrar en una ciencia. Su primer trabajo universitario fue un ejemplo típico: una indagación sobre las relaciones entre matemática y poesía. Bajo la segura influencia de Kästner, más que argumentar, acribilló: el único rasgo sensible de los poetas alemanes era que olían a pomada, ¿qué pasaría si se les exigiera un lenguaje tan riguroso como el de las matemáticas?...

…Lichtenberg fue un personaje típico del momento; aprendió inglés y francés; se sumergió gustoso en las reuniones que eran como pequeños congresos académicos; con todo, no dejó de extrañar a sus amigos de Gotinga y se convirtió en “un verdadero César de las cartas”: después de dictar tres misivas al mismo tiempo, aún tenía deseos de sentarse a escribir otras diez. Sus cartas, comentó entonces, se hubieran podido publicar con el título …historia privada y pública del profesor Lichtenberg, que contiene toda suerte de observaciones sobre los hombres, las muchachas y los insectos, además de buena cantidad de reflexiones y disparates decentes y groseros cobre estos cuatro asuntos. Sus intereses no sólo eran múltiples, eran simultáneos. Cuando compró un telescopio de inmediato quiso apuntar a dos sitios al mismo tiempo: el firmamento y la hermosa recamarera que se desnudaba a la luz de una vela.

…Dieterich, el casero de Lichtenberg, se sorprendió de no encontrar más que unos fragmentos de la novela El príncipe duplicado; la historia del noble siamés se esfumó con su creador. En cambio dio con varios cuadernos en los que su inquilino escribía toda suerte de reflexiones “a la manera de los tenderos ingleses que llevan un waste-book, donde anotan ventas y compras en total desorden para luego sumarlas y restarlas”. Los cuadernos arrojaban los saldos de una mente.

…El peculiar estilo de pensamiento de Lichtenberg es una preceptiva intelectual; su modo es su carta de creencia. El contenido de los Aforismos es variadísimo y ha dado lugar a ensayos tan notables como el de Franz H. Mautner “Lichtenberg: retrato de una mente”. El hombre que escribió poemas para bodas, infló vejigas en sus clases, colocó pararrayos en los edificios, promovió los balnearios y la obra de Shakespeare, ensayó dietas, experimentó con la electricidad, retrató al actor Garrick y a la muchedumbre londinense, se enamoró de una florista y una vendedora de fresas, discutió de astronomía con el rey de Inglaterra, escribió de modas para las damas alemanas, llevó un registro de los entierros que veía desde su ventana, estudió las maniobras de los batallones de asalto, polemizó sobre la fisiognómica y la escritura griega, no se deja reducir a unos cuantos temas básicos. Su curiosidad atendía por igual a la teoría de Newton que a un botón roto después de siete años de ser el leal sostén de sus pantalones…».

Aquí va, pues, una selección de la selección hecha por Villoro:

Si al cielo le pareciera útil y necesario volverme a editar en la vida, me gustaría comunicarle algunas vanas observaciones que se refieren, sobre todo, al dibujo del retrato y al plan general.
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Aunque mi filosofía tampoco descubra nada, al menos tiene suficiente corazón para considerar inexistentes los pensamientos establecidos.
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Siempre he procurado imponerme leyes que sólo entren en vigor cuando me sea casi imposible violarlas.
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He notado claramente que tengo una opinión acostado y otra parado.
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Hay que recomendar con insistencia el método de los borradores; no dejar de escribir ningún giro, ninguna expresión. La riqueza también se obtiene ahorrando verdades de a centavo.
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Daría parte de mi vida con tal de saber cuál era la temperatura promedio en el paraíso.
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En la Tierra no hay superficie más interesante que el rostro humano.
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Los hombres más sanos, más hermosos y mejor proporcionados son quienes están de acuerdo con todo. En cuanto se padece un defecto se tiene una opinión propia.
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Se dice “alma” como se dice “talero”, aunque hace mucho que se dejaron de acuñar.
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Los guisos tienen, presumiblemente, gran influencia en el estado actual de la condición humana. El vino externa su influencia de un modo más evidente; los guisos lo hacen con mayor lentitud, pero quizá también con mayor intención. Quién sabe si no le debemos la bomba neumática a una sopa bien cocida o la guerra a una mal cocida. Esto merecería una investigación más acuciosa. Acaso el cielo cumple así grandes finalidades, mantiene leales a los súbditos, cambia los gobiernos y crea Estados libres; acaso son los guisos los responsables de lo que llamamos “la influencia del clima”.
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Eso que ustedes llaman corazón está más abajo del cuarto botón del chaleco.
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Todo hombre también tiene su trasero moral, que no enseña sin necesidad y mientras puede cubre con los pantalones de la decencia.

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En la iglesia, acerca de una muchacha hermosa, sumamente devota:

Más devota y hermosa que Lucía
No se verá rezar a otra mujer
Se arrepiente en cada letanía
De lo mismo que invita a cometer.

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La muchacha tenía unas manos pecaminosamente hermosas.
Dios creó al hombre según su imagen. Posiblemente esto significa: el hombre creó a Dios según su laya.
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Por más que en ellas se predique, las iglesias siguen necesitando pararrayos.
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Un país de iglesias hermosas y casas en ruinas está tan perdido como uno de iglesias ruinosas y casas palaciegas.
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¿Creéis acaso que el buen Dios es católico?

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Es una lástima que beber agua no sea pecado, clama un italiano, ¡qué bien sabría!
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¿Cómo habrá sido la conversión de las putas en la antigüedad?, ¿ya habría beatas?
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Cuando un libro choca con una cabeza y suena a hueco, ¿se debe sólo al libro?
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En un artículo: el sacrificio de los primogénitos aún es recomendable, en el caso de los versos.
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Se diría que nuestros idiomas han enloquecido. Cuando queremos una idea, nos ofrecen una palabra; cuando exigimos una palabra, nos brindan una raya, y donde esperamos una raya, hay una obscenidad.
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Esto debe servirme de advertencia. Como aquel gran escritor francés, de ahora en adelante no daré nada a la imprenta sin que antes lo lea mi cocinera.
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Al prólogo se le podría llamar pararrayos.
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Ahí se aplica a la perfección lo que Butler dice de un mal crítico: si no encuentra un error, lo comete.
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A un prólogo se le podría llamar “matamoscas” y a una dedicatoria “bolsa de limosnero”.
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Como han observado algunos filósofos, le debemos muchos errores al mal empleo de las palabras. Acaso a ese mismo mal empleo le debemos los axiomas.
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Con poco ingenio se puede escribir de tal forma que otro necesite mucho para entenderlo.
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No estaría mal un libro de primeros auxilios para escritores.
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Siempre es preferible darle el tiro de gracia a un escritor que perdonarle la vida en una reseña.
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Es fascinante escuchar a una mujer extranjera que comete faltas de ortografía con sus hermosos labios. A un hombre no.
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Leer equivale a tomar prestado; inventar, a saldar cuentas.
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Darle el último toque a una obra, es decir, quemarla.
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La mucha lectura nos ha brindado una barbarie ilustrada.
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En verdad hay muchos hombres que leen sólo para no pensar.
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Nada puede contribuir tanto a la tranquilidad del alma como no tener opinión alguna.
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Hay gente que cree que todo lo que se hace con cara seria es razonable.
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En la Francia libre, donde ahora uno puede ahorcar a quien quiera.
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¿Quién quiere desmontar cuando puede demoler?
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El hombre no era precisamente una lumbrera pero sí un candelabro bastante grande (cómodo). Sostenía opiniones ajenas.
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Me gustaría dar algo a cambio de saber con exactitud por quién fueron hechos los actos que según la versión oficial fueron hechos por la patria.
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Mi proyecto tenía más bilis que fundamentos. Quedé exhausto antes de realizarlo.
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Cuando tenía que usar su razón era como si alguien que siempre ha usado la mano derecha tuviera que usar la izquierda.
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El primer americano descubierto por Colón hizo un descubrimiento atroz.
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Si uno ha bebido, más vale que tenga buena puntería. Buscar la relación entre el tiro al blanco y la poesía.
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El mejor refugio contra las tormentas del destino sigue siendo una tumba.
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Me parece imposible demostrar que somos la obra de un ser superior y no el pasatiempo de uno bastante defectuoso.
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¿Por qué son tan hermosas las viudas jóvenes en duelo? (Investigación).
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“¡Ay!”, gritó al accidentarse, “¡si hubiera hecho algo satisfactoriamente dañino esta mañana ahora sabría por qué sufro!”.
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¿Quién está ahí. Sólo yo. Ah, con eso sobra.
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Es cierto que no puedo hacerme mis zapatos, pero, señores, no permito que me escriban mi filosofía.
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Jamás hay que creerle a quien asegure algo con una mano en el corazón.
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Una experiencia de toda la vida: cuando no se dispone de otros medios, el carácter de un hombre se conoce por una broma que no soporta.
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Una regla de oro: no hay que juzgar a los hombres por sus opiniones sino por aquello en lo que sus opiniones los convierten.

Georg Christoph Lichtenberg, Aforismos, selección, traducción, prólogo y notas de Juan Villoro, Fondo de Cultura Económica, 1995.

5 comentarios:

Camilo Jiménez dijo...

Miserables rateros, Lichtenberg era uno de mis próximos fusilados en El ojo en la paja.

Carlos A. y Pablo R. dijo...

A trabajar, mijo, a trabajar.

FRANCO dijo...

¡Dele, dele! ¡No se deje!

Carlos A. y Pablo R. dijo...

¿Tú también, Franco, hijo...?

Anónimo dijo...

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