jueves, 13 de diciembre de 2007

They Shoot Horses, Don’t They?

Quienes quieren ver en la literatura un altavoz con mensajes para la vida, han clasificado esta novela como un alegato a favor de la eutanasia. Nada de eso. Es una historia magistral de compasión y amor y sufrimiento. Escrita por McCoy en los años de la depresión, cuenta la historia de un hombre que encuentra a una mujer desdichada, Gloria, se hacen amigos y se inscriben en una “maratón de baile”, un concurso de la época que ofrecía la esperanza a cientos de almas perdidas de ganar mil dólares. La prueba consistía en bailar y bailar a través de una pista circular, con la animación de un presentador, durante intervalos de hora y media con descansos de diez minutos entre uno y otro, hasta que sólo quedara una pareja en pie. Pero a Gloria no le duelen solamente los pies, le duele la vida. Se podría decir que le dolía respirar. Así que, en medio del concurso, le pide al narrador que la mate. Y… la novela comienza:

Me puse en pie. Por un instante vi nuevamente a Gloria sentada en aquel banco del muelle. El proyectil le había penetrado por un lado de la cabeza; ni siquiera manaba sangre de la herida. El fogonazo de la pistola iluminaba todavía su rostro. Todo fue de lo más sencillo. Estaba relajada, completamente tranquila. El impacto del proyectil hizo que su cara se ladeara hacia el otro lado; no la veía bien de perfil pero podía apreciar lo suficiente para saber que sonreía. El fiscal se equivocó cuando dijo al jurado que había muerto sufriendo, desvalida, sin amigos, sola salvo por la compañía de su brutal asesino en medio de la noche oscura a orillas del Pacífico. Estaba muy equivocado. No sufrió. Estaba completamente relajada y tranquila y sonreía. Era la primera vez que la veía sonreír. ¿Cómo podía decir pues el fiscal que sufrió? Y no es verdad que careciera de amigos.

Yo era su mejor amigo. Era su único amigo. Por tanto, ¿qué era eso de que no tenía amigos?

…¿Qué podía yo decir?... Todos los asistentes sabían que yo la había matado; la única persona que habría podido ayudarme también estaba muerta. Por tanto, allí estaba yo en pie, mirando al juez y negando con la cabeza. No tenía nada que alegar.

—Pida clemencia al tribunal —dijo Epstein, el abogado que designaron para defenderme.
—¿Qué decían? —inquirió el juez.
—Su Señoría —dijo Epstein—, pedimos clemencia al tribunal. Este joven admite haber matado a la chica, pero únicamente para hacerle un favor.


El juez golpeó la mesa con el martillo, mirándome fijamente.

Luego viene el relato de la forma en que conoció a Gloria para terminar inscribiéndose ambos en el concurso de baile. Y el remate:

…Cuando yo era niño solía veranear en la casa de campo de mi abuelo, en Arkansas. Un día me encontraba en el ahumadero de carnes, viendo cómo mi abuela elaboraba lejía en una gran cazuela de hierro, cuando vino mi abuelo por la era, muy excitado. “Nellie se ha roto una pierna”, dijo mi abuelo. La vieja Nellie estaba tendida en el suelo gimiendo, atada todavía al arado. Nos quedamos allí de pie, mirándola, sólo mirándola. Al poco regresó el abuelo con el fusil que había usado en Chickamauga Ridge. “Ha metido la pata en un agujero”, dijo, mientras le daba palmadas cariñosas en la cabeza. La abuela me hizo volver la cabeza y mirar hacia otro lado. Comencé a llorar. Oí el disparo. Todavía lo oigo. Corrí, me agaché y me abracé al cuello de Nellie. Yo quería al caballo. Y odiaba a mi abuelo. Me levanté y empecé a propinar puñetazos a las piernas de mi abuelo… Al día siguiente, el abuelo me explicó que él también quería a Nellie, pero que no había tenido más remedio que matarla. “Era lo mejor que podía hacer -dijo-, el pobre animal ya no habría podido hacer nada más. Era la única manera de acabar con sus sufrimientos…”.

Tenía la pistola en la mano.
-Muy bien- le dije a Gloria-. Cuando quieras.
-Estoy preparada.
-¿Dónde?
-Aquí. A un lado de la cabeza.
El muelle se agitó al recibir el golpe de una ola.
-¿Ahora?
-Sí.
Disparé.


El muelle volvió a agitarse, el agua borboteó y resbaló nuevamente hacia el océano. Tiré la pistola por la barandilla.

Un policía iba sentado a mi lado en el asiento posterior del coche, otro conducía. Íbamos a gran velocidad y la sirena chillaba. Era la misma sirena que usaban para despertarnos en la competición de baile.
-¿Por qué la has matado? -me preguntó el policía que iba sentado a mi lado.
-Ella me lo pidió.
-¿Has oído eso, Ben?
-Es un muchacho muy servicial -dijo Ben por encima del hombro.
-¿Es eso lo único que puedes alegar?
-¿Acaso no matan a los caballos?


…Y que Dios se apiade de su alma…

Horace McCoy, ¿Acaso no matan a los caballos?, Punto de lectura, 2007. La traducción al españolete no logra arruinar el libro.

2 comentarios:

Lucaz dijo...

Que rescate muchachos, lástima lo de la traducción alevosamente espasñola, joder!!! Y yo aquí en esta oficina y a hurtadillas con el insensato de Frédéric Moreau ¿educación sentimental o educación balística? that`s the question...

Carlos A. y Pablo R. dijo...

Lucaz: si te gustó, aquí va otro recomendado: 1.280 almas, de Jim Thompson.